Desde hace poco, nos hemos adentrado por la senda de la multitarea y nuestro cerebro no puede negociar simultáneamente todos los estímulos que le salen al paso. La infosaturación no es una metáfora, sino una realidad palpable y sonante de nuestros días.

El timbre de los teléfonos, aquella persona que nos atrae y ahora se muestra en todo su esplendor al lado de la fotocopiadora, el correo electrónico que acaba de llegar con una irresistible oferta de vacaciones rurales o con un enlace que está gritando "¡Sígueme...!", la ropa estrafalaria del estrafalario de turno... Con todas estas maravillas agitándose alrededor, ¿cómo va a concentrarse uno en su trabajo? Los científicos comienzan a hacerse la misma pregunta, pero desde otro ángulo: cuando uno tiene que hacer una tarea -doméstica, en la oficina, en la fábrica o en el trabajo en el que se desempeñe-, el número de cosas que hace antes o al mismo tiempo, que no tienen nada que ver con dicha tarea, ¿es un índice fiable de su falta de concentración? Y ésta, cuánto le cuesta en primer lugar a la víctima y, en segundo lugar, a los que le rodean, sea su familia, su empresa, los viandantes, los pasajeros, etc.?.

La enorme cantidad de tests y de estudios dedicados en los últimos años a medir la capacidad de concentración, así como los notables avances de las neurociencias en la investigación de las bases neurológicas de algunos comportamientos, comienzan a dibujar un boceto de lo que significa la distracción en el mundo que nos ha tocado en suerte, donde los estímulos que reclaman nuestra atención crecen sin cesar.

Desde hace relativamente poco, nos hemos adentrado por la senda de la multitarea. Con una tranquilidad asombrosa, asumimos que nuestro cerebro está capacitado de sobra para abrir y ejecutar simultáneamente varios programas al mismo tiempo, ya sean mentales y/ o físicos.

EL SALPICADERO

Basta mirar el salpicadero de un coche para darnos cuenta la extraordinaria cantidad de oportunidades que nos concedemos para tener un accidente. Allí se aposentan diferentes sirenitas que reclaman nuestra atención: gps, móvil manos libres, reproductor de mp3 con unos cuantos botones, distintos relojes indicando las funciones del auto... y encima la calle, repleta de semáforos y señalizaciones, curvas, gente, tiendas o paisajes, escuelas, niños que cruzan intempestivamente, ciclistas, ancianos, además de los otros coches. A pesar de nuestra fe en nosotros mismos ¿estamos realmente facultados para fuincionar en esos entornos cada vez más complejos realizando bien diferentes tareas simultáneamente? Bueno, la respuesta rápida es no. Después vendrán los matices. Pero estos no camuflan la factura: los individuos, las empresas, la sociedad en general, pagan diariamente una elevada y costosa factura por la falta de concentración, una factura que no sólo vuela por las alturas de los cientos de millones diarios, sino que también incorpora dolor y pérdidas de vida.

Los estudios sobre la atención de los conductores, por ejemplo, se suceden año tras año. Y los resultados son cada vez más alarmantes, porque cada vez crecen los estímulos que propician despistes. Una de las investigaciones más recientes, de la Administración de Seguridad en el Tráfico en las Autopistas Nacionales de EE. UU. concluyó que separar la vista por más de dos segundos de la carretera dobla el riesgo de accidente.

Este lapso le puede parecer insignificante a cualquier conductor -menos al que tiene un accidente y no puede contarlo-, pero en el fondo se trata de un riesgo que viene potenciado por la creciente confianza en la autoexigencia de hacer bien varias cosas simultáneamente, cuando las cosas cada vez son más y más diversas y dicha capacidad no está demostrada, no al menos en las situaciones más habituales.

Ahora, los matices. Lógicamente, no todos nos distraemos de la misma manera, en las mismas circunstancias y por las mismas razones. Pero sí hay algunos elementos que parecen actuar como factores de reequilibrio. Por ejemplo, Piers Steel, psicólogo de la Universidad de Calgari (Canadá), ha construido una gran base de datos basada en 553 estudios científicos que se han realizado en la última década para medir los niveles de concentración (y de "dejar para mañana lo que puedo hacer hoy") en diferentes entornos, desde el hogar a la oficina o en las denominadas ocupaciones de riesgo (pilotos, conductores de autobuses, controladores aéreos, operadores de maquinaria pesada, etc.),. Y entre las conclusiones sobresalen un par de pautas curiosas. En primer lugar, cuanto más exigente es la tarea, más refinada es la capacidad del cerebro para ir cerrando fuentes de distracción y concentrarse en su actividad primordial. Afortunadamente, esta facultad mental para priorizar el volumen ingente de información audiovisual que recibe constantemente explica, hasta cierto punto, nuestra supervivencia en un mundo donde la acumulación de riesgos debería habernos sepultado hace ya tiempo.

CULTURA DE LOS OBJETOS

El otro aspecto contradice lo que la sabiduría popular de los expertos ha convertido casi en una cultura de los objetos y sus funciones: no funcionamos mejor cuanto más simples sean. Al revés. El reto funcional y audiovisual contribuye a mejorar notablemente la concentración. Los resultados de estos estudios están ayudando a rediseñar los puestos de trabajo con miras a conseguir una mayor concentración aunque se incorporen elementos periféricos y fútiles que, en principio, parecerían reclamar una atención irresistible.

Lo que estos estudios muestran, de una u otra manera, es algo que todos sabemos: la distracción funciona a diferentes niveles. Nuestro cerebro no puede negociar simultáneamente todos los estímulos y percepciones que le salen al paso. La infosaturación no es una metáfora, sino una realidad palpable y sonante. Los objetos electrónicos que nos rodean, por ejemplo, son cada vez más pequeños (más portables), cumplen más funciones y se pueden usar simultáneamente en cualquier entorno. Para complicar las cosas, las dos grandes fuentes de atracción de nuestra atención son diametralmente diferentes: la televisión se deja contemplar con una pasividad extrema, Internet no, la Red reclama acción, actividad, atención, aunque en ambos casos se use la misma pantalla y las una el zapping de programas o de páginas web. Pero Internet está en la pantalla del trabajo, lo cual diversifica notablemente los focos de atención. En realidad, todo junto se va convirtiendo en una sólida espada de Damocles a la espera de atizar un golpe.

De todas maneras, los investigadores concluyen recomendando el clásico consejo de la abuela: Si hay que hacer algo importante, hazlo cuando tengas la cabeza despejada. Por eso es fundamental que... pero ¿qué habrá sido ese ruido al otro lado? Voy a ver y ahora vuelvo.

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