El 40% de los 3.000 empleados de la plantilla del grupo alimentario de La Segarra son extranjeros. Tan alabado como vilipendiado, lo cierto es que la cooperativa ganadera ha creado un modelo de integración laboral de inmigrantes digno de análisis.

Les dan trabajo con una remuneración que triplica la de su país de origen pero que en España es de las más bajas del sector cárnico. Para facilitarles el aterrizaje, la empresa también les proporciona la vivienda de alquiler. Si su economía no es muy boyante, como acostumbra a suceder, la entidad bancaria del grupo empresarial les concede un crédito. Una gestoría interna les soluciona la renovación de los permisos y agiliza al máximo la reagrupación de ese familiar tan querido. La empresa no olvida a sus hijos, a los que facilita formación y actividades sociales.

Esta radiografía bien podría describir la esencia de las colonias industriales catalanas del siglo XIX donde el amo, a fuerza de una más que discutible preocupación por el bienestar integral de sus trabajadores, tenía garantizada la mano de obra barata, inmersa en una dinámica de dependencia difícil de romper.

Pero la descripción no corresponde a un sistema de otro siglo. O, cuanto menos, aunque de otro siglo, se está reproduciendo nuevamente en Catalunya, pero ahora los protagonistas son inmigrantes. Concretamente, el modelo está vigente en la localidad leridana de Guissona (La Segarra), donde se levanta el imperio del Grupo Alimentario Guissona. Con una plantilla de cerca de 3.000 empleados, casi el 40 % --1.178-- son inmigrantes.

Nacida hace casi 50 años como una diminuta cooperativa de ganaderos de la comarca de La Segarra, con el emprendedor Jaume Alsina al frente, ahora el Grupo Alimentario Guissona está integrado por seis empresas. Un total de 325 franquicias de tiendas bonÀrea donde se venden los productos cárnicos de esta compañía se reparten por Catalunya, Aragón y Castellón. Ya hay dos tiendas abiertas en Madrid.

"COMO LOS ANDALUCES"

"Queremos integrar a los trabajadores inmigrantes, ofrecerles estabilidad, no temporalidad, tal y como pasó con los andaluces que llegaron a Catalunya en los años 60". Antonio Condal, director de recursos humanos y portavoz del Grupo Alimentario Guissona, reconoce la "dependencia inicial" que puede generar este modelo en los empleados. "Solo al principio --argumenta--, porque luego, con el paso del tiempo, a medida que se establecen, pueden adquirir más independencia". El portavoz del grupo está acostumbrado a proclamar las bondades del modelo en las múltiples conferencias a las que es invitado para explicar la integración de extranjeros en el grupo. "Hemos sido pioneros, si no en España, por supuesto en Catalunya", asegura Condal.

MANO DE OBRA

El portavoz del grupo rememora que empezaron a echar mano de trabajadores extranjeros ya hace una década, aunque en 1997 el porcentaje era del 2,1% mientras, que en el 2007 ha subido al 40%. El director de recursos humanos aduce motivos que los sindicatos se apresuran a rebatir. Condal asegura que no hay mano de obra autóctona que se preste a hacer el duro trabajo en el matadero y en la cadena de despiece de los animales mientras los representantes sindicales niegan que no haya trabajadores catalanes.

"Los hay pero no al bajo precio que están pagando", asegura el presidente de CCOO, Joan Mora, para añadir: "Ni los buscan ni les interesa encontrarlos". El análisis que hacen los sindicatos de este modelo es demoledor. "Es un sistema colonialista, cercano al caciquismo", sentencia María García, delegada de prevención de CCOO.

PRESIONES

Los delegados sindicales aseguran que impera una política de presión y, en ocasiones, coacciones al trabajador extranjero. El sindicato tiene constancia de una dinámica bastante habitual: "Muchos empleados nos explican que la disponibilidad --horas extras siempre que son necesarias, sobre todo fines de semana así como otras necesidades-- se acostumbra a premiar con la promesa de una oferta de trabajo para la esposa que espera en el país de origen", explica el presidente de CCOO. "La falta de disponibilidad --añade-- se castiga con lo contrario". "Este arma es poderosísima", concluye para, a renglón seguido, apuntar que ningún trabajador extranjero se ha unido a la demanda contra la empresa por superar el ruido permitido en la cadena de montaje. Otro de los problemas que los empleados acostumbran a plantear, a pesar de que tienen temor a acudir a los sindicatos, es la bolsa de familiares de trabajadores extranjeros --200 y 300 personas esperando-- traídos por la empresa que tardan meses en incorporarse a su puesto. Una fórmula excelente para tener mano de obra disponible en función de las necesidades.


