Un empleado estadounidense denuncia a su empresa por haberle aplicado la técnica de la simulación de ahogo en un ejercicio de motivación. También la acusa de quitar las sillas a sus empleados un día entero o dibujar bigotes a los empleados "negativos".

La fama cuesta, decía la señorita Grant de Fama. Y también las ventas. Eso es lo que debe de pensar Joshua Christopherson, supervisor de la empresa estadounidense Prosper en Provo (Utah), especializada en asesoramiento y formación en inversiones para nuevos empresarios y particulares con 500 empleados y clientes en 70 países. Christopherson y su empresa se enfrentan a una demanda presentada por un extrabajador, Chad Hudgens, que les acusa de haber sufrido en un ejercicio de motivación de grupo la técnica de la simulación de ahogo. Sí, la misma técnica que ha utilizado la CIA contra los detenidos en la guerra contra el terror en sus cárceles secretas, la que Amnistía Internacional considera tortura y la que la Casa Blanca insiste en que es vital para la seguridad de la nación.

Según ha publicado The Washington Post, el pasado mes de mayo Christopherson llevó a su equipo a una colina cercana para lo que calificó de un "ejercicio para hacer equipo". Allí pidió un voluntario y Hudgens levantó la mano, por confesión propia, para demostrar su "fidelidad". El trabajador entregó su móvil y las llaves a un compañero, se tendió en el césped, fue sujetado por otros trabajadores y Christopherson empezó a derramar agua en su rostro. "No podía gritar porque el agua caía por mi garganta", explica Hudgens en la demanda que ha presentado. "Pensaba que iba a ahogarme", añadió. La tortura duró unos 20 segundos. Al acabar, Christopherson dijo a su equipo: "Ya habéis visto cómo Chad luchaba duro por oxígeno. Ahora quiero que volváis ahí dentro y luchéis duro para hacer ventas".

Una tortura

A Hudgens le costó unas semanas enterarse --se lo dijo un amigo-- de que lo que había sufrido se llama simulación de ahogo y es considerado tortura por medio mundo. Se quejó, dejó su trabajo y presentó una demanda acusando a la empresa de haberlo "traumatizado física y psicológicamente". Christopherson fue suspendido de su trabajo durante dos semanas y regresó a su empleo tras una investigación interna. En su demanda, Hudgens denuncia que lo de la tortura no fue un caso aislado de su supervisor. Entre sus técnicas de motivación se incluyen quitar a los trabajadores las sillas durante un día entero, dibujar bigotes a los empleados "negativos" y golpear las sillas con un palo de madera.

"No somos la malvada compañía de la simulación de ahogo", se defiende George Brunt, consejero delegado de Prosper. La firma argumenta que Hudgens solo quiere ganar dinero a su costa, que sabía lo que iba a ocurrir cuando se presentó voluntario (él lo niega) y que Christopherson no sabía que estaba practicando una técnica de tortura. "Cuando conoces a Josh, te das cuentas de que es un buen tipo, sensible", dice Burnt. Y cultivado, amante de la filosofía. Según explicó a los ejecutivos, Christopherson no se inspiró en la CIA para su ejercicio, sino en Sócrates, de quien leyó que una vez hundió la cabeza de un pupilo en el agua para enseñarle la lección de que debía estudiar con el mismo empeño con que deseaba oxígeno.

"Puede que esto no fuera un problema si no llega a ser por Guantánamo", se queja Brunt.

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