La incertidumbre laboral, la ruptura de los lazos familiares y la soledad hacen que los antidepresivos sean el tercer tipo de fármacos más vendidos en el mundo. Las mujeres sufren depresión con una frecuencia tres veces mayor que los hombres.

La irritabilidad, el cansancio o las cefaleas, esos pequeños síntomas que se producen al reincorporarnos a la rutina y que suelen definirse como depresión posvacacional, no son más que una normal (y, dicen los expertos, lógica) resistencia del cuerpo a abandonar la placentera vida de las vacaciones. Nada que ver, pues, con esa enfermedad oscura, tenaz y absorbente llamada depresión.

Pero que los especialistas no den importancia clínica a ese síndrome posvacacional, no quiere decir que no tomen en cuenta algunas de sus variables. Y es que el tiempo de ocio puede resultar psíquicamente negativo. La convivencia continuada con la familia (y los roces que provoca) son una de las habituales fuentes de tensión, que a veces desembocan en decisiones importantes: la época del año en que más separaciones de pareja se producen es en vacaciones. Es también un momento temido por los adictos al trabajo, ya que se ven obligados a detener un ritmo frenético que les impedía encarar problemas personales o familiares. Y causa efectos mentalmente perjudiciales en quienes no pueden disfrutar de ese descanso, debiendo permanecer en sus lugares de residencia, ahora semivacíos, por motivos de salud, economía o familia.

Claro que el regreso también puede generar complicaciones a quienes sí han podido disponer de un placentero paréntesis. Por una parte, como señala Roger Ferrer, jefe clínico del servicio de psiquiatría del hospital San Rafael de Barcelona, porque se producen algunos cambios psicobiológicos. "En vacaciones, al acostarnos y levantarnos tarde, modificamos los ciclos cerebrales del cortisol, la sustancia responsable de las fases de sueño y vigilia. Y el día que regresamos al trabajo hemos de readaptar bruscamente, en 24 horas, esos mismos ciclos. Sufrimos así de pesadez, malhumor, descontento o irritabilidad, viviendo algo parecido al jet lag".

Por otra, porque no siempre el empleo es satisfactorio. Si, como dice el psiquiatra Enrique Rojas, "el amor por el trabajo es en sí mismo un antidepresivo", también es cierta la proposición inversa. Por eso, "la vuelta se hará más dura en aquellos empleos poco lucidos o de ambiente muy negativo". A éstos se refiere el psicólogo y profesor en la Universidad de Alcalá de Henares, Iñaki Piñuel, en su próximo La dimisión interior (ed. Pirámide), donde avisa de que el síndrome postvacacional no es otra cosa que una reacción normal ante la perspectiva de regresar a puestos de trabajo en los que se sufren riesgos psicosociales (estrés, burn out o acoso laboral). Apunta Piñuel que hay en España tres millones de trabajadores deprimidos, "lo que está relacionado con un empleo que en general es de baja calidad y de elevada inestabilidad, donde las personas no pueden desarrollarse y en el que están sometidas a sobrecargas cuantitativas. Esta distimia es mayor en trabajos precarios, ya que los trabajadores se ven sin futuro y sin esperanza de cambiar su situación".

A pesar de este cúmulo de circunstancias estacionales, las consultas a los especialistas no aumentan en septiembre. Según Jerónimo Saiz, jefe del servicio de psiquiatría del hospital Ramón y Cajal de Madrid, "el comienzo de primavera y el otoño son las épocas en que hay más incidencias, lo que tiene una explicación relacionada con los ciclos de luz solar, y con la producción de una hormona, la melatonina, ligada a estos procesos". También influyen otros factores: el regreso de las vacaciones (al igual que el inicio de año) suele ser tiempo de poner proyectos en marcha (desde iniciativas laborales hasta apuntarse al gimnasio) en los que hay una fuerte carga de ilusión. No así el comienzo del otoño, mucho más dado a la melancolía, y que suele marcar el instante en que la depresión clínica aumenta.

