Los candidatos a tomarse un año sabático y recorrer mundo topan con muchas dificultades debido a la escasa tradición viajera de España, a diferencia de las facilidades que disfrutan los ciudadanos de otros países.

Enrolarse en una expedición a la Antártida, ayudar en un hospital de Zambia, aprender japonés en Kioto o dar la vuelta al mundo son sólo algunos ejemplos de las posibilidades que tiene el contingente de ciudadanos - jóvenes universitarios o no tan jóvenes que necesitan un impasse en su vida rutinaria- que se toma un año sabático. El gap year (año puente) es una institución en la cultura anglosajona, una opción muy respetada. No tanto en España, donde quien se toma un año sabático para, por ejemplo, recorrer el mundo, topa muchas veces con la incomprensión en el trabajo y en su entorno próximo.

Sandra Canudas, una joven profesional que a los 32 años decidió dejar un envidiable trabajo y patearse el planeta durante un año, ha publicado recientemente un libro en el que explica con abundantes datos los pasos que dar para culminar la vuelta al mundo. Este manual ha sido muy bien recibido, pues si en otros países proliferan las organizaciones y empresas dedicadas a ofrecer alternativas para llenar periodos sabáticos (gapyear.com, transitionsabroad.com, earthwatch.org, projects-abroad.org, crossculturalsolutions.org...), aquí la información brilla por su ausencia. A continuación, intentaremos responder las preguntas que asaltan a todo aquel que acaricia la idea de dejarlo todo y emprender un largo viaje, en principio, con billete de vuelta.

SÓLO PARA QUIEN SE ADAPTA A LOS CAMBIOS. La psicóloga Isabel Larraburu sólo recomendaría emprender esta aventura a aquellas personas que se lo plantean en positivo, como un reto personal, que tienen mucha capacidad de adaptación, que gestionan bien las emociones fuertes y que se sienten fuertes, pero nunca cuando se ve como una huida hacia delante ante problemas personales o laborales. "Mucha gente viene y me dice: Me voy a la Polinesia, a Canadá.... Y yo les digo: ¡No, no!

Un año en el extranjero requiere habilidades, fuera nadie te conoce, cada día tienes que enfrentarte a dificultades y buscarte la vida".

Quien sabe adaptarse, al acabar su año sabático "sale fortalecido; toda situación nueva y rompedora es enriquecedora, supone un crecimiento personal". Pero "los que no consiguen afrontar el cambio de forma positiva pueden sufrir las consecuencias negativas sobre la salud física y mental". Larraburu pone el ejemplo de un pareja que se tomó un año sabático conjuntamente: él acabó solo en el extranjero; ella regresó al poco tiempo a casa.

ANTES DE PARTIR. Una vez se ha tomado la decisión de romper drásticamente con la rutina diaria e iniciar un proyecto en el extranjero hay que tener en cuenta una larga lista de consideraciones prácticas: desde cómo financiar el viaje; qué tipo de billete aéreo es más conveniente; suscribir un seguro de viajes con una amplia cobertura médica; hacerse un chequeo, y consultar con los servicios de Sanidad Exterior para recibir las vacunas y otros tratamientos médicos recomendables si se viaja a países con malaria, fiebre amarilla u otras enfermedades tropicales. También habría que informarse sobre la situación que atraviesan en el momento del viaje países inestables y que han sido o siguen siendo escenario de conflictos bélicos.

SUECIA, EL PARAÍSO. En la patronal CEOE y los sindicatos CC. OO. y UGT afirman que en España no saben de ninguna empresa que financie años sabáticos; es decir, que aporte un porcentaje del sueldo al empleado que decide romper por un periodo de tiempo con su trabajo para viajar o participar en un proyecto solidario. "Los países nórdicos son los más sensibles a este tema. En Suecia muchas empresas pagan durante el periodo sabático el salario mínimo interprofesional", indica Simón Rosado, de CC. OO. De las cien mejores empresas para trabajar en EE. UU., según la lista de Fortune,22 aseguran que pagan los años sabáticos (no concretan qué porcentaje del sueldo).

LAS OPCIONES. Quien tenga claro qué quiere y esté en condiciones de aparcar por unos meses su actividad habitual debe decidir si prefiere sumarse a una iniciativa solidaria, a través de alguna ONG (hay listas de espera y muchas organizaciones rechazan la posibilidad de incorporar a gente temporalmente, sólo admiten a profesionales formados para, por ejemplo, ejercer de médico, ingeniero o maestro en países del Sur), o viajar por su cuenta.

