Tras la pausa obligada del confinamiento, regresa el vértigo a la agenda en blanco. Tenemos la necesidad de llenar nuestro tiempo de ocupaciones, actividades y compromisos. Es lo que se conoce como síndrome de la vida ocupada. Sin embargo, cabe tener en cuenta que la hiperestimulación pasa factura en términos cognitivos.  

Nos quejamos permanentemente de falta de tiempo, anhelamos más tiempo libre y, cuando lo tenemos, lo usamos para llenarlo de más ocupaciones, de actividades y de compromisos que, finalmente, nos hacen anhelar más tiempo para descansar. Y así sucesivamente... 

Lo llaman síndrome de la vida ocupada y en el mundo prepandémico estaba generalizado. Pero llegó la covid y el confinamiento dinamitó las agendas. La pausa obligada forzó a muchas personas a experimentar la inacción o a buscar otros estímulos y ocupaciones más sosegadas. Y hubo quien pensó que eso sería un punto de inflexión que pondría fin a ese estilo de vida ajetreado y en constante actividad cuando se volviera a la normalidad.

Pero no fue así. El confinamiento fue solo un paréntesis y en el regreso a la normalidad transpandémica hemos ido recuperando la vida acelerada y exigente, volvemos a llenar las agendas y a quejarnos de falta de tiempo.

“Es una paradoja; la digitalización y la pandemia nos han dado más tiempo, porque se han agilizado tareas y se evitan desplazamientos, y siempre estamos requiriendo más tiempo libre pero, cuando lo tenemos, lo ocupamos con todo tipo de tareas con tal de no tener un tiempo blanco, liso, sin ocupación”, asegura Francesc Torralba, filósofo y director de la cátedra Ethos de la Universidad Ramon Llull (URL).

¿Por qué? ¿Para qué nos mantenemos constantemente ocupados?

Razones sociológicas

“Llenarnos de actividades y ejecutarlas más o menos bien es estresante pero también gratificante: ahuyenta el aburrimiento y aporta sensación de actividad, vitalidad y eficacia; muchas personas encuentran en su trabajo, en sus hobbies y en su vida social un mecanismo para sentir que sus vidas son útiles al estar llenas de cosas y actividades; les da un sentido”, afirma Rafael San Román, psicólogo de la plataforma ifeel.

Torralba apunta que, “en el sistema que vivimos, el tecnocapitalismo, el tiempo es un bien intangible de primer orden y nos han adiestrado para utilizarlo para producir o para consumir; ocupar el tiempo es leído positivamente, se vincula a rendir, a usarlo de forma rentable, y cuando uno se sale de ese guion experimenta culpabilidad, siente un dedo acusador que señala ‘usted pierde el tiempo’”.También San Román cree que el llenar las agendas “tiene que ver con una sociedad orientada a la acción, la producción y el consumo, donde hay un desprestigio de la inacción, donde aburrirse es algo malo, algo a evitar”. 
Y recuerda que a los niños, desde pequeños, “se les entrena a tener agendas muy llenas, en parte por necesidad de los padres, y se les transmite que lo prestigioso es estar en mil fregados, ser muy creativos, realizar muchas actividades... mientras que no hacer nada se asocia a vagancia y falta de aspiraciones”.

La explicación psicológica

Pero junto a estas razones socioeconómicas, el síndrome de la vida ocupada también tiene una explicación psicológica. “En última instancia, es un mecanismo de defensa para no conectar internamente y ocuparnos de otros aspectos de nuestra vida; la soledad, el silencio, la inactividad... pueden resultar amenazantes y desagradables para muchas personas porque, cuando los ruidos exteriores se detienen, afloran pensamientos, conflictos o sensaciones con los que no estamos del todo cómodos”, apunta San Román.

“La finalidad es no dejar ni un intersticio de tiempo libre ocioso porque la agenda en blanco genera temor y temblor, produce vértigo porque induce a preguntas como ¿qué hago con mi vida? ¿Qué sentido tiene lo que estoy haciendo? ¿Me llena? Y esa pregunta existencial, que nos atenaza e inquieta, es lo que queremos evitar a toda costa, ya sea produciendo o consumiendo productos, experiencias o series de vidas ajenas para no fijarnos en la propia; la cosa es ocuparse y distraerse permanentemente”, expone Torralba.

San Román precisa que esa hiperