El paternalismo de las empresas japonesas con los trabajadores, que fue la piedra angular de su economía, ha entrado en crisis. The Economist explica que el antiguo salaryman nipón, que consagraba su vida a la empresa, ya no es un referente.

Cuando eran jóvenes se podían pasar la noche en la oficina, durmiendo sobre sus mesas; podían salir de copas con colegas y clientes después del trabajo, volviendo a casa bebidos a las tres de la madrugada para acostarse un rato y volver a la oficina; aceptaban empleos aburridos o destinos poco atractivos sin rechistar. Y todo lo hacían simplemente porque la compañía se lo pedía. Nunca se les pasó por la cabeza la idea de cambiar de empleo.

Así es como el salaryman se convirtió en la piedra angular del Japón moderno, un héroe de oficina que hizo resurgir a la segunda economía del planeta de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. En los últimos años, sin embargo, se ha ido convirtiendo en una figura anticuada, lo que tiene muchas implicaciones en un país en el que la empresa es la institución que domina la vida de los ciudadanos.

Los cambios en el mercado laboral empezaron en los noventa, cuando la recesión económica de Japón redujo enormemente los beneficios de las compañías. Los contratos temporales y parciales han ido sustituyendo a los viejos modelos de contratos indefinidos. Las empresas japonesas, presionadas por los competidores extranjeros, han ido adoptando nuevos modelos laborales más flexibles. Además, las fusiones y adquisiciones han empezado a ser más comunes, de modo que las compañías ya no pueden ofrecer todas las garantías de los antiguos contratos aunque quieran. Además, el trabajo ya no es el centro de la vida de los profesionales más jóvenes.

En el terreno de igualdad entre hombre y mujer, hay una incorporación progresiva de ellas en el mercado laboral. También hay cambios en la inmigración ya que llegan muchos más extranjeros para cubrir los puestos que los japoneses no quieren. Asimismo, está cambiando el rol de las personas mayores, ya que muchos pensionistas retornan al mercado laboral. Estos cambios traen consecuencias a nivel distributivo: aunque Japón es una de las sociedades más equitativas del mundo, ahora tiene un gran porcentaje de precariedad. Hay trabajo, pero la gente difícilmente llega a fin de mes y el poder adquisitivo real de los salarios ha caído un 10% en los últimos diez años.

El término salaryman se acuñó durante los años 20 para referirse a la nueva clase directiva que gestionó la industrialización y modernización del país. Con el tiempo, se convirtió en un ideal de trabajo para las clases medias tras la Segunda Guerra Mundial: llegar a ser salaryman en una gran corporación era señal de éxito y comportaba estabilidad durante toda la vida laboral. El sueldo era bajo durante los primeros años pero aumentaba progresiva y previsiblemente hasta la jubilación. La formación iba incluida en el empleo y la empresa cuidaba tanto del trabajador como de su familia. A cambio, el empleado consagraba su vida entera a la empresa. El joven recién salido de la universidad no escogía una profesión o un trabajo, escogía una compañía.

Una noche por la ciudad

El viejo salaryman se siente como el último de su especie pero no siente nostalgia por el pasado ni frustración ante el rechazo de los más jóvenes respecto a su forma de vida. Sin embargo, hablando entre ellos, se cuestionan si valió la pena hacer todos los sacrificios que hicieron y que les llevaron incluso a dejar de lado sus propios intereses.

Una noche en un gris barrio de Tokio, tres hombres de mediana edad hablan en la puerta de un bar mientras fuman y beben sake y recuerdan los años en los que fueron salarymen. Los tres empezaron a trabajar para la misma compañía hace treinta años y en sus chaquetas se puede ver una chapa con el mismo logotipo.

Uno de ellos, Akira, cuenta su historia: cuando contrajo matrimonio con su esposa, invitó a su jefe a la boda. En un brindis durante la celebración, éste le dijo a su mujer: “Tu marido es muy importante para la compañía, así que sé comprensiva si vuelve tarde a casa y cuida de él”. Todo el mundo asintió con la cabeza. A su esposa no le molestó el comentario, daba por hecho que formaba parte de su papel de ama de casa. Sin embargo, pronto empezó a ver que algo fallaba en aquél modo de vida. Cuando Akira volvía muy tarde a casa, muchas veces bebido, ella le esperaba levantada y se enfadaba, recriminándole que la cena ya estaba recogida y que el agua del baño se había enfriado. Con los años, Akira ha dejado de volver tan tarde pero sigue sin compartir las objeciones de su mujer. “En Japón entretener a los clientes de la empresa forma parte de tu trabajo”, se justifica Akira.

La jornada laboral de estos japoneses empieza pronto y acaba tarde. Nunca salen de la oficina antes que sus superiores porque se considera como una muestra de fidelidad. Además, un par de veces por semana el jefe puede salir de bares con sus empleados. Beber al salir de la oficina fue, durante mucho tiempo, parte de su trabajo e incluso iba incluido en el presupuesto de la empresa.

La falta de sueño es algo característico de la sociedad japonesa: no está mal visto dormir en público, tanto en trenes como en reuniones. Hay una especie de solidaridad entre los salarymen. Opinan que esa forma de vivir y trabajar repercute positivamente en el rendimiento y hace más fácil alcanzar consensos: la manera en la que se toman la mayor parte de decisiones empresariales en el país.

