Las personas paradas padecen altos niveles de estrés. Enfrentadas bruscamente a un cambio severo en sus vidas, necesitan un tiempo para adaptarse a la nueva situación y viven un duro viaje en busca de la identidad y la autoestima perdidas.

Las personas paradas padecen altos niveles de estrés, según los expertos. Enfrentadas bruscamente a un cambio severo en sus vidas, necesitan un tiempo para adaptarse a la nueva situación. Y viven un duro viaje en busca de la identidad y la autoestima perdidas.

"Cuando te notifican el despido te quedas paralizada.No te lo esperas, eres incapaz de preguntar y estás dándole vueltas al porqué durante unas semanas. Francamente, te sientes fracasada. Tengo 42 años y empecé a trabajar a los 19. La crisis del 93 ni me rozó, pero esta me ha dado de lleno. He desarrollado una buena carrera, tengo un buen currículum, una buena casa y una familia estupenda. Lo más difícil fue explicar a mis hijos que estoy en el paro". Como Laura, y tras el shock inicial del despido, la persona que se enfrenta al desempleo experimenta perplejidad, confusión y fracaso, una sensación de bloqueo que le impide avanzar; ni siquiera es capaz de pensar en el futuro o en la búsqueda de un nuevo trabajo.

El camino que conduce de nuevo a la estabilidad emocional puede resultar difícil y su duración es variable. La buena noticia es que, poco a poco, la autoestima se recupera, empezamos a reandar lo andado y encontramos nuestro lugar en el nuevo orden de las cosas. Como afi rma María José Poza, psicóloga, consultora y directora de Staff Consultants Recursos Humanos, "el objetivo es buscar un espacio positivo en aquello que parece un agujero negro sin salida. Todo tiene salida". Y en ese camino, uno de los aspectos más importantes consiste en no culpabilizarse de la situación, porque en la mayoría de los casos son agentes externos a nosotros los que provocan el desempleo (crisis económica, jefes tóxicos, mala gestión empresarial…). Superados los sentimientos de culpa y de fracaso personal, y recuperada la autoestima, se abren nuevas expectativas que permiten disfrutar de un renovado espacio laboral.

Una historia detrás de las cifras. En España, más de dos millones de personas viven los lunes al sol. "Somos los 2.530.001 parados que registraron las ofi cinas del Instituto Nacional de Empleo (Inem) en septiembre", afi rma Laura. Esta cifra supone un incremento del 4,2% con respecto al mes anterior. Los hombres son los más perjudicados (76.089) y las mujeres sumaron la cifra de 26.996. En el último año el repunte del paro ha afectado a 501.705 trabajadores.

Casi todos ellos están experimentando las mismas angustias, agudizadas por la crisis que vive nuestro país y que no deja lugar al optimismo. Una crisis que durará, según las cifras del Gobierno, la patronal y los sindicatos, unos dos años, algo más en el sector de la construcción. Las previsiones dibujan un panorama poco halagüeño: la tasa de desempleo se situará en el 2008 en torno al 11%, mientras que en el 2009 podría alcanzar entre el 12,5% y el 15%. España e Irlanda serán los países europeos en los que más crecerá el paro.

Tras las cifras oficiales se esconden personas con nombres y apellidos, historias cotidianas y sentimientos no siempre conocidos y comprendidos. Los expertos afi rman que los parados - junto a los adictos al trabajo- son los que más estrés padecen. "Ser un parado no es disfrutar de unas vacaciones pagadas por el Estado, en contra de la opinión de algunos", explica Laura. La mera noticia del despido ya provoca importantes cambios psicológicos. Y el miedo es el gran protagonista. "Miedo a no encontrar otro empleo, miedo a no poder asumir las responsabilidades económicas, miedo al fracaso personal", susurra. Toda esa angustia se traduce, en la mayoría de los casos, en pesimismo, apatía, irritabilidad y baja autoestima. La persona desempleada puede enfrentarse, además, a determinados problemas derivados de sus propios miedos: falta de concentración, pérdida de memoria o sentimientos de torpeza. Un estado psicológico al que, en casos extremos, se añaden problemas de salud: hipertensión, gastritis, insomnio, dolor de cabeza o lumbar, fatiga crónica, etcétera.

El apoyo de la familia y los amigos. Los psicólogos coinciden en que esta situación puede provocar confl ictos en las relaciones familiares y sociales. La visión que tiene la persona parada de no aportar el sueldo mensual es fuente de tensiones familiares. Los miembros de la familia acaban viéndolo como "alguien que tiene un problema" y pueden asumirlo como propio. Incluso con buena voluntad, convierten al desempleado en "chico para todo". Para que no se sienta mal y ocupe su tiempo, le piden que les haga la compra, que les traslade un sofá o que les concierte cita en el médico. "Sé que lo hacen de buena fe, pero yo necesito mi tiempo, sobre todo para pensar en lo que me ha pasado. Intento sacar algo bueno de todo esto, darle la vuelta a la tortilla para que no se me queme", explica Laura. Y es que la disponibilidad de tiempo provoca que los demás invadan su espacio; un espacio que, según María José Poza, tiene que dedicarse a buscar trabajo, a reciclarse, a aprender inglés o a actualizar los conocimientos sobre internet. "Estar en el paro no es sinónimo de estar parado", afi rma la psicóloga. El desempleo puede ser una gran oportunidad para hacer otras cosas, para reflexionar, para interrogarnos sobre si lo que hacemos nos satisface, para acabar estudios incompletos y, sobre todo, para buscar un nuevo camino que nos haga tan o más felices que antes.

