Los EEUU sufren escasez de mano de obra y ante esta situación hay quien propone fórmulas laborales más flexibles para evitar que los trabajadores de más edad abandonen el mercado laboral por completo cuando llega la edad de jubilación. Para entender mejor este tipo de propuestas, Bloomberg.com revisa cómo ha sido la relación histórica de los trabajadores seniors con la jubilación en la sociedad norteamericana desde el siglo XIX.

Expulsar a las personas mayores del lugar de trabajo fue una solución del siglo pasado para dejar paso a unos trabajadores jóvenes "fuertes y diligentes". Y ahora el país lo está pagando.

La escasez de ahorros para la jubilación ha sido ampliamente considerada como una crisis de nuestro tiempo. Es posible. La historia de la relación entre la vejez y el trabajo revela un panorama más complicado, que pone en tela de juicio la idea de que la jubilación sea necesaria y deseable. Resulta que el concepto moderno de jubilación, lejos de reflejar un deseo de dar un respiro a los mayores, fue el producto de algo más insidioso: la discriminación por edad.

Hace casi dos siglos, el lexicógrafo Noah Webster definía "retirarse" y "jubilación" como una forma de recogerse: retirarse por la noche, por ejemplo, o retirarse de la vida pública. Pero ¿jubilarse para dedicarse a las aficiones y pasar más tiempo con los nietos mientras se vive de los ahorros de toda una vida invertidos en acciones y bonos? Eso no lo contemplaba.

En la época de Webster, el 70% de los hombres blancos mayores de 65 años trabajaban para vivir. Las tasas oficiales de las mujeres eran más bajas, pero probablemente sólo porque su trabajo -que a menudo tenía lugar dentro del hogar- no se contabilizaba de la misma manera. En realidad, las mujeres no se "jubilaban" más que los hombres.

La mentalidad de trabajar hasta morir era una necesidad, sobre todo en las duras granjas familiares donde la mayoría de los estadounidenses aún vivían y trabajaban en aquella época. Los historiadores también han argumentado que reflejaba el respeto por los ancianos, que acumulaban conocimientos útiles sobre la agricultura a lo largo de su vida.

Las pequeñas empresas industriales que empezaban a transformar la economía del país en pleno siglo XIX también empleaban a personas mayores, pero por razones diferentes. Estas empresas solían depender de las conexiones familiares y comunitarias para contratar y retener a los trabajadores. Poner a trabajar a parientes mayores ayudaría a contratar también a trabajadores de la misma familia más jóvenes.

Las fábricas crecían cada vez más, pero los jefes mantenían en nómina a los trabajadores de edad avanzada. Algunos lo hacían por compasión, pero otros creían que los empleados más mayores eran más conservadores y menos propensos a sucumbir al radicalismo y a las huelgas. También se les podía emplear como "esquiroles" en épocas de agitación laboral.

Sin embargo, a partir de la década de 1890, los hombres de más de 65 años empezaron a "retirarse" de la población activa. Podría decirse que este cambio comenzó cuando los sindicatos y los progresistas de finales del siglo XIX presionaron para reducir la duración de la jornada laboral, que a menudo duraba entre 10 y 12 horas. Exigieron una jornada de ocho horas y, finalmente, una semana laboral de cinco días.

A medida que los reformistas iban avanzando, las empresas eran cada vez más sensibles a los problemas de productividad: necesitaban entonces producir la misma cantidad que antes, pero con muchas menos horas. Las ineficacias que antes podían ser aceptables se volvieron intolerables.

Esto supuso un problema para los trabajadores de más edad. Como explica el historiador William Graebner, "las organizaciones, que no podían trasladar sus costes a los consumidores ni reducir los salarios, trataron de reducir los gastos de explotación" eliminando a los empleados menos eficientes. La mayoría de empresas, convencidas de que la productividad disminuía con la edad, se centraron en los mayores.

Esta evolución fue acompañada de un importante cambio de actitud hacia los mayores. Un número creciente de médicos, economistas y defensores de la "gestión científica" empezaron a despreciar a las personas de mayor edad como si fueran granos de arena en el engranaje del progreso, aunque rara vez ofrecían pruebas objetivas para respaldar sus afirmaciones.

Un habitual de la nueva ortodoxia fue el médico de la Universidad Johns Hopkins, Willian Osler, que pronunció un discurso muy leído e interminablemente citado en el que describía la "inutilidad comparativa de los hombres de más de cuarenta años", y la inequívoca "inutilidad de los hombres de más de sesenta años", argumentando que a estos últimos no se les debería permitir trabajar más allá de ese punto.

