Federico Durán: "Mientras en muchos países se ponen en marcha planes para incentivar la permanencia en la actividad de los trabajadores, resulta llamativa la iniciativa de numerosas universidades españolas de facilitar la prejubilación de los profesores."

La Universidad española ha iniciado una política favorecedora de la jubilación anticipada de sus profesores que contrasta con la actual en Europa de alargar la vida laboral, según el autor. Esto puede llevarnos, en su opinión, hacia un modelo universitario que no reconozca el talento y renuncie a la excelencia.

Uno de los objetivos de las orientaciones europeas de empleo es el del alargamiento de la vida laboral. La Cumbre de Lisboa fijó, para el año 2010, una tasa de ocupación de al menos el 50% de la población de entre 55 y 64 años, y la de Barcelona planteó la necesidad de retrasar al menos en cinco años la edad de retirada efectiva del mercado de trabajo. Para el cumplimiento de estas directrices, muchos países han puesto en marcha planes dirigidos a incentivar la permanencia en la actividad de los trabajadores de más edad y hacer también más atractivo para las empresas su empleo, cuando no pura y simplemente a retrasar la edad ordinaria de jubilación. Así, se han previsto tanto mejoras de la cuantía de la pensión como beneficios fiscales o en las contribuciones sociales de las empresas, asociados a una más dilatada permanencia en el trabajo.

Está en juego, en ello, no sólo la pervivencia de los sistemas de protección social, dado el encarecimiento para los mismos derivado del aumento de las expectativas de vida y del incremento del tiempo de inactividad (aparte de otros costes asociados, por el mayor consumo de servicios sanitarios), sino también la competitividad de las economías, perjudicada por el abandono prematuro del mercado de trabajo de trabajadores con una elevada cualificación y con un patrimonio de profesionalidad a transmitir a las nuevas generaciones. Muy probablemente, a medio plazo habrá que plantearse, como ya se ha hecho en algunos países, un retraso de la edad ordinaria de jubilación, hasta los 67 o 68 años. Ahora bien, ello habrá de conciliarse con la atención específica que requieren determinados tipos de trabajo, para los cuales seguirá siendo necesario prever anticipaciones de la edad de jubilación. Jubilaciones anticipadas o prejubilaciones habrán de convivir con las políticas dirigidas a mantener durante más tiempo al conjunto de los trabajadores en el mercado de trabajo. Políticas que, junto a incentivos económicos, tendrán que basarse en el establecimiento de garantías de participación de los trabajadores de más edad en las actividades formativas. Han sido, precisamente, medidas de este último tipo, como las llevadas a cabo en Suecia, las que han permitido obtener mejores resultados en la elevación de la edad media de jubilación.

El nivel formativo, en efecto, guarda, por regla general, una relación directa con una mayor permanencia en la actividad. Y, por eso, la garantía de una tasa de participación en las actividades formativas de los trabajadores de más edad equivalente a la de los más jóvenes es uno de los mejores instrumentos para garantizar la empleabilidad de los primeros. En este contexto, no deja de resultar llamativa la política iniciada por numerosas universidades españolas de facilitar la jubilación anticipada de los profesores. Existen ya planes en curso, y en estudio, para que los catedráticos puedan acogerse a la jubilación a partir de los 60 años, conservando el 90% o incluso el 100% de sus retribuciones. La jubilación de los profesores universitarios es obligatoria a los 70 años y voluntaria a los 65. Para incentivar que sea esta última la opción ejercida, varias universidades complementan la pensión hasta los 70 años, de tal forma que los ingresos del profesor sean iguales a los que tendría en activo. Otras van más allá y permiten el retiro, con mantenimiento de la retribución, desde los 60 años. ¿Qué sentido tiene esto? Desde el punto de vista económico, ninguno. La inversiónnecesaria va a ser muy importante, sobre todo dada la estructura de su plantilla, en determinadas universidades. Con el grave problema de financiación que los responsables universitarios siguen denunciando, carece de toda lógica dedicar recursos ingentes a la expulsión anticipada de la docencia y de la investigación de quienes deben representar el talento y la excelencia universitarias.

Claro que, a lo peor, y aquí está lo realmente preocupante del tema, se trata de ir a un modelo universitario que no reconozca el talento y que renuncie a la excelencia. Me aterra el argumento de algunos rectores: estas prejubilaciones representan un ahorro económico, porque permiten sustituir a los profesores jubilados por otros, mucho más jóvenes y más baratos (y, total, se trata de dar clases). De ahí a la filosofía del “todo el mundo vale para todo (abajo los elitismos)” no hay más que un paso. ¿Adónde va nuestra Universidad? Si no hay talento, nada hay que objetar. Pero si lo hay, es preciso mantenerlo. La actividad universitaria no puede quedar limitada a la impartición de clases (con bríos juveniles, eso sí), sino que abarca muchos otros aspectos de investigación, de creación intelectual y de transmisión de conocimientos. Y en ellos, la aportación de los profesores más maduros es fundamental. Está muy bien la autonomía universitaria (sobre el papel; en la práctica ha sido con frecuencia mal interpretada y ha tenido efectos desastrosos), pero la sociedad debería preguntarle a nuestras universidades hacia dónde van, y éstas deberían explicarlo claramente, si es que lo saben, claro.

Federico Durán López. Catedrático de Derecho del Trabajo y socio de Garrigues

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