Pero todo tiene un precio. Hay una palabra en Japón, karoshi, que significa “muerte por exceso de trabajo”: se han disparado los casos de enfermedades mentales relacionadas con el trabajo y la tasa de suicidio japonesa está entre las más altas del mundo.

Los antiguos salarymen pueden apreciar ahora el cambio en la escala de valores de protagonizan los jóvenes. Incluso el gobierno está impulsando campañas para favorecer la conciliación de la vida laboral y familiar.

Un capitalismo más humano

El concepto de “trabajo para toda la vida” significaba estabilidad. Pero hoy en día este tipo de compromiso ha sido sustituido por contratos eventuales. Y cae en picado el viejo sistema salarial, basado en la antigüedad. El sueldo durante la mayor parte de la vida laboral no es muy elevado en Japón pero las diferencias entre el salario de los que cobran más y de los que cobran menos con la misma edad se sitúan como mucho en el 25%. Cuando llegan a los cincuenta años, el salario de los empleados aumenta considerablemente. Con la jubilación, a los sesenta (aunque la edad se amplía cada vez más hasta los sesenta y cinco), se recibe una compensación con una suma de dinero equivalente al triple del último salario anual. Hay una pensión de jubilación fija cada mes, cuyos costes son compartidos por la empresa y el estado.

Por un lado, puede considerarse que es un sistema práctico porque fomenta la solidaridad y la igualdad. Pero puede verse como ineficiente e injusto, ya que no se contemplan los incentivos individuales ni el rendimiento.

El sistema salarial hasta ahora había ido intrínsecamente relacionado con los gastos familiares, tratándose de adaptar a las necesidades que se tienen en cada etapa de la vida personal. Pero todo esto empieza a resquebrajarse.

Antes, la empresa facilitaba un sitio donde vivir para el empleado y su familia. Muchas veces, el trabajador sólo tenía que hacer frente a un tercio del alquiler y podía guardar sus ahorros en el banco corporativo de la empresa que le ofrecía el doble de intereses que los bancos convencionales. Las vacaciones se pasaban en complejos turísticos de la propia compañía. De ahí se explica otra peculiaridad de las grandes empresas japonesas: pueden llegar a tener más de mil compañías subsidiarias dedicadas a actividades como la hostelería o la propiedad inmobiliaria.

Qué pasa con las vacaciones

Las vacaciones son un asunto delicado en Japón. La mayoría de los salarymen se toman mucho menos tiempo de vacaciones del que les corresponde, como signo de devoción a la empresa. Las consecuencias de romper este tipo de pacto tácito pueden llegar a ser severas, incluso apartando al empleado de la posibilidad de ascensos o mejoras salariales. Un sinfín de normas sociales ata a los empleados a sus mesas de trabajo y el sistema retributivo basado en la antigüedad hace que cambiar de empleo salga muy caro. Hasta hace poco tiempo, las pensiones dependían de la empresa en su totalidad; no se hacían planes de pensiones individuales. Las empresas tampoco estaban preparadas para incorporar empleados de mediana edad, preferían cogerlos recién salidos de la universidad y quedárselos hasta la jubilación. Dejar un trabajo se consideraba como un acto de traición.

Actualmente, muchas cosas se están moviendo: existe una mayor voluntad de conciliar la vida laboral y personal y los empleados empiezan a disfrutar de todas las vacaciones que les corresponden. También empiezan a proliferar los cambios de puestos de trabajo.

A los salarymen les gusta recordar los enormes sacrificios que se vieron obligados a hacer, así como los abundantes beneficios que generaron. Pero ahora ambas cosas están decayendo. Hacia el 2030 se estima que cada dos trabajadores en activo tendrán que soportar a un pensionista. Pero los trabajadores temporales y los que trabajan a tiempo parcial, cobran un 40% menos que los trabajadores indefinidos y la mitad de ellos no cotiza en la Seguridad Social. Este panorama representa una bomba de relojería para el sistema fiscal japonés.

Japón cambia lentamente. En un tren a las afueras de Nagoya, en el centro del país, cinco compañeras de instituto hablan sobre sus vidas. Una de ellas, Chihiro, cuenta que su padre llega siempre a casa a medianoche y que, aunque ni a su madre ni a ella les parece bien, no cree que la cosa vaya a cambiar. Chihiro transige con la forma de actuar de su padre pero también afirma que no piensa aceptar ese comportamiento en el hombre con el que ella se case.

A Nobu, un salaryman que ronda la treintena, le gusta su trabajo pero tiene intención de crear su propia empresa algún día. Sus compañeros de trabajo más mayores asumieron hace décadas compromisos que él no está dispuesto a aceptar. “Después de 1945 nos quedamos sin nada, así que no había más remedio que trabajar todos juntos con un objetivo común. Pero esta forma de trabajar ahora ya no funciona. El sistema está oxidado”, explica Nobu.

Acceso a la noticia: http://www.economist.com/business/displaystory.cfm?story_id=10424391

*“Sayonara, salaryman”. The Economist, 03/01/2008. (Artículo consultado on line: 28/01/2008)

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