Lucy Kellaway, Financial Times: "Hay una palabra que describe cómo sobrellevamos la mayoría de los que estamos cerca de los 50 unos trabajos mucho más interesantes: mal. Tenemos la sensación de que deberíamos cambiar, pero no sabemos cómo hacerlo."

Hace unos meses, una amiga me pidió que le escribiera una carta de recomendación. Es brillante, ingeniosa y sofisticada, y durante 20 años ha detentado una sucesión de importantes empleos en canales de televisión y periódicos. Sin embargo, su último trabajo era bastante diferente: aspiraba a ser recepcionista de un pequeño edificio de oficinas en Mayfair.

Me pareció una elección excéntrica para una mujer de su intelecto, pero redacté la carta y consiguió el empleo. La semana pasada almorcé con ella y le pregunté cómo le iba. Me comentó que, por primera vez en su vida, era completamente feliz en su trabajo. Por fin había encontrado algo con todas las ventajas de la oficina, y ninguno de sus inconvenientes.

Su rutina era relajante. La gente simpática. El trabajo agradable. También era limitado, sencillo, y finalizaba a las 6 en punto de la tarde. No había cantidades ingentes de trabajo difíciles de manejar, ni competencia desagradable, ni el persistente miedo a no estar preparada para ello y a que haya alguien mejor que tú.

Pero lo mejor de todo, me aseguró, es que el trabajo de recepcionista no monopolizaba su mente y su vida; le proporcionaba, en cambio, margen de sobra para sus propios pensamientos. Lo único que no era fantástico era el salario, pero bastaba y no le importaba.

Después del almuerzo, me llevó a ver la ubicación de semejante felicidad. Me fijé en su curvada mesa de cristal y observé a través de las ventanas panorámicas los desnudos árboles de Green Park. Me imaginé a mí misma sonriendo a los gestores de hedge fund que entraban y salían: "Buenos días, hoy hace mejor tiempo, ¿verdad?".

Podía percibir cierto encanto en ello. Sin embargo, lo que más me impresionó de su satisfacción fue cómo contrastaba con la insatisfacción de casi todos mis otros contemporáneos. Hay una palabra que describe cómo sobrellevamos la mayoría de los que estamos cerca de los 50 unos trabajos mucho más interesantes: mal.

En distinto grado, somos susceptibles al aburrimiento, el miedo, el cansancio y la frustración. Llevamos una eternidad trabajando, pero ahora nos hemos dado cuenta de que tendremos que seguir haciéndolo hasta que tengamos al menos 70 años -un largo camino por delante-.

No resulta alentador. Tenemos la sensación de que deberíamos cambiar, pero no sabemos ni cómo ni en qué dirección. Un artículo relativamente sensible del Harvard Business Review del mes de febrero explica por qué nos sentimos tan mal mientras que mi amiga recepcionista se siente tan bien.

Estamos cayendo en el error más común de la crisis que se sufre hacia la mitad de nuestra vida laboral -el de pensar que este es el principio del fin-. En cambio, la revista insiste en que disponemos de más oportunidades que antes. Como hemos trabajado durante varias décadas, sabemos en qué consiste el trabajo y en qué destacamos.

El secreto no reside en anhelar una transformación mágica -trabajas como banquero, y de pronto, como por arte de magia, te transformas en un agricultor biológico- sino en pensar con detenimiento y de forma práctica qué se adecua más a ti. Hace varias semanas, científicos de la Universidad de Warwick publicaron otro trabajo en el que mostraban que la felicidad durante nuestra vida tiene forma de U.

Estudiaron a miles de trabajadores de 80 países distintos y descubrieron que la mayoría de las personas comienza su vida laboral siendo feliz, para después deslizarse hacia la infelicidad, alcanzando su punto más bajo a los 44 años. Pero después de cumplir los 50, comenzamos a ser felices de nuevo y, con 60 y 70 años, aún más felices.

No está claro por qué crece nuestro ánimo conforme se acerca la muerte. Sospecho que se debe, sobre todo, a que nuestra carga de ambición y nuestras expectativas desaparecen. Ya no anhelamos lo que nunca vamos a tener.

Aún no he llegado a ello, al igual que la mayoría de mis contemporáneos. La ambición aún ruge, y las perspectivas son intolerablemente inciertas. Pero si nos mantenemos firmes, la curva ascendente de la U nos impulsará dentro de poco. No necesitamos asesoramiento laboral, sólo tiempo.

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