Las condiciones laborales de los franceses han sido tradicionalmente envidiadas. Sin embargo, varios suicidios de empleados de Renault han hecho que los sindicatos culpen a los métodos anglosajones de trabajo importados en los últimos años en Francia.

Los ingleses han aceptado generalmente que los trabajadores franceses viven mejor que ellos. Leyes de trabajo estrictas les protegen de ser fácilmente despedidos. Y las generosas vacaciones, la jubilación anticipada y las 35 horas de trabajo semanales son bien conocidas.

Francia ha entrado con fuerza en el duro mundo de la globalización, la competencia y las prácticas laborales agresivas. Para trabajadores, como los del Centro Tecnológico de nuevos diseños y desarrollo de Renault cerca de Versalles, esta nueva realidad económica ha supuesto un shock. Y también ha traído consecuencias trágicas.

En enero de 2007, 800 empleados de Renault se unieron en una manifestación silenciosa como homenaje a dos compañeros que se habían suicidado en la empresa. Y no ha sido el último caso. Justo dos semanas después de la marcha, otro empleado de 38 años volvió a casa desde el Centro Tecnológico y se quitó la vida. Fue el tercer suicidio de la empresa en cuatro meses.

Su viuda declaró a Le Parisien que su marido había sido siempre una persona equilibrada y tranquila pero que últimamente le veía muy estresado por el trabajo. “Estaba exhausto y trabajaba bajo tanta presión que no paraba de traer papeles a casa y se levantaba en mitad de la noche para seguir trabajando.”

En menos de dos años, cinco empleados han intentado suicidarse en el Centro Tecnológico. Después de la muerte más reciente, la Fiscalía del Estado ha abierto una investigación criminal para establecer si las condiciones de trabajo o posibles delitos como el del acoso laboral han podido tener la culpa de lo sucedido.

El Centro Tecnológico de Renault se ha convertido en el símbolo del malestar laboral en Francia, un síndrome que se está extendiendo y que hasta ahora se había visto como exclusivo del estilo de gestión anglosajón que antepone los beneficios a las personas.

“La gente sabe lo que ha pasado en el Centro Tecnológico y piensa que es la historia de su propia vida”, afirma Pierre Nicolas, miembro del sindicato CGT en Renault. “En términos de imagen, hemos pasado de trabajar en un centro moderno e ideal en medio del campo, donde todo el mundo trabaja en cosas interesantes, a trabajar en un lugar donde la gente se tira por la ventana. No podemos exagerar, pero está claro que tenemos un gran problema, y no sólo es de Renault.”

Hay lugares peores para trabajar que el Centro Tecnológico de Renault. Es una instalación que ha costado mil millones de libras y ocupa 60 hectáreas en medio del campo francés. Se abrió en 1998 y disfruta de las comodidades de una pequeña ciudad como restaurantes o un banco. Sus trabajadores no pueden estar más alejados de las robóticas y deshumanizadas cadenas de montaje de las fábricas. Aquí es donde se concentra la “materia gris” de la compañía: ingenieros y técnicos de alta cualificación, armados con artilugios por los que hubiera matado el mismísimo Q de James Bond, y que inventan los coches que se fabricarán en cualquier otro lugar.

Pero estos trabajadores también se han encontrado a sí mismos en el final forzado de una etapa de bonanza para la empresa. Hace un año, enfrentado a una caída de beneficios, el dinámico Director General de Renault, Carlos Ghosn, anunció un Plan de Reactivación hasta 2009.

Renault se propuso lanzar 26 nuevos modelos de coche en tres años; doblando el número de coches desarrollados anualmente. Este fue un “plan extremadamente ambicioso”, según sus propias palabras, pero vital para el futuro de la compañía y dirigido a convertirla en el fabricante de coches con más beneficios del continente europeo. Los sindicatos no se mostraron muy impresionados y acusaron a la dirección de aplicar objetivos de producción cuantitativos a los procesos creativos.

Un año después, el plan ha hecho aumentar los beneficios y los dividendos para los accionistas. Pero, al mismo tiempo, se le ha acusado de poner a los trabajadores bajo una presión intolerable. Según los líderes sindicales, las señales de alarma ya empezaron en octubre de 2006, cuando un ingeniero de 39 años que trabajaba en el modelo Logan se suicidó en el centro. La muerte fue presenciada por docenas de compañeros que abandonaron el centro traumatizados. A ésta le siguieron dos más.

En un primer momento, la dirección de Renault insistió en que las muertes fueron causadas por crisis personales y aseguró que no había ningún indicio relevante que pudiera relacionar las muertes con la estrategia empresarial. Después del tercer suicidio, cambiaron de opinión. Antoine Lepinteur, directivo del Centro Tecnológico, declaró a Le Monde que los suicidios eran un “fracaso colectivo” para el centro, la dirección, los sindicatos y los trabajadores. “La cuestión básica es saber qué podríamos haber hecho y porqué no descubrimos que esas personas estaban sufriendo.”

Ghosn también ha adoptado un tono más conciliador diciendo a los ejecutivos de la empresa: “Renault no se puede permitir fallar, pero un trabajador sí puede. La noción del management es fundamental porque afecta de lleno al recurso más importante de la compañía, es decir, las mujeres y hombres que trabajaban en ella.”

Pierre Nicolas dice que el Plan de Reactivación ha sido la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de los trabajadores. Llegó en medio de una crisis de la solidaridad laboral, amenazas de externalización y deslocalización y la introducción de las “brutales” técnicas norteamericanas de RH. La dirección de Renault ha respondido acusando a los sindicatos de crear un “clima de ansiedad”.

Nicolas afirma, sin embargo, que estas muertes han abierto una discusión sobre un tema tabú. “Hoy en día, cuando alguien menciona a Renault lo hace para hablar de lo sucedido. Si algo bueno ha podido salir de todo esto ha sido poner en alerta a la dirección de la seriedad del problema.”

Para Cristophe Dejours, uno de los más reconocidos expertos en estrés laboral de Francia, este nuevo fenómeno para el país ha llegado en un momento de pérdida general de la solidaridad laboral, en el cual los trabajadores se sienten solos y asustados de perder su trabajo.

La paradoja de Francia es que, aunque aparentemente tienen una mejor calidad de vida que los anglosajones en cuanto a número de horas trabajadas, no parece que sean más felices. Un estudio de 2006 afirma que los franceses toman ocho veces más tranquilizantes que los norteamericanos y cinco veces más que los británicos.

Acceso a la noticia: http://www.guardian.co.uk/guardianweekly/story/0,,2039997,00.html

* Willsher, Kim. “Heading for a breakdown”. The Guardian, 10/03/2007. (Artículo consultado on line: 02/04/2007)

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