La desordenada vuelta a la oficina en los lujosos rascacielos de Manhattan ha desatado un caos protocolario en el que nadie sabe qué etiqueta rige en cada momento. La corbata y los tacones ya no reinan en la oficina, pero tenerlos a mano es imperativo ante una emergencia de estilismo.

Es temporada de resultados y road shows con analistas en Wall Street. La semana pasada, fue el turno de una de las muchas empresas industriales de alta tecnología que cotiza en el Nasdaq. En la invitación, no se sugería dress code. Máxima libertad. La directora de comunicación incluso avisó a la prensa de que casi todos los empleados asistirían vestidos con sudaderas corporativas, por aquello de fomentar el orgullo de pertenencia.

Cierto es que la mayoría llegó vestida de manera informal, pero salvo ella y el director de recursos humanos, ninguno apareció con la ropa del gimnasio. Mientras, llegaban los analistas de UBS, Rothschild, JPMorgan o Goldman Sachs. Traje, corbata, vestido de cóctel, tacón... Hasta la pandemia, la etiqueta formal siempre había sido territorio seguro en Wall Street.

La directora de comunicación y su colega de RRHH se esfumaron con discreción. Dos minutos después, y antes de que empezara la presentación, cada uno volvía a ocupar su lugar perfectamente vestido para la ocasión. La fatídica sudadera era historia.

La tarde daría para más sobresaltos de protocolo. El consejero delegado hizo acto de presencia luciendo vaqueros, camisa y chaqueta. Por carísimo que fuera el atuendo, ni siquiera cumplía los mínimos para considerarse business casual.

Para los invitados, ¡esa fue la señal! Aprendices de prestidigitadores y magos de la discreción, las corbatas desaparecieron en cuestión de segundos. Los tacones resistieron media hora más, hasta el inicio del cóctel. Pero tampoco hubo piedad y acabaron desterrados y sustituidos por opciones mucho más cómodas sin que a nadie le pareciera un atentado contra el protocolo y el buen gusto.

En Wall Street, salvo el black tie, que resiste agazapado en la sombra reservado para ocasiones realmente especiales y elitistas, los códigos de vestir han sucumbido tras la pandemia a una suerte de caos en el que es tan difícil acertar como fácil equivocarse.

Ni la corbata ni los tacones han muerto en Wall Street. ¡Qué más quisiéramos algunos! Pero ya no son la apuesta segura que eran antes. Las nuevas generaciones, y las que no lo son tanto, no aspiran a seguir trabajando en pijama, pero protagonizan su particular revolución contra viejos paradigmas de las etiquetas corporativas: ni hace falta llevar un lazo de seda al cuello para ser más productivos ni llega más oxígeno al cerebro por andar 10 centímetros por encima de nuestra estatura. Las videollamadas han evidenciado que una corbata o unos tacones no son sinónimo de empoderamiento y los códigos de vestir no son inmutables.

La flexibilidad se impone en la vuelta a la oficina en Manhattan. Y eso incluye el uniforme de trabajo. La posibilidad de ir cómodo es una de las grandes concesiones que han hecho las empresas para convencer a sus empleados de que abandonen definitivamente sus hogares y vuelvan a dedicar dos horas diarias a viajar en un transporte público masificado para llenar los rascacielos de la Gran Manzana.

Pero como en toda revolución, el caos reina mientras conviven viejas y nuevas costumbres. En la banca de inversión y los grandes fondos, el business casual ha pasado de ser una etiqueta reservada para los viernes a ser la norma generalizada. En otros sectores incluso se ha relajado más. La abogacía de negocios se encuentra en el otro extremo, entre los más inflexibles. Pero incluso entre este colectivo ya hay socios que predican con el ejemplo y han guardado la corbata en el cajón. Eso sí, bien a mano por si surge algún contratiempo.

De hecho, contar con un kit de emergencia es clave para sobrevivir en este nuevo mundo, donde las fronteras entre las etiquetas se desdibujan. El último grito en Wall Street es hacer un Superman. A falta de cabinas telefónicas (Manhattan retiró la última de sus calles este año), es imperativo estar preparado para encajar en cualquier acto en tiempo récord.

Es un pacto tácito. Se puede ir cómodo a la oficina, pero cada uno es responsable de tener a mano todo lo necesario para un cambio de urgencia en menos de dos minutos. Más formal o menos en función de la reunión. Velocidad y proporcionalidad son la clave en todo Superman bien ejecutado. En la nueva normalidad, está tan mal visto no llegar como pasarse de frenada. Y empieza a ser habitual ver a consejeros delegados y presidentes de grandes compañías en vaqueros y mangas de camisa, al más puro estilo Pedro Sánchez.

Por eso, para evitar confusiones y problemas, no hay invitación, ni siquiera para tomar un café, que no venga acompañada de alguna pista sobre cómo hay que acudir a la cita. El más habitual: "Dress code: chaqueta, NO corbata".


Acceso a la noticia: https://www.expansion.com/directivos/2022/10/29/6359a432468aeba4578b465b.html

  

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