Y hablamos de cifras notables.

En España, asegura José Ángel Arbesú, médico de atención primaria y uno de los autores del Libro blanco de la depresión y la ansiedad, "hay un 10% de personas con cuadro depresivo. Podemos estar hablando de entre cuatro y seis millones de personas, muchos de ellos sin diagnosticar". Estaríamos ante la segunda causa de baja laboral y el gasto empleado en su tratamiento en España alcanzaría los 23.000 millones de euros anuales.

La Organización Mundial de la Salud extiende ese mismo 10% de afectados a la generalidad de los países desarrollados. Entendiendo siempre que en estas cifras no se contemplan esos meros síntomas ocasionales que popularmente se recogen bajo la denominación "tener la depre" o "estar depre", sino que están referidas a cuadros clínicos mucho más acusados. Según el Libro blanco,quien está deprimido sufre de inhibición o agitación psicomotriz, tiene vivencias negativas de sí mismo y del entorno, se observa como inadecuado y defectuoso, se siente altamente culpable y observa el futuro como algo que no puede ofrecerle nada salvo fracaso y frustración.

La ciencia no contempla una sola causa de esta visión desesperanzada. Para Antoni Talarn, profesor de psicología en la Universitat de Barcelona, "la depresión se debe a la pérdida de objetos y vínculos reales que dejan al sujeto con su sostén personal debilitado. Después de estas pérdidas viene la reacción química del organismo que mantiene o aumenta los síntomas". Pero otras áreas del conocimiento, como la psiquiatría, suelen acudir más a explicaciones bioquímicas, entendiendo que las circunstancias exteriores (como el fallecimiento de un ser cercano o la ruptura de una relación) no son más que simples detonantes. Rebajando un peldaño la discusión, sí parece existir coincidencia en que nuestras sociedades poseen una serie de características que multiplican las posibilidades de padecer procesos depresivos.

Jerónimo Sáiz apunta a pautas culturales, como "una mayor competitividad, patrones menos firmes, la ruptura de las unidades básicas de convivencia o los hábitos de vida poco saludables", subrayando al tiempo una idea que está muy extendida, la de las enfermedades mentales como plaga de los países ricos: "a medida que crecen los patrones de bienestar también aumentan las patologías psiquiátricas. Parece que cuando el ser humano está en lucha directa con la naturaleza las necesidades psicológicas quedan en un segundo plano y cuando disponemos de un cierto bienestar, habiendo cubierto las necesidades básicas, hay más patología mental".

También hay factores sociales, no del todo vinculados con el nivel económico, que poseen una gran incidencia. Según Roger Ferrer, "muy frecuentemente depresión y frustración coinciden. Y en los países occidentales, donde las expectativas son muy elevadas, nos sentimos fácilmente frustrados cuando no conseguimos lo que esperábamos de la vida. Por eso, las sociedades con menores expectativas tienen menos depresión". Aunque también estarían jugando motivos relacionados con las aceleradas transformaciones de nuestras sociedades. Afirma Antoni Talarn que "vivimos con una sensación de individualidad muy acentuada. Todo lo colectivo ha caído en picado (familia, empresa, comunidad, ideología, política) lo que nos ha dejado más solos y con unos vínculos más frágiles que nunca (más extensos pero menos profundos). Y, para muchos, de sentirse más solos y con menos apoyos a caer en la depresión hay sólo un paso". Esta clase de factores podrían explicar el aumento generalizado del consumo de antidepresivos. Angel Martínez, profesor de antropología social de la Universitat Rovira i Virgili, señala que "son hoy el tercer tipo de fármacos más vendido en el mundo.Su uso ha crecido mucho en los países occidentales pero también entre las clases medias de potencias emergentes".