Un negocio redondo para la empresa cárnica

Un mismo universo, vivido e interpretado de forma opuesta por sus moradores. Para unos, un sistema de oportunidades; para otros, un círculo cerrado y abusivo. Tan alabado como vilipendiado, lo cierto es que el Grupo Alimentario Guissona, la cooperativa ganadera de La Segarra convertida en imperio, ha creado un modelo de integración laboral de inmigrantes digno de análisis.

Con sueldos mileuristas no es difícil que, como mínimo, la mitad del salario acabe revirtiendo nuevamente en la empresa. Sobre todo, en concepto del alquiler de pisos facilitados por la misma compañía. Si también hay un crédito de por medio, el porcentaje del sueldo que vuelve a las mismas manos se dispara. Las familias extranjeras acostumbran a abastecerse en la tienda que el grupo cárnico tiene en el pueblo.

Es realmente complicado encontrar a alguien que abra las puertas de su casa. Y, más difícil aún, hallar a quien deje traslucir su opinión. Muchos inmigrantes que trabajan para el Grupo Alimentario Guissona dicen que hablar puede acarrearles problemas. Por eso salen de espalda en las fotos y se prestan a hacer declaraciones, solo de forma anónima. Son todos rumanos, de 28 a 30 años, y viven los cinco en el mismo piso. "Pagamos 380 euros al mes", explica uno para matizar: sin agua, electricidad, muebles, escalera y cloacas, que se abonan aparte. "A la empresa le da igual cuánta gente comparte piso y en qué condiciones", añade. Para ahorrar han llegado a meterse seis hombres en un piso de dos habitaciones. "Este sistema de alquiler --se explaya el mismo joven-- es un verdadero negocio para ellos".

"Engaño"

Su mujer llegó hace meses a Guissona con un precontrato de trabajo pero aún no se ha incorporado. "Es un engaño", lamenta, impotente, porque ella no tiene trabajo, no genera ingresos, pero sí gasta para vivir. Hay muchas personas en esta situación, dice. Aunque pese a todo, afirma sentirse privilegiado porque tiene la posibilidad de hacer horas extras. "Si quiero llegar a los 2.000 euros, tengo que hacer jornadas de 12 horas", explica para puntualizar que muchos no tienen ese privilegio.


Historia de una buena oportunidad económica

Un mismo universo, vivido e interpretado de forma opuesta por sus moradores. Para unos, un sistema de oportunidades; para otros, un círculo cerrado y abusivo. Tan alabado como vilipendiado, lo cierto es que el Grupo Alimentario Guissona, la cooperativa ganadera de La Segarra convertida en imperio, ha creado un modelo de integración laboral de inmigrantes digno de análisis.

Ocho horas al día en la cadena de despiece de cerdo, de lunes a viernes. Cobra 1.000 euros. Nicolae Robert, un rumano de 29 años, ha sido el trabajador escogido por la empresa para explicar su historia. Obviamente, dice estar satisfecho, entre otras razones porque, en su país, donde empezó a trabajar con 15 años, cobraba menos de la mitad por muchas más horas de trabajo en el sector cárnico.

Seleccionado en Rumanía, donde hay excelentes despiezadores de carne, llegó a Guissona hace tres años. Primero solo, dejando a su mujer y a su primer hijo. El segundo vástago, de un año y 10 meses, ya es catalán.

"Pagamos 360 euros por un piso de la empresa de 65 metros cuadrados", explica Nicolae para añadir: "Es suficiente". Antes de que su mujer empezara a trabajar hace siete meses, también para el Grupo Alimentario Guissona, los números nunca cuadraban solo con su sueldo. "La empresa me dijo que me ayudaría a traer a mi mujer y que le daría trabajo", comenta Nicolae con una sonrisa para reconocer que, finalmente, así ha sido.

Con un coche recién adquirido que les permite tener cierta independencia y moverse cuando tienen tiempo libre, Nicolae dice sentirse feliz. "Aunque siempre estaría bien cobrar un poco más", explica, con una actitud de prudencia, antes de volver a ocupar su puesto en la cadena. Sabe que muchos compañeros se han marchado a otras empresas cárnicas españolas donde se paga más.

"La gente del pueblo nos acepta normal", dice con una mueca entre escéptica e indiferente. La intención, de momento, es quedarse en Guissona donde su hijo de casi 4 años ya está escolarizado. "Nos quedamos aquí", asegura para, a renglón seguido, añadir que la vida es mucho más sencilla que en Rumanía. Eso sí, al duro precio de tener a los suyos lejos.

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