Cuando el traslado se percibe como algo impuesto o no se ha negociado bien las condiciones, la productividad desciende. Los sindicatos apuntan que la escasa movilidad se debe a la cultura empresial y a las pocas facilidades que ofrecen las compañías.

Imagínese que, un buen día, le anuncian que su empresa se va a trasladar al otro extremo de la comarca, de la provincia o incluso del país. ¿Qué haría? ¿Se plantearía dejar la empresa? ¿Haría las maletas y se mudaría con toda la familia? Cada vez más trabajadores se encuentran ante esta encrucijada, y es que cada vez más compañías se ven obligadas a abandonar los grandes centros urbanos para ubicar sus fábricas u oficinas en zonas con más oferta de espacio y, especialmente, a un menor coste.

"En las grandes ciudades ya no hay proyectos de construcción ni rehabilitación de oficinas, al contrario, muchos edificios de este tipo se están desmantelando para dedicarlos a uso residencial u hotelero - explica Josep Maria Piqué, director de oficinas de Aguirre Newman Barcelona-. Cuando las empresas necesitan ampliar sus espacios tienen que deslocalizarse y trasladarse a las zonas periféricas".

En Barcelona, por ejemplo, casi el 59% de las oficinas que se construirán durante este año estarán ubicadas en localidades del área metropolitana como Sant Joan Despí, Esplugues, Cornellà, Sant Cugat o Viladecans. Algunas empresas que en los últimos años ya han ido trasladándose hacia estas zonas han sido Chupa Chups, una de las pioneras en cambiar el centro de Barcelona por Cornellà; Panasonic, que también ha apostado por esta localidad del Baix Llobregat, o Codorniu, que se fue a Esplugues. Pero en estas zonas el suelo tampoco es un bien abundante y, según Gustavo Cardozo, vicepresidente de Prologis, cuando las empresas requieren un espacio de cierta amplitud tienen que trasladarse más lejos, "a unos 60 u 80 kilómetros de las grandes ciudades, como ya está ocurriendo en la mayoría de las capitales europeas". En este sentido, Cardozo destaca que el corredor de Manresa y el eje de la AP2, por la zona del Penedès y hasta Valls son otros destinos en alza para empresas que se ven obligadas a abandonar las proximidades de Barcelona.

Aunque no es lo más frecuente, hay empresas que marchan aún más lejos. Es el caso de BBVA, que hace pocos meses anunció el traslado de sus oficinas centrales de Madrid a Málaga, o Bacardí, que el año pasado trasladó una fábrica ubicada en Málaga hacia Mollet del Vallès (Barcelona). "Cuando son cambios que conllevan un cambio de residencia para los trabajadores se produce un auténtico drama - explica Simón Rosado, responsable de acción sindical de CC. OO. de Catalunya-. La gran mayoría de los empleados opta por dejar el trabajo y esto las empresas ya lo saben de antemano, por eso cuando ofrecen un traslado de larga distancia lo que suelen estar planteando es una reducción de plantilla". Fue el caso de la fábrica de Bacardí en Málaga, donde los mayores de 51 años pudieron acogerse a prejubilaciones para evitar trasladarse a Mollet.

Alfonso Jiménez, socio director de Peoplematters, señala que a la hora de comunicar un traslado a los empleados la empresa debe intentar venderles la parte positiva del cambio, aunque reconoce que cuando una compañía plantea un traslado de larga distancia "ya suele tener claro que va a tener que desvincularse de gran parte de la plantilla y partir de cero en el nuevo destino".

Según Rosado, los únicos que suelen aceptar el traslado sin grandes problemas son los directivos, que tienen una cierta seguridad en la empresa y que con frecuencia disponen de billetes de avión a cargo de la empresa para volver a su ciudad de origen cada fin de semana, por lo que algunos ni siquiera se trasladan con la familia. "En el caso de las mujeres es más complicado - lamenta Rosado-, incluso en el caso de las directivas, ya que muy pocas se plantean separarse de sus hijos ni aunque sea para probar el nuevo destino durante un año y, si funciona, trasladar después al resto de la familia". Tener padres u otros familiares dependientes a cargo también dificulta la mudanza laboral.

Camil Ros, responsable de política sectorial de UGT, señala que la predominancia en España de las viviendas de propiedad dificulta aún más el traslado de los trabajadores, ya que pocos se animan a vender su piso y comprar uno en otra ciudad sin tener totalmente garantizado su futuro en la compañía. La escasez y los altos precios de las viviendas de alquiler tampoco contribuyen, aunque en algunos casos la empresa ofrece una ayuda para pagar el piso durante unos meses.

Manel Hernández, director de Sagardoy Abogados en Catalunya, explica que la empresa está obligada a comunicar con al menos 30 días de antelación el traslado, que debe obedecer a causas justificadas de tipo económico, organizativo o productivo. El Estatuto de los Trabajadores sólo reconoce compensaciones para los empleados si dicho traslado implica un cambio de residencia, aunque no establece un mínimo determinado de kilómetros. "Si el trabajador acepta el traslado, la empresa debe compensar los gastos que conlleve dicho traslado para él y su familia - explica Hernández-. Si el empleado no se quiere mudar tiene dos opciones: impugnar ante el juzgado el traslado o pedir la extinción de su contrato". En este último caso, al que suelen acogerse la mayoría de afectados, tendrían derecho a una indemnización de 20 días de sueldo por año trabajado, con un límite de 12 mensualidades.