Y es que, asegura Martínez, "la depresión no es una enfermedad exclusiva de los países ricos, lo que hace que la industria farmacéutica mire a algunos países emergentes como espacio para ampliar su mercado. En algunos de ellos, consumir antidepresivos puede observarse como un signo de distinción de clase social". Aunque también hay resistencias culturales. Por ejemplo, en la cultura japonesa "se valora más positivamente la tristeza y la depresión moderadas en tanto que actos de conciencia sobre la "naturaleza fugaz del mundo" que en Catalunya o en España". Para algunos expertos, no obstante, la mayor prevalencia de las enfermedades mentales en los países industrializados debe ser puesta entre paréntesis. Alberto Fernández Liria, coordinador de salud mental del Área 3 de Madrid y presidente de la asociación española de Neuropsiquiatría, asegura que "nunca encontraremos diferencias sustanciales. Donde sí las hay es en el futuro que les espera: en nuestros países, cuando alguien se encuentra triste y desesperado, busca ayuda; si eso pasa en el tercer mundo, a poco que tenga algo de mala suerte, se muere".

Dolencias del futuro

Al margen de cuál sea la zona del planeta en la que más se extiendan, lo que sí parece claro es que las dolenciasmás frecuentes en el futuro tendrán que ver con la psique. Y la depresión será la más importante: la OMS la sitúa en el segundo puesto en el 2020. Pero ese conocimiento no nos sirve, como en otros casos, para realizar una prevención eficaz. A diferencia de otras afecciones, como ocurre con las cardiovasculares, establecer planes para impedir que esas enfermedades aparezcan es bastante más complicado. Fernández Liria asegura que "carecemos de estrategias validadas en población general, pero sí podemos actuar sobre grupos de riesgo. Es el caso de las personas a las que se les han diagnosticado enfermedades graves o crónicas. Si intervenimos desde el principio, los trastornos depresivos incidirán menos y tendremos más y mejor tiempo de vida".

Jerónimo Saiz apunta que también pueden darse acciones eficaces, "en la detección precoz o en la prevención recaídas". Pero lo que le parece más importante es que "las autoridades anitarias están preocupándosepor el problema y han planificado ya una estrategia de salud mental. Lo esencial ahora es que se pongan medios y que las administraciones autonómicas adquieran y cumplan compromisos en distintos niveles". También en el de la ayuda a quienes conviven con los deprimidos ya que "se trata de una enfermedad difícil de sobrellevar, que causa gran sufrimiento moral al interesado y a quienes le rodean, ya que se sienten impotentes ante una situación que no terminan de comprender". La buena noticia es que, a pesar de las dificultades, se trata de un problema con solución. Y no sólo por las innovaciones en los medicamentes. Roger Ferrer asegura que "debemos perder la mirada depresiva respecto de la enfermedad, ya que el 85% de casos tiene buen pronóstico".


El hombre bebe, la mujer se deprime

En los países occidentales, las mujeres sufren depresión con una frecuencia tres veces mayor que los hombres. Los expertos lo atribuyen a la interrelación de diversos factores, entre los que destaca - dice el psiquiatra Enrique Rojas- el componente hormonal: "La mujer tiene una acusada sensibilidad, ya que ha de pasar por la menstruación (tensión premenstural: minidepresión) la ovulación y las depresiones postparto (se da en más del 30% de la población), post aborto y de entrada en la menopausia". El médico de familia José Ángel Arbesú subraya los aspectos sociales, "ya que las mujeres tienen una sobrecarga doméstica mayor, son muchas veces las únicas encargadas de cuidar a los mayores y sufren un índice de paro más elevado". El psiquiatra Alberto Fernández Liria apunta que las mujeres "tienen mayor facilidad para expresar emociones y pedir ayuda y por eso va más a los especialistas".

Para el antropólogo Ángel Martínez, el problema de fondo es que "parte de las depresiones masculinas están enmascaradas y presentan otras formas de expresión (abuso de alcohol, por ejemplo)". En última instancia, nos encontraríamos con las causas económicas, según las cuales la depresión sería más habitual entre las mujeres pobres de los países ricos y las que pertenecen a clases medias y medias altas de los países emergentes.

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