Por otra parte, en una sociedad en la que el trabajo nos hace sentir parte del grupo, nos da estatus e identidad, perderlo supone la ruptura de los contactos sociales, la pérdida de los amigos relacionados con el puesto de trabajo. "Es una sensación terrible. El móvil deja de sonar, el correo electrónico está vacío y nadie tiene tiempo para tomar un café. Es como si, de pronto, te hubieras convertido en el hombre invisible", comenta Laura. La persona parada se siente rechazada, percibe su situación como una degradación social y se avergüenza. Sólo el apoyo social, en positivo, le dará armas para salir del aislamiento, porque son las personas que se creen sin respaldo las más reacias a buscar un nuevo empleo y las que experimentan una mayor depresión. La ayuda de la familia y los amigos, generosa y desinteresada, le permitirá sentirse parte del grupo. Se percibirá como madre, padre, hijo, amigo, esposo, no como parado. Sentir que forma parte del grupo le ayudará a salir adelante.

Reaccionar ante una nueva etapa. Ante la situación de cambio que provoca el desempleo no todos somos iguales. Nuestras experiencias anteriores marcarán la reacción ante este y el tiempo que nos llevará adecuarnos a esta nueva etapa. Sin embargo, los expertos afi rman que, en líneas generales, se puede decir que la persona que se enfrenta al desempleo atraviesa varias fases que le conducirán, con el tiempo, a la racionalización y aceptación de la nueva situación: el paso más importante para encontrar su nuevo espacio. En un primer momento, el parado experimenta una reacción de shock. Ante la noticia del despido siente confusión. Está desorientado y perplejo.

Después aparece un sentimiento de optimismo irreal, una ligera recuperación en la que se tiene la impresión de estar de vacaciones. El desempleado ve la situación como algo temporal. Es cuando dedica su tiempo a hacer todo aquello para lo que no había tenido tiempo: "Ordené todos los armarios de casa. Creo que nunca los había tenido así. Fui al dentista, al que no visitaba desde hacía dos años. Paseé por una Barcelona que ya era casi una desconocida, aunque nací en ella. Leí el diario sentada en una terraza, fui al cine a ver varias películas de estreno y hasta me compré algún que otro capricho", sonríe Laura.

Más adelante, asalta el temor a estar sin trabajo. Ya no se está de vacaciones y cobran especial relevancia sentimientos como la ira, la frustración, la inseguridad. Además, suele ser en esta fase cuando se inician las primeras gestiones para buscar empleo y pueden aparecer los primeros fracasos, que provocan pesimismo, ansiedad, melancolía e irritabilidad. "Mis dos primeras entrevistas de trabajo fueron antes del verano. Tenía grandes esperanzas, pero la crisis me cerró las puertas. O eso fue lo que me dijeron antes de darme el no", se lamenta Laura.

Para superar esta etapa de depresión es fundamental contar con el apoyo de los que te rodean. Gracias a él, la persona parada racionalizará la situación y la aceptará como lo que es: una nueva etapa en la que debe encontrar su propio espacio. El paso del tiempo, además, será su aliado: sólo es cuestión de semanas o de meses. "Aunque tópico, el transcurrir de los días te ayuda a positivizar lo que a priori es el aspecto más negativo de tu vida. Ahora vuelvo a elaborar planes de futuro. Me siento dispuesta a empezar de nuevo. Tengo un plan A, pero mi cabeza le da vueltas al plan B por si acaso", manifi esta Laura. Volver a estar en forma y con fuerzas para continuar es el resultado de la última fase, la que conduce a recuperar la autoestima y a afrontar el futuro con optimismo.

Un futuro en el que muchas cosas habrán cambiado. Laura ya no será la misma. Varios meses de desempleo le habrán dado otra visión más madura, más fuerte, sobre el trabajo y las relaciones laborales. Y el mercado también habrá experimentado cambios. La crisis de 1993 dejó tras de sí una legión de autónomos que entonces fueron vistos como los grandes perjudicados; hoy, muchos son envidiados por ser sus propios jefes y exigen a la Administración constantes mejoras en su régimen laboral. Es posible, según los expertos, que la crisis del 2008 dé paso a una mayor movilidad de los trabajadores y a jornadas que nos permitan, cada vez más, conciliar la vida laboral con la familiar. Las altas tasas de desempleo sólo dejarán heridos capaces de recuperarse y de adaptarse a las nuevas circunstancias, como en 1993, como siempre.

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