Joaquín Trigo, Director ejecutivo de Fomento del Trabajo Nacional: "A veces se aceptan propuestas por simpatía hacia quien las hace, por sus habilidades expositivas o por sobrevalorar a los proponentes y la decisión es ajena al contenido de lo aprobado."

En vacaciones se espera tener algo de tiempo para pensar sin agobios y encarar la vuelta al trabajo con ideas frescas y precisas. A posteriori resulta que se han leído un par de libros, pero no la media docena que se esperaba, se han visto un par de películas, se ha hecho algo de ejercicio, que apenas llega a la cuarta parte de lo previsto y septiembre está encima sin que la reflexión tranquila haya hecho su aportación.

La reflexión es la mejor herramienta de que disponemos, pero tiene límites y disfunciones de las que es difícil liberarse, a menos que antes se eliminen las causas de los errores habituales. Para conseguirlo hace falta una metarreflexión, esto es, pensar en cómo se piensa. Muchas veces la razón actúa como abogado defensor del impulso -sea instinto, capricho o creencia- y aporta argumentos retóricos que producen autoengaño. Así, a la ignorancia debida a la falta de información o la que produce el creer que hay suficientes datos y hechos conocidos, y análisis explicativos como para poder decidir, se añaden factores como los que siguen.

El pensamiento de grupo es la plasmación de ideas compartidas y que, supuestamente, derivan de datos, análisis y corroboraciones, pero que suelen ser reforzamientos reiterados de los aspectos más idiosincrásicos del grupo que terminan por convertirse en lo que un observador imparcial consideraría lugares comunes ajenos a la evidencia y la lógica. Esto deriva de la parcialidad de los componentes que, comparten puntos de vista, liman sus discrepancias o las presentan como consideraciones secundarias o marginales que no afectan al núcleo de la cuestión que se considera. Si se añaden la fuerza de la inercia y el acervo ideológico compartido es difícil cambiar el enfoque de los temas tratados y es fácil fallar en los diagnósticos y las acciones a realizar. La mayor parte de las decisiones económicas en empresas y Administraciones públicas son colectivas y sensibles a este efecto.

La tentación de conducta oportunista para sacar partido de una circunstancia efímera y la adulación a quien tiene más autoridad formal y atribuciones llevan a errores. Aprovechar ocasiones es ser oportuno mientras que ser oportunista es conseguir el lucro propio con dolo, esto es, dañando a terceros, lo que suele tener consecuencias negativas en forma de pérdida de confianza y enemistad de los agraviados.

La adulación aquiescente perjudica a todos pues, decía Napoleón, sólo puede haber apoyo en lo que resiste y quien dice amén puede ser sustituido una y otra vez a mitad de coste.

La politiquería va en la misma dirección; parece beneficiar a ambas partes y es fácil llegar a acuerdos para repartir lo que aún no se tiene, pero cuando se consigue el objetivo aparecen las discrepancias sobre el reparto.

A veces se aceptan propuestas por simpatía hacia quien las hace, por sus habilidades expositivas, por sobrevalorar la experiencia de los proponentes o por considerar que su excelencia en un campo les califica como expertos en otro. El hecho es que, en lugar de los méritos de la propuesta, se valoran los de quienes la hacen y la decisión es ajena al contenido de lo aprobado. Por razones opuestas se llega a conclusiones erróneas si domina la envidia o rencor frente a alguien y se antepone la voluntad de dañar frente a la pertinencia de la acción por razones intrínsecas.

El miedo altera la percepción y para buscar una protección inmediata se llega a aceptar algo que a medio plazo puede acabar en desastre. La desatención a las opiniones discrepantes o el poco aprecio a quien las sustenta llevan a desechar buenas razones. La falta de estímulo a la emisión de opiniones impide contar con enfoques alternativos o complementarios, lo que priva de contar con la información, el talento y la percepción de otros. Una variante es el sesgo en la formación del grupo decisorio donde se minimiza la presencia de voces potencialmente discrepantes.

Las creencias son un peligro mayor. Consisten en una visión previa de la realidad que no se ha conseguido con observación y estudio, sino que se ha heredado o es común al grupo con quien se vive y que se da por buena sin cuestionarla. Al contrario de la ideología, de la que se es consciente y se sabe que es opuesta a valoraciones diferentes, no hay conocimiento de que lo que se consideran ideas son, en realidad, creencias sin fundamento real. La diversidad permite contar con ideas, o incluso creencias, alternativas y la contraposición obliga a argumentar y mejorar las decisiones. Por eso suele ocurrir que las decisiones informadas por muchos suelen ser mejores que las individuales. Sin embargo, lleva mucho tiempo conseguirlas y causan traumas cuanto hay discrepancias de fondo entre lo que se trae y lo que se confronta.

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