Josep Oliver, catedrático de Economía Aplicada de la UAB: "La elevada tasa de actividad de los nativos está reduciendo su aporte al mercado de trabajo. La inmigración es el resultado de la escasa movilidad interterritorial de la mano de obra española."

A estas alturas de 2007 se dispone ya de los datos definitivos de lo que ha acaecido en el mercado de trabajo español y el impacto de la inmigración. Y las cifras son ciertamente espectaculares, con cerca del 58% del nuevo empleo absorbido por no nacidos en España. Esta aportación refleja tanto el efecto de una demanda de trabajo muy expansiva (un aumento de 4,1%, unos 767.000 nuevos puestos de trabajo) como la respuesta de una mano de obra nativa muy escasa. Esta última se ha definido, un año más, por una caída de efectivos potenciales (16 a 64 años), una fuerte reducción del paro y un aumento de la actividad que han sido del todo insuficiente para atender la nueva oferta de trabajo de las empresas.

Así, los nacidos en España de 16 a 34 años continuaron reduciendo su volumen (-300.000 personas), disminución que no fue compensada por el aumento de los grupos de más edad (150.000 para la cohorte de 35 a 54 años y otros 100.000 en la de 55 a 64 años). El agotamiento de los efectivos potenciales afectó el avance de los activos, de forma que a pesar de que la tasa de actividad de los nativos aumentó casi un punto (del 70,3% al 71,1%), el avance de los nuevos activos (básicamente, mujeres) fue relativamente contenido (cerca de 190.000 efectivos, de los que 178.000 son femeninos).

Tampoco en el ámbito del desempleo la aportación fue destacada: la reducción de la tasa de paro de los nacidos en España (desde el 7,1% al 6,6%) generó un aporte contenido al nuevo empleo (unos 134.000 ocupados adicionales). En resumen, 323.000 nativos se emplearon en 2006, cifra que es la que hay que comparar con la nueva demanda de empleo. Con esa contribución, y sin el concurso de casi 450.000 nuevos ocupados inmigrantes, hubiera quedado sin cubrir cerca del 60% del nuevo empleo.

Además, las tendencias de fondo (demográficas y del mercado de trabajo) apuntan al empeoramiento del aporte de los nativos y a una creciente dependencia de la inmigración: los nativos aportaron una media de alrededor del 81% del nuevo empleo entre 1996 y 2001, cerca de un 47% entre 2001 y 2005 y casi el 42% en 2006. En conjunto, una trayectoria fuertemente decreciente.

Regionalmente, los resultados de 2006 han implicado una extensión del choque inmigratorio a comunidades en las que, hasta la fecha, la presencia de la inmigración había sido relativamente contenida (las del valle del Ebro, con la excepción de La Rioja o el norte y el oeste peninsular). De esta forma, parece definirse una nueva dinámica que, junto al creciente peso inmigratorio en las comunidades autónomas con mayor atracción, extiende la inmigración en forma de mancha de aceite a las regiones vecinas.

Por su parte, la España de la inmigración, la integrada por las comunidades del Mediterráneo, Madrid, Canarias y La Rioja, ha contemplado una marcada aceleración en la contribución de la inmigración al nuevo empleo: desde el 23,2% de media de los años 1996-2001, a un valor más que notable en el periodo 2001-2005 (un 65,7%) y, finalmente, a un explosivo 69,6% en 2006. Dicho en otros términos. De cada 10 nuevos puestos de trabajo creados en estas comunidades en 2006, siete los tuvo que absorber la inmigración. Además, esos valores se elevaron por encima del 80% del nuevo empleo en algunas comunidades autónomas (casos de Cataluña, Madrid y La Rioja).

En síntesis, 2006 ha contemplado una extensión importante de las comunidades en las que la inmigración ha significado cerca del 40%-50% del nuevo empleo. Finalmente, la acumulación de esos choques en el mercado de trabajo ha acentuado el peso de los no nacidos en España en el stock total del empleo en España. Para el total del país, la media de 2006 sitúa la proporción de inmigrantes ocupados en el 14,9%, una cifra ciertamente muy elevada, en especial si se la compara con el 6% de 2001, o con los valores ligeramente superiores al 2% de 1995.

En síntesis, el año 2006 ha significado una extensión geográfica del choque inmigratorio muy relevante, al tiempo que ha implicado una marcada profundización en aquellas áreas con pesos de la inmigración en sus mercados de trabajo ya muy importantes. Ese proceso no hace sino traducir la debilidad de las bases demográficas de los españoles, al tiempo que el hundimiento de las cohortes más jóvenes presiona con fuerza sobre la nueva demanda de empleo.

Por su parte, las elevadas tasas de actividad de los nativos, y sus bajas tasas de paro, están reduciendo su aporte neto al mercado de trabajo. En este contexto, la inmigración ha sido el resultado, del todo inevitable dada la escasa movilidad interterritorial de la mano de obra española, de ese agotamiento progresivo de efectivos nativos. Y las perspectivas demográficas y económicas apuntan a una intensificación de este proceso.

Bienvenida sea pues la inmigración, que tanto está contribuyendo a nuestro bienestar. Pero conviene no olvidar las tensiones, presentes y futuras, que un choque de esta magnitud va a generar inevitablemente. Los datos de 2006 así lo ponen de relieve: convendría no perder el tiempo en la instrumentación de aquellas políticas que permitan una correcta integración de la inmigración actual, y de la futura. Nos conviene a todos. A ellos y a nosotros.

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