Jordi Nadal Oller, catedrático emérito de la UB: " La rutina más vergonzante se ha apoderado del sistema educativo. Para salir del paso, los responsables aducen la tacañería del presupuesto. Es la forma más cómoda de esconder la cabeza debajo del ala."

El mayor reto de futuro para Catalunya es mejorar su sistema educativo, vistos los datos desastrosos que aporta el Informe PISA. El catedrático emérito de la UB Jordi Nadal Oller, una autoridad en la historia económica e industrial de Catalunya, recoge en este artículo la presentación que hizo el 22 de noviembre del estudio del BBVA y la Generalitat Economia catalana: els reptes de futur, en presencia del president Montilla. El autor recuerda cómo el éxito de Catalunya desde el siglo XVIII fue la concentración de esfuerzos en la esfera productiva y cómo en la época de la globalización puede iniciar su declive si no aprueba la asignatura de la educación.

En contraste con las desgracias de nuestra historia política en las edades moderna y contemporánea, los catalanes podemos enorgullecernos de nuestra historia económica en la segunda de las etapas aludidas. A lo largo de los dos últimos siglos, desde finales del XVIII hasta finales del XX, el progreso material se ha identificado, en todo el mundo, con los adelantos de la industrialización. En este período, Catalunya ha constituido la avanzadilla del fenómeno en las tierras que rodean al Mediterráneo. Aun hoy, su industria ocupa un lugar de privilegio en este área. No es poca cosa.

El análisis económico, nacido precisamente al calor de la industrialización, identificó la "tierra", el "capital" y el "trabajo", por este orden, como los factores productivos que sustentan todo proceso de desarrollo. Expresando lo mismo, la terminología es hoy más comprensiva: los recursos naturales, los recursos financieros y los recursos humanos. Los primeros y los segundos son los más visibles. Considerando esta visibilidad, parecería que la región andaluza, dotada de uno de los tesoros mineros más importantes del mundo y de los terrenos más fértiles de la península, y agraciada, además, desde el Descubrimiento hasta 1778, con el monopolio o la exclusiva del comercio legal entre Europa y América --un regalo fastuoso e irrepetible-- debería haber alumbrado la Revolución industrial en España. No fue así. Contra toda lógica, al menos aparente, el rol líder que parecía reservado a la antigua Bética, correspondió a Catalunya, un país de suelo más bien pobre, prácticamente sin minería metálica y excluido del comercio colonial, tan rentable, durante dos centurias y media.

¿CUÁL FUE LA llave del éxito catalán? Lo que acabamos de decir sobre la precariedad de los recursos naturales y financieros del territorio nos lleva a señalar, por reducción, los recursos humanos, que entonces se concretaban en una inclinación acentuada por el trabajo tenaz y responsable. Naturalmente, no se trata de un rasgo congénito del carácter catalán, sino de un rasgo adquirido en un momento dado de su historia.

Dos grandes descalabros sufridos en la escena política lo explican. A mediados de siglo XVII, durante la guerra dels Segadors, la promesa francesa de ayudarnos a formar una república catalana separada del imperio español se saldó con una estrepitosa derrota a manos de las tropas castellanas y con la debacle de la producción artesanal autóctona, sometida, en terreno propio, a la libre competencia de la de nuestros aliados ultrapirenaicos; para más inri, la Paz de los Pirineos, de 1659, negociada entre españoles y franceses a nuestras espaldas, decidió la entrega a Francia de todo el Rosellón y parte de la Cerdaña, que pertenecían a Catalunya desde la Edad Media. A comienzos del siglo XVIII, durante la guerra de Sucesión española, la retirada imprevista de los ingleses dejó el bando austriacista, en el que militaba Catalunya, a merced del bando castellano-francés, que no tuvo más dificultades para entronizar a Felipe de Anjou o De Borbón como nuevo rey de España. Son de sobras conocidos los castigos infligidos a Catalunya por la Nueva Planta borbónica: supresión de sus instituciones políticas y su derecho público, derribo de la mayor parte del barrio barcelonés de la Ribera, traslado de la Universidad a Cervera.

Inquina castellana, traición francesa, oportunismo inglés. Maltratados por todas partes, los catalanes del setecientos abandonaron sus veleidades políticas para buscar refugio en la esfera productiva. Cambio de orientación y de mentalidad. El imaginario popular reflejó en su día la mutación. Antes de la guerra de los Segadors, los catalanes eran busca-raons, "violentos", "ociosos" (por gandules) y cosas parecidas. A mediados del siglo XVIII, tras haberse desentendido finalmente de la res pública para centrar sus afanes en el progreso material, ya son aquellos trabajadores infatigables que "de las piedras sacan panes". El trabajo y el esfuerzo llevados al extremo, ¡antídoto contra el desencanto de la política!

