La columnista del Financial Times, Lucy Kellaway, analiza las dificultades con las que se encuentran las mujeres para desenvolverse en el mundo profesional y cómo las que se acercan al "techo de cristal" son repelidas.

Una de mis conocidas disfruta de cierto grado de responsabilidad en una gran compañía de medios de comunicación. Es prepotente, tiene mucho desparpajo y no me cae demasiado bien. Me encontré con ella la otra noche y me explicó que su jefe le había llamado aparte y le había dicho que era prepotente y que tenía mucho desparpajo, y que había algunos compañeros a los que no le gustaba. Es indignante, exclamó. Nadie trataría jamás así a un hombre. Le respondí: “Oh cielos, que horror. Pobrecita”. Pero lo que en realidad pensaba era: no es indignante. Eres antipática y desagradable, y tu sexo no tiene nada que ver con ello. Tu indignación es ridícula y poco atractiva.

Menos atractiva aún es la indignación de otra mujer de los medios de comunicación incluso con más éxito: Tina Brown. En una entrevista reciente con The Sunday Times se quejaba de la bronca que había recibido tras el fracaso de su programa Talk. “Se convirtió en un deporte sangriento”, denunció. “Pasé a ser la diana para las prácticas de tiro. No hay duda de que es más divertido derribar a una mujer –y rubia– que a un hombre”. No sólo exponía que es duro ser una mujer, sino que es aún más duro ser una mujer bella. Lo que es un disparate tan grande que una no sabe por donde agarrarlo.

No es complicado ser una profesional. Este grupo ha disfrutado de una situación mejor que la de ningún otro grupo de la sociedad durante las dos últimas décadas, y ya es hora de dejar de quejarse. ¿O no lo es? Durante los tres últimos días he leído tres estudios que me han hecho cuestionarme si debería dejar de criticar así a mis hermanas. El primero era un estudio realizado en San Francisco que sugiere que dos millones de trabajadores en EEUU abandonaron sus empleos el año pasado porque percibían injusticias referentes a su raza o sexo. Nada ilegal, sólo hechos espantosos encubiertos que finalmente les llevaron a tomar la decisión.

La semana pasada, los datos del Chartered Management Institute para Reino Unido mostraron que las mujeres gestoras abandonan su empleo con más facilidad que los hombres, y que su sueldo aún es considerablemente más bajo.

Aún más deprimente, finalmente, es el tema de portada del Harvard Business Review de este mes, diez páginas que critican cómo la situación nunca había sido tan complicada para las mujeres con cargos de responsabilidad. Han pasado exactamente 20 años desde que se acuñó el término “techo de cristal”, y los autores exponen que hemos venido siguiendo una metáfora errónea todos estos años. Las mujeres no sólo afrontan un techo que tienen que romper para llegar a lo más alto. Desde el principio nos hallamos en un laberinto, en el que hay muchos elementos que nos impiden llegar al centro. Nos enfrentamos a los prejuicios de los hombres. Nuestras opiniones no se toman en serio. Nuestros estilos de gestión no encajan, y si intentamos ser duras como los hombres estamos condenadas (como mi conocida). Nuestro sueldo es peor. Tenemos problemas en casa. Tenemos pocos contactos.

Es posible que parte de esto sea cierto. Pero si nos fijamos sólo en lo negativo emerge un ridículo marco distorsionado. En los 20 últimos años las empresas se han desvivido por ayudar a las mujeres. Hay protección legal. Existe una fuerte presión social para que se ascienda a las mujeres. Hay redes de mujeres en abundancia. La mayoría de las compañías ofrecen horarios laborales flexibles. Si, es posible que el salario sea menor, pero eso se debe con frecuencia a que las mujeres no saben pedir aumentos de sueldo. En esto yo también tengo pocas esperanzas, pero espero que mejoremos en el futuro. Desde luego planeo hacerlo.

Creo que la mayoría de las mujeres que se acercan al cristal son repelidas. Descubren que no les gusta el olor. Si esta es la realidad del problema, es posible que haya bastante menos de lo que preocuparse.

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