Cuando el traslado de la compañía es de una cierta importancia pero no exige cambio de residencia, por ejemplo si se produce dentro de la provincia, la ley no obliga a la empresa a ofrecer ninguna compensación, aunque en la práctica suelen producirse conflictos que obligan a buscar pactos con la plantilla. Según Rosado, una de las principales demandas sindicales es pedir una reducción de la jornada laboral proporcional al tiempo de más que suponga a los empleados llegar a su puesto de trabajo. Así, si en la nueva ubicación el empleado tarda media hora más en llegar a la empresa, se intenta negociar que pueda entrar a trabajar media hora más tarde. Otra de las reivindicaciones más frecuentes está relacionada con la movilidad, ya que en muchos casos las empresas se trasladan a polígonos alejados de las ciudades donde no llega el transporte público. "En estos casos intentamos que la empresa facilite autocares a los trabajadores o que, en caso contrario, les compense en la nómina con una partida para la gasolina", explica Ros. Una vez más las mujeres suelen ser las más perjudicadas, ya que muchas no tienen coche y han de recurrir a los pactos con compañeros para desplazarse hasta la empresa.

"Está comprobado que cuando se produce un traslado de forma impuesta o en condiciones poco negociadas la productividad desciende", asegura Rosado. Además, cuando el traslado de la compañía implica un incremento notable del tiempo que precisa el empleado para llegar al trabajo, la motivación se ve afectada. "No llegas al trabajo con el mismo estado de ánimo si acabas de salir de tu casa o si llevas una hora conduciendo en un atasco o sufriendo las carencias del transporte público", advierte Ros.

Los sindicatos lamentan que se culpe a los trabajadores de falta de movilidad geográfica que hay en el mercado laboral español, en comparación con otros países europeos. "Lo que falla no es la cultura del trabajador - lamenta Rosado-, sino la de la empresa y las escasas facilidades que ofrece a sus empleados".


ENTREVISTA

"Fue un gran cambio para toda la familia"

TRABAJADOR TRASLADADO Vivía y trabajaba en Badalona hasta que su empresa, Llamas, se trasladó a Celrà (Girona). Él hizo las maletas y se fue detrás, junto a su mujer y su hijo

¿Por qué se mudó con la empresa?

Cuando Llamas se trasladó a Celrà la mitad de la plantilla optó por continuar yendo y viniendo cada día a trabajar desde Badalona en autobús. Yo lo probé unas semanas pero suponía una gran pérdida de tiempo, porque entre los viajes y la jornada laboral en sí me pasaba 12 horas fuera de casa. Además, en aquella época trabajaba a turnos y las semanas que entraba a trabajar a las 6 tenía que levantarme a las 4 de la mañana. Tampoco pensé en dejar el trabajo porque ya llevaba muchos años, era lo que sabía hacer y tenía un buen sueldo.

¿Recibieron alguna compensación por parte de la empresa?

Nos dieron un plus de 24.000 euros por el traslado, prorrateado a lo largo de 9 años, y asumieron el coste de la mudanza.

¿Le fue difícil tomar la decisión?

No demasiado, porque Badalona se estaba llenando de gente y a mí siempre me habían gustado las ciudades tranquilas. Así que vendimos el piso y compramos uno en construcción en Cassà de la Selva, y mientras lo acababan estuvimos de alquiler.

¿Qué tal llevó el cambio su familia?

Lo más difícil fue encontrar colegio para mi hijo, que entonces tenía 13 años, a mitad de curso. Sin embargo, se adaptó bastante bien porque es un chico muy abierto y no le costó hacer amigos de nuevo. Mi mujer dejó el trabajo que tenía en Badalona y estuvo un tiempo sin trabajar, por decisión propia. Al principio se sentía un poco sola pero ya se ha adaptado. No nos arrepentimos del cambio.


Un traslado con privilegios

A finales del 2004 el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, en cumplimiento de su promesa electoral de descentralizar la Administración, aprobó el traslado a Barcelona de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones (CMT), hasta entonces con sede en Madrid y con una plantilla de 135 personas. Los trabajadores protagonizaron diversas manifestaciones y recurrieron la decisión ante los tribunales, pero no consiguieron evitar el traslado. Eso sí, lograron unas condiciones muy especiales: a los empleados que no quisieran mudarse a Barcelona se les facilitó la recolocación en otros organismos públicos dependientes del Ministerio de Industria. Así, no es de extrañar que el 60% de la plantilla optase por quedarse en Madrid. Según la CMT, entre el 40% restante que sí aceptó mudarse "hay gente de todo tipo", desde jóvenes solteros hasta familias con niños. La Comisión facilitó una ayuda económica para el traslado y les garantizó la permanencia en un puesto del mismo nivel.

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