Lucy Kellaway, Financial Times: "Mi objetivo es echar por tierra la última teoría sobre gestión según la cual, los trabajadores felices son más creativos que los que están insatisfechos, publicada en mayo por la revista Harvard Business Review."

La semana pasada dediqué cuatro días a apuntar en un diario mis sentimientos y algunas reflexiones sobre el trabajo. La última vez que había hecho algo así tenía 13 años. En aquel entonces el resultado fue tan banal y embarazoso que no dejé que nadie lo leyera. Aunque esta última experiencia es igual de embarazosa, he decidido compartirla con los lectores.

Mi objetivo es echar por tierra la última teoría sobre gestión según la cual, los trabajadores felices son más creativos que los que están insatisfechos. Supuestamente esta teoría está avalada por un artículo publicado en la edición de mayo por la revista Harvard Business Review en la que se pidió a 238 profesionales que crearan una agenda diaria sobre su vida profesional.

Dos catedráticos escudriñaron los diarios de 12.000 participantes y los compararon con la calidad del trabajo de todos ellos. Los resultados del experimento, que yo he realizado por mi cuenta, apuntan a una conclusión totalmente distinta.

Lunes: me levanto muy animada. Empiezo a escribir con ganas. Después de la comida de cotilleos con un colega, pierdo la inspiración. Luego me doy cuenta de que he olvidado recoger a mi hijo pequeño en la escuela. Vuelvo a casa menos satisfecha.

Martes: Paso una mala noche y voy al trabajo hecha unos zorros. Hablo con un compañero bastante pesado. Le detesto. Los pocos emails que recibo me hacen sentir poco popular. Escribo con desgana. Leo el resultado y no me gusta. Tengo la impresión de que odio mi trabajo. Ya en casa, ayudo a mi hija a hacer los deberes de mates. Por extraño que parezca, las ecuaciones me animan.

Miércoles: Disfruto feliz de un día soleado de camino al trabajo. Doy un repaso a la labor de los días anteriores y pienso que no está nada mal. Bastante satisfecha, voy a comer con otro compañero. Nos sentamos al sol y nos quejamos un poco de todo. Me viene bien. Después de contestar a unos cuantos mensajes, me dedico a perder el tiempo. No ha sido un día muy productivo, pero me siento alegre.

Jueves: Casi no he pegado ojo. Me levanto con dolor de cabeza y deprimida. Intercambio mensajes sin sentido. Empiezo la jornada sintiéndome demasiado desgraciada como para hablar con alguien. Tengo la sensación de que mi trabajo del día no sólo es flojo, sino que no tiene remedio.

Mi experimento parece corroborar la teoría que estoy intentando desmontar: en mis peores días –martes y jueves– mi trabajo también ha sido desastroso. Durante años he estado controlando mis altibajos y los efectos que tienen en mi trabajo. Cuando estoy triste, siempre pienso que lo que escribo es un desastre, mientras que si estoy contenta, tiendo a valorarlo.

No obstante, las columnas que suelen tener más éxito son las que he escrito cuando me sentía peor y las que han pasado más desapercibidas son las que a mí me gustaban. Hay tres razones que explican este fenómeno. Cuando estoy cansada o de mal humor, no tengo energía para hablar con nadie y me concentro en mis deberes. También estoy más dispuesta a asumir riesgos creativos.

Además, el hecho de que me juzgue con tanta crudeza me hace esforzarme más. Si no me equivoco, esto podría tener implicaciones interesantes para nuestros jefes, que a partir de ahora deberían concentrarse en hacer que nuestra vida sea lo más miserable posible. A decir verdad, de mi diario no se desprende esa conclusión.

Las depresiones leves pueden ser positivas para el trabajo, mientras que las más graves no son buenas en ningún caso. El mal humor también es contraproducente porque uno tiende a pensar: "¿Para qué molestarme?". Sólo hay un incidente en mi diario que tiene un mensaje constructivo para los directivos: el hecho de que las mates me animaran coincide con el estudio de HBR, según el cual, a los trabajadores les gusta saber lo que tienen que hacer. La ambigüedad no favorece a nadie, eso explica por qué supe resolver las ecuaciones. Sabía de antemano que tenía deberes.

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