Esta sublimación del trabajo sin más, positiva en el pasado, cuando las técnicas eran elementales, es del todo insuficiente en la actualidad, cuando la sofisticación tecnológica parece no tener límites. En la época posindustrial, la de hoy, los objetivos de la terciarización y la globalización, inesquivables, priman aquellas actividades económicas basadas en el conocimiento y la información. Los sistemas educativos deben orientarse a favorecer la nueva economía. El de nuestro país simula hacerlo, aunque mantiene las rémoras del sistema tradicional.

LOS RESULTADOS de la simulación son patéticos. Como consecuencia de una enseñanza primaria poco exigente y poco exigida, una mayoría de los escolares de 11 y 12 años se incorporan a la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) sin saber leer (leer incluye comprender lo que se lee) y escribir, ni dominar a menudo las reglas más elementales de la aritmética. Manteniendo abierto este flanco, que demasiados profesores de secundaria no quieren (¡sólo faltaría!) o no saben cubrir, los adolescentes de 15 o 17 años acaban la ESO o el bachillerato sin haber adquirido el espíritu crítico y la capacidad de reflexión que son, o deberán ser, exigibles, no solo para entrar en la universidad sino simplemente para ir por el mundo. Conocedora de la situación, la universidad impone a los bachilleres/candidatos unas pruebas de acceso, en prevención de males mayores. Las pruebas son de lo más fáciles; darían risa a un candidato francés o italiano, por no hablar de un alemán. Aún así, el número de reprobados supera largamente los cálculos menos optimistas.

SI TODOquedara así, habría el peligro de crear lo que, con tanta circunspección, los entendidos llaman "alarma social". Para conjurarlo, con la intención de encubrir el fiasco, los responsables políticos se han inventado, hace ya tiempo, una triquiñuela consistente en promediar las notas del bachillerato (a menudo hinchadas, sobre todo cuando provienen de centros privados) y las de las pruebas de acceso propiamente dichas, de forma que permita reducir esa tasa de suspensos a otra mucho más presentable, normalmente situada por debajo del 10%. ¡Y no se hable más!

Pese a la distinción de grados, todo sistema educativo forma, o debería formar, un bloque único debidamente articulado. La educación primaria condiciona la secundaria; la secundaria, a su vez, la superior o universitaria. Debido a los déficits y defectos acumulados en los grados inferiores, nuestros estudiantes universitarios, llamados a formar las élites del país, componen una masa amorfa, inmadura y sin personalidad, tan mal preparada para seguir las explicaciones del profesor de turno como para transmitir a este último la angustia que le comporta su desamparo. Para la mayoría, la asistencia a clase es una tortura. El miedo a ser interpelados lleva a los alumnos a disputarse los asientos más alejados de la tarima. Dan señales inequívocas de aburrimiento. En caso de poder pagarlos, buscan auxilio y confort en centros privados. Aun así, los suspensos los abruman a final de curso. No pocos abandonan definitivamente. A muchos de ellos, la melancolía por la pérdida de autoestima inherente al fracaso les acompañará siempre.

REFORZADA POR la de matrículas baratas, la política de acceso masivo a la universidad no solo es perversa para estudiantes sin méritos, que acabarán en la cuneta, sino también para la propia institución. El exceso de estudiantes comporta el del gasto necesario para atenderlos. Las normas imponen en cada facultad o centro el encuadre del contingente estudiantil respectivo en grupos limitados. La planificación anticipada debe prever y concertar un número de aulas y de profesores elevado, con los costes financieros correspondientes. Tanto da que, a partir del inicio del curso, el efectivo de cada grupo se vaya debilitando: los grupos, las aulas y los profesores se mantendrán hasta el final. El gasto también. La separación del grano de la paja debería haberse hecho mucho antes y, en cualquier caso, en última instancia, con las pruebas de acceso.

Todo el mundo habría salido ganando. Los alumnos de verdad, por librarse de unos compañeros que no hacen más que molestar. Los alumnos de mentira, por no perder más el tiempo. Los profesores, para poder centrar sus esfuerzos en aquellos estudiantes que de verdad lo merecen. La institución universitaria, por liberar recursos y recuperar prestigio.

En el interior del sistema, todo el mundo lo ve y nadie dice nada. La rutina más vergonzante se ha apoderado del sistema educativo catalán (y español). Para salir del paso, los responsables públicos y privados (los de la escuela concertada) aducen la tacañería del presupuesto. Es el subterfugio más cómodo para continuar escondiendo la cabeza debajo del ala. Nunca hay dinero suficiente, ni lo habrá. Pero el verdadero problema de nuestro sistema educativo, en situación de caída libre, es de claudicación, de pasotismo ¿El remedio? Un examen sin piedad de conciencia y, a partir de ello, un cambio radical de objetivos, de planteamientos, de métodos, de exigencia y, por encima de todo, de actitud.

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