Esa creencia creó dos grandes problemas que se extendieron por toda la sociedad estadounidense. El primero era que los trabajadores de más edad no querían dejar su trabajo. Puede que algunos simplemente temieran la pobreza, pero no pocos trabajadores expresaron su malestar por el hecho de que, al abandonar su vocación, estarían renunciando a la vida misma.

El segundo problema fue que estas jubilaciones crearon una clase creciente de ancianos indigentes que se convirtieron esencialmente en tutelados por el Estado. En 1912, el primer estudio completo del problema, "Old Age Dependency in the United States", de Lee Squier, puso el foco de atención sobre la cuestión.

Aunque algunas empresas y organizaciones públicas ofrecían pensiones para mantener a los trabajadores en su vejez, muchas otras no lo hacían, limitándose a despedir a los empleados a los 60 o 65 años. La pobreza de los trabajadores agotados, que ya era un problema grave en los años 20, se convirtió en una crisis total en los años 30.

Muchos relatos sobre la Seguridad Social presentan el programa del New Deal como la piedra angular de un nuevo enfoque más humanitario hacia la vejez. Pero sus orígenes sugieren que hubo otras motivaciones.

Barbara Armstrong, una de las primeras profesoras mujeres de Derecho del país, ayudó a redactar las disposiciones clave. Más tarde recordó cómo el Presidente Franklin Roosevelt, deseoso de reducir la tasa de desempleo obstinadamente alta entre los jóvenes de la nación, aprovechó la jubilación como una forma de lograr dicho fin. "El interés del Sr. Roosevelt estaba en los jóvenes,” recordó Armstrong más tarde.

El debate en el Congreso reflejó ese sesgo. El senador Robert Wagner argumentó que el nuevo programa proporcionaría un incentivo a la jubilación de los trabajadores de más edad que "mejoraría los estándares de eficiencia y crearía nuevas plazas para los fuertes y diligentes...” Las inusuales estipulaciones de la Seguridad Social -prestaciones de vejez a cambio de una salida total del mercado laboral- reflejaban dicho sesgo.

Expulsar a los trabajadores de más edad de sus puestos de trabajo para ofrecer nuevas oportunidades a la siguiente generación se convirtió en un dogma tácito en la época de la posguerra. El crecimiento de las pensiones privadas, que complementaron a la Seguridad Social, hizo que la jubilación fuera cada vez más fácil de vender como una nueva y deseable etapa de la vida.

A medida que los estadounidenses interiorizaban la idea de la jubilación, perdían de vista sus problemáticos orígenes. Esta amnesia hizo difícil imaginar alternativas a la jubilación que no implicaran una separación total del lugar de trabajo, como el trabajo a tiempo parcial u otros acuerdos flexibles.

Y ahora eso deja a Estados Unidos en una posición cada vez más insostenible, ya que se enfrenta a una persistente escasez de mano de obra, con la tasa de participación en la fuerza de trabajo de las personas mayores de 65 años estancada en el 23%. De hecho, muchos de los puestos de trabajo no cubiertos pertenecen a profesiones que probablemente seguirán teniendo una gran demanda incluso en una recesión: los maestros, por ejemplo.

Existe una solución. Una mayor aceptación de la jubilación flexible o "escalonada" permitiría a los trabajadores de más edad mantener unos ingresos mientras siguen pudiendo dedicar más tiempo al ocio. Este planteamiento puede ayudar a aliviar la escasez de trabajadores y también puede disminuir la carga de la red de la Seguridad Social al mantener a muchos mayores comprometidos y activos.

Las empresas y los organismos públicos deberían esforzarse más en ampliar esas oportunidades de tiempo parcial a sus trabajadores de más edad, en lugar de pensar que la jubilación es una etapa de la vida en la que todo está perdido. Debemos dejar atrás una estrategia que pretende resolver los problemas económicos de 100 años antes. Ya no es lo que necesita la nación, ni lo que quieren muchos trabajadores mayores.


Mihm, Stephen. "Ready to Work Until You Die? America Needs You". Bloomberg.com, 08/09/2022 (Artículo consultado online el 24/09/2022).

Acceso a la noticia: https://www.bloomberg.com/opinion/articles/2022-09-08/ready-to-work-until-you-die-america-needs-you?srnd=opinion-economics

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