La baja natalidad afecta la estructura de la población y al mercado laboral en Catalunya. Con un paro prácticamente nulo para los nativos, bajos niveles de inactividad, menor población en edad de trabajar y envejecida, la inmigración es necesaria.

El 2006 ha significado un nuevo empuje al choque inmigratorio en Catalunya, con los inmigrantes contribuyendo con el 84,4% de los nuevos puestos de trabajo generados por nuestra economía (126.000 en total). Eso implica que la aportación de los nativos ha sido de un bajo 15,6% ¿Por qué ha sido tan exigua la contribución de los catalanes? Simplemente, porque las fuentes de las que se nutre su nueva oferta de trabajo (paro o inactividad) se están agotando. Así, con respecto al desempleo, lo han dejado unos 13.000 hombres y prácticamente ninguna mujer, lo que se traduce en el derrumbamiento de la tasa de paro, con valores no contemplados desde hace más de 30 años: un 4,4% de los activos masculinos de 16 a 64 años y un 6,8% de los femeninos. Con respecto a la inactividad, solo unas 31.000 nuevas mujeres se han incorporado al mercado de trabajo, que han compensado parcialmente la bajada (-25.000) de los activos masculinos, al tiempo que la tasa de actividad se situaba en máximos absolutos (67,3% las mujeres y 85,5% los hombres). En resumen, unos 20.000 nuevos empleados nativos en comparación con los 126.000 puestos de trabajo. La diferencia se ha filtrado hacia la inmigración.

Este último dato tiene especial importancia, porque significa profundizar en la creciente necesidad de mano de obra externa que la economía catalana experimenta en los últimos años. Así pues, mientras en la primera parte de la expansión (1995-2000) el peso de los inmigrantes sobre la nueva ocupación apenas se situaba en torno al 19%, entre el 2001 y el 2005 ya alcanzó el 65% y en el 2006, el citado 84% y pico. Como se puede comprobar, una marcada tendencia creciente. ¿Hacia dónde nos lleva esa dinámica? Hacia un país que va a necesitar, de forma tan relevante como en el 2006, inmigrantes durante un largo periodo de tiempo. Por dos motivos. El primero, porque los efectivos nativos disponibles son ya muy escasos, tanto por los bajos niveles de paro como por la decreciente tendencia de la bolsa de inactivos según se van agotando los remanentes de mujeres y hombres de más de 45 años. El segundo, porque, sea cual sea la evolución de la economía, las bases demográficas sobre las que se fundamenta la oferta de trabajo de los nativos se están, literalmente, derrumbando: los jóvenes catalanes entre 16 y 34 años son en el 2006 un total de 1,44 millones, unos 55.000 menos que en el 2005, y esta disminución sigue a la de años anteriores (en 1996 los jóvenes de estas edades sumaban 1,78 millones). Esta bajada, además, no se ha compensado por aumentos de otros grupos, por lo que en el 2006 había menos personas nativas disponibles para entrar en el mercado de trabajo catalán, como ha venido sucediendo desde el 2001

Con un paro prácticamente nulo para los nativos, bajos niveles de inactividad, menor población en edad de trabajar y envejecida, es inevitable recurrir a la inmigración, hagamos lo que hagamos en otras políticas (incluida la necesaria mejora de la productividad). O un país con menos mano de obra y cada vez más vieja, o un país mestizo. Cuando decidimos no tener hijos, decidimos, probablemente sin saberlo, tener mucha inmigración. El pasado, finalmente, nos ha atrapado. Ahora no es momento de lamentarse. Es el momento de esforzarse en la construcción de una sociedad nuevamente en transición.

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