DE URGENCIAS A GREENPEACE. Conchi de la Vega, médica de urgencias de 37 años, optó por diferentes fórmulas de cooperación. Su primera experiencia fue a bordo del Artic Sunrise,un barco de Greenpeace con el que zarpó de Algeciras en abril del 2005 en una campaña contra la energía nuclear. "Hice de todo, de marinera y de médica: puse a punto un pequeño hospital, vacuné a la tripulación y participé en las acciones de Greenpeace". La aventura duró tres meses; regresó a su trabajo en el servicio de emergencias médicas de Alicante para aliviar su maltrecha economía pero con el objetivo de sumarse cuanto antes a otros proyectos solidarios. "En enero del 2006 volví a dejar el trabajo y me puse en contacto con varias ONG; me llamaron de Médicos sin Fronteras para atender un brote de cólera en Zambia, pero a las tres semanas lo dejé, la experiencia no me gustó". Su siguiente destino fue Santiago de Chile, donde durante dos meses dio clases en una escuela a niños y también a sus padres, además de hacerles el seguimiento médico; regresó a Alicante por un corto periodo para ganar algún dinero y, de nuevo, se enroló en un barco de Greenpeace, el Esperanza.Durante tres meses y medio navegó por el Pacífico: de la Micronesia a Hawai, California, México y Nueva Zelanda participando en campañas contra la pesca ilegal de atún y por la protección de especies en vías de extinción. El pasado marzo se reincorporó a su trabajo en Alicante.

SABÁTICO ´INTERRUPTUS´. Lo de Álvaro Álvarez, abogado de 30 años, ha sido un año sabático interruptus con vocación de continuidad. "Llevaba cuatro años trabajando como jefe de recursos humanos en una empresa de Tarragona y no me veía allí toda la vida. Pensé: o me compró un piso o me marcho". Yse marchó a Calcuta para trabajar con niños de la calle, con enfermos de lepra y con deficientes físicos. Seis meses después, la malaria y la debilidad física - perdió 15 kilos- le obligaron a regresar a Tarragona el pasado septiembre. Se recuperó, trabajó para ahorrar dinero y aprovechó para cursar un posgrado de Cooperación y Desarrollo en la URV. Las últimas semanas las ha dedicado al camino de Santiago, aunque también ha tenido que volver precipitadamente a casa por otro episodio de malaria. Si no surgen nuevos inconvenientes, quiere volar a Calcuta después del verano. "Ayudaré a las mujeres de la calle para que aprendan a confeccionar ropa y establecer sus canales de venta y montaremos con una amiga enfermera un dispensario ambulante". Sus planes son permanecer en Calcuta nueve meses y cambiar definitivamente el mundo de la empresa por una ONG.

DEL PARO A INDIA. Hugo de Cominges, periodista de 32 años, vio que había llegado el momento de tomarse una larga temporada para viajar, casi cinco meses, cuando cerró el portal de viajes de internet en el que trabajaba. También eligió India, pero, a diferencia de Álvaro, su prioridad era conocer el país. Aterrizó en Bombay y bordeó la costa hasta Kerala para coger un barco que le llevó hasta las islas de Andamán. La ruta prosiguió por Calcuta, Benarés, Rajastán y Delhi para acabar en Dharamsala practicando yoga en el feudo del Dalai Lama. Volvió a Barcelona, "pero ya me habían inoculado el virus del viaje y planifiqué pasar otros tres meses en el Sudeste Asiático". "Aprendí mucho, al principio fue un shock cultural brutal; el día a día era muy duro, pero me espabilé muchísimo", recuerda Hugo, que ahora ya tiene un trabajo estable en una revista cultural y ha tenido que limitar sus incursiones en Asia a su mes de vacaciones.

¿Y DESPUÉS, QUÉ? "La adaptación a la vida rutinaria ha sido muy difícil; aquí parezco la rara por dejar un trabajo fijo, un buen sueldo; la gente no nos entiende, no entiende que busques nuevas experiencias", se queja Conchi. A Hugo también le costó adaptarse: tras un largo periodo viajando por placer, haciendo cada día lo que le apetecía, sin normas ni reglas, "fue duro volver a instalarme en casa de mis padres". La psicóloga Isabel Larraburu considera que "las personas con capacidad para disfrutar de todos los momentos presentes son aquellos que mejor aterrizarán después de un año sabático; sabrán valorar positivamente su estancia y también contentarse con el reencuentro con su vida habitual".

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