El nuestro es sin duda un país impuntual: en las reuniones se da por hecho que hay que esperar "los 10 minutos de cortesía" y en muchos almuerzos convocados a las dos del mediodía ya se prevé servir un aperitivo para entretener a los puntuales.

El Departament de Governació me convocó el otro día a una rueda de prensa a las 9.45 horas en Via Laietana. Hasta aquí, lo habitual. Pero la convocatoria advertía, y lo resaltaba tipográficamente: "Empezaremos muy puntuales".

La nota tiene su miga. Queda claro que las "9.45 muy puntuales" son las 9.45 para la Generalitat. ¿Pero qué hora son las "9.45 puntuales"? ¿Y las 9.45 a secas? En un siglo en que los relojes de precisión calculan los milisegundos, en Barcelona, incluso para una institución como la Generalitat, una hora parece ser sólo una indicación orientativa.

El nuestro es sin duda un país impuntual: en las reuniones se da por hecho que hay que esperar "los 10 minutos de cortesía" y en muchos almuerzos convocados a las 2 ya se prevé servir un aperitivo para entretener a los puntuales y empezar a servir la comida a las 2.30.

Sólo somos puntuales en llegar al trabajo. Y mayormente porque en muchas empresas se ficha y ese control da lugar luego a cobrar pluses de puntualidad, o incluso al establecimiento de sanciones. Y así y todo... "Si el ambiente en la empresa se relaja, o si los trabajadores ven que el jefe llega tarde... la impuntualidad aumenta", señala José María Traver, director de recursos humanos de Feria de Valencia y miembro de la asociación Aedipe. A su juicio, "la gente es lista, y se adapta", por lo que cuando se permite una cierta flexibilidad horaria "los trabajadores más cumplidores se organizan pero aparecen personas que abusan. Para evitar problemas, hay que establecer una reglas de juego y dejarlas claras".

Luego llega ya el momento de la impuntualidad. "Yo le digo mucho a mi gente: ´¿Sabéis lo que cuesta que estemos aquí sentados?´", reflexiona Traver, que multiplica los salarios por el número de asistentes a una reunión que no acaba de empezar.

Algunos países - más impuntuales que el nuestro- incluso lo calcularon: Ecuador estimó que se perdían cada año 2.500 millones de dólares (casi el 10% de su PIB) por los costes de la impuntualidad y trató de lanzar una campaña nacional para reformar este hábito.

Dolors Poblet, directora de negocio de Manpower Professional, señala que la impuntualidad ya no se puede aceptar como un rasgo cultural. "Hemos de incorporarnos a la cultura de la puntualidad, por pura necesidad. Al ritmo que vivimos, estando todos con las agendas muy cargadas, una reunión que empieza tarde te hace arrastrar el retraso durante todo el día". A su juicio, para evitar este efecto "no sólo se ha de ser puntual en empezar, sino también en acabar a la hora prevista, pase lo que pase". Poblet reconoce que más allá del retraso socialmente admitido de "los 10 minutos de cortesía" hay gente "en la que el hábito de la puntualidad no está muy arraigado" y defiende "advertir en las convocatorias que la reunión empezará esté quien esté: simplemente funciona. La gente llega".

Este efecto demuestra que la puntualidad, como la impuntualidad, es muy contagiosa. Según un estudio del Massachusetts Institute of Technology, la puntualidad más que "un rasgo cultural es un equilibrio": es la respuesta de los individuos a lo que creen que harán los otros para maximizar su beneficio (no perder tiempo en esperas) y minimizar el "coste de la disonancia" (la nota negativa de ser el último). Por ello, señala, "la sociedad queda atrapada en un equilibrio de puntualidad - si todos o la inmensa mayoría lo son- o de impuntualidad". Los mismos individuos, señala el estudio, se comportarán de manera diferente en otro contexto social.

"La informalidad en atender una cita es un claro acto de deshonestidad. También puedes robar el dinero de una persona si robas su tiempo", señaló Horace Mann, un pedagogo de Estados Unidos (uno de los países más intolerantes con la impuntualidad, quizás como herencia de sus valores protestantes). Con una visión más práctica Nicolas Boileau-Despreaux, un poeta francés (país más laxo en esta materia), recomendaba "ser siempre muy puntual, pues he observado que los defectos de una persona se reflejan muy vivamente en la memoria de quien la espera".

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