Lucy Kellaway, Financial Times: "Algunas grandes organizaciones, especialmente norteamericanas, presionan a sus empleados para que apoyen sus iniciativas benéficas y castigan a aquellos que no lo hacen."

Las compañías no deben obligar a los empleados a apoyar sus iniciativas.

El pasado viernes, mientras que otros trabajábamos duramente en la oficina, los 5.000 empleados de la National Trust estaban en casa cambiando bombillas y abonando sus jardines. La majestuosa organización encargada de la conservación del patrimonio decidió dar el 29 de febrero libre a todos sus empleados, y les dijo que lo dedicasen a hacer sus propios hogares algo más ecológicos.

A cada uno de ellos se le entregó un listado de actividades que podrían realizar: aislar la buhardilla; instalar un contador de agua; poner una botella en la cisterna del baño para ahorrar agua; reducir la temperatura del termostato, etc. Para asegurarse de que el personal estaba cumpliendo realmente con estas tareas -en lugar de ver la televisión y encargar pizzas- se les pidió que rellenasen un formulario explicando lo que habían hecho, y que sacaran fotos de sus esfuerzos para demostrarlo.

El esquema resulta algo maravilloso. La buena voluntad está presente por partida doble: primero, concediendo un día libre a los empleados, y después, consiguiendo que hicieran cosas que sabían que tenían que llevar a cabo pero para las que no habían encontrado tiempo. Los ánimos mejoran y el planeta se enfría en un porcentaje infinitesimal.

¿Cuántos trabajadores de la National Trust son necesarios para cambiar una bombilla? Bueno, si tenemos en cuenta que cada uno de ellos cambia una bombilla, esto se traduce en 5.000 bombillas de bajo consumo, lo que es mejor que nada. Sin embargo, cuanto más pienso en este gran día verde, más molesta me siento.

Me gusta la idea de disfrutar de un día libre los años bisiestos: dado que las compañías hacen su presupuesto en base a un año de 365 días, el 29 de febrero estamos trabajando, realmente, a cambio de nada. Lo que no me gusta es que me digan a qué tengo que dedicarlo. En especial, no me gusta la idea de que mi jefe tenga algo que ver con la organización de mi casa.

El estado de la cisterna de mi baño es algo que sólo me concierne a mí. De hecho, cualquier sugerencia sobre qué hacer fuera de mi horario laboral no es bien recibida. Recuerdo que hace algunos años, todos lo empleados del Financial Times recibimos una paga extra de 60 libras como reconocimiento a nuestro duro trabajo, y se nos dijo que usáramos ese dinero para llevar a nuestras parejas a cenar en agradecimiento por su paciencia. Incluso esto me molestó.

No me digáis en qué tengo que gastar mi dinero, pensé, y no deis por hecho que tengo pareja, y mucho menos que sea paciente. Si me place, me lo gastaré todo en botellas de Bacardi que me beberé yo sola. Pero, al menos, lo hicieron de forma amable y no se nos pidió que aportásemos las cuentas de los restaurantes al día siguiente o fotos con nuestras parejas sonriéndonos mutuamente en la mesa del restaurante.

Sin embargo, en la National Trust, el proceso podría ir aún más lejos. La organización benéfica busca formas de convertir la conformidad con los esquemas ecológicos en parte de su proceso de valoración. Esto podría implicar que la gente que simplemente haya cambiado una bombilla en casa podría ser ascendida de forma más lenta que aquellos que se aplicaron más e instalaron paneles solares.

Es posible que el objetivo final -consumir menos energía- sea admirable, pero los medios no lo son: no estamos en Corea del Norte. Sin embargo, la National Trust no es la única empresa en apoyar esta tendencia. Otras grandes compañías, especialmente bancos y particularmente en EEUU, presionan a sus empleados para que apoyen sus iniciativas benéficas y castigan a aquellos que no lo hacen. En la oficina hay espacio para la beneficencia, pero sólo cuando está estrechamente relacionada con la empresa.

Entonces sí es bueno animar al personal para que se una, pero sólo si desean hacerlo. Si no lo desean, también debería aceptarse. En el caso de la National Trust, me pregunto si la lucha contra el calentamiento global es absolutamente fundamental para su labor. En realidad, si la temperatura sube algún grado, esto animará a más turistas a visitar Reino Unido, y si el sol brilla, es posible que aún más viajeros recorran los alrededores de las casas y jardines británicos.

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