Josep Oliver, catedrático de Economía Aplicada de la UAB: "Hace falta un nuevo impulso a la incorporación de la mujer a la actividad, pero este proceso precisa de reformas del mercado de trabajo y de un aumento de la oferta de ayudas a los hogares."

El debate sobre la inmigración y sus efectos ha minimizado el papel del colectivo femenino como gran motor de cambio de nuestro mercado laboral. Y si lo que ha sucedido en los últimos años no se puede entender sin el concurso de los inmigrantes, aún menos se puede explicar sin la aportación de las mujeres nacidas en España. Así, en 1997, en España estaban en el mercado de trabajo (ocupadas o paradas) unos 3,5 millones de mujeres, frente a los 9,2 millones de hombres. Casi 30 años después, en el 2006, el volumen de activos masculinos había aumentado moderadamente, hasta los 10,6 millones, mientras que el colectivo femenino había explotado, añadiendo casi cuatro millones de nuevas altas, hasta llegar a los 7,5 millones.

Este proceso, además, se ha acelerado en los últimos años, en especial en las mujeres de más de 40 años. De esta manera, la tasa de actividad femenina de 16 a 64 años ha pasado de un índice muy bajo del 32,4% en 1977 al 46,7% en 1995 y al 59,1% en el 2006. Pero todavía estamos lejos de los valores de los países nórdicos (que rondan el 75%) y del Reino Unido u Holanda (por encima del 70%).

Este formidable aumento de los efectivos femeninos nativos explica, como pocos elementos, la mejora de la renta de los españoles, pero plantea dudas sobre su continuidad. En efecto, diversos factores dificultan alcanzar valores mucho más elevados que los actuales, ya que no disponemos de mecanismos que permitan una elevada presencia de las mujeres en el mercado laboral. En el norte de Europa, por ejemplo, la importante presencia del sector público en el mercado laboral y el papel determinante de las mujeres en esta ocupación explican las elevadas tasas de actividad femenina, mientras que en el Reino Unido y Holanda se justifica por el papel preponderante del trabajo femenino a tiempo parcial (cercano al 50%).

En las sociedades europeas, en las que aún es la mujer la que tiene la responsabilidad del hogar, estos mecanismos son la respuesta a la necesidad de compatibilizar, de un lado, vida personal y laboral, y por otro, una elevada presencia de la mujer en el mercado de trabajo. Desgraciadamente no disponemos de un sector público con un peso importante en la ocupación, el trabajo femenino a tiempo parcial es bajo y tampoco somos diferentes en la distribución de las responsabilidades familiares. La fuerte progresión de la actividad femenina en España se realiza, aun hoy, en las circunstancias menos favorables para las mujeres, obligándolas a compatibilizar con dificultades tareas domésticas y profesionales.

Este modelo de incorporación femenina parece agotado. Y las dificultades para aumentar el número de activas en los últimos años, cuando la inmigración ha entrado de forma decidida en nuestro mercado laboral, así lo indican. Hace falta un nuevo impulso a la incorporación de la mujer a la actividad, pero este proceso precisa de reformas del mercado de trabajo y de un notable aumento de la oferta de apoyo público a los hogares. En ambos casos nos falta mucho camino por recorrer. Sería insensato, no obstante, que al tiempo que no efectuamos estas reformas estuviésemos encorajinando la entrada de nuevos inmigrantes. Su integración no es a coste cero. Como tampoco lo es la definitiva incorporación laboral de las mujeres nativas. Quizá haya llegado la hora de decidir qué queremos ser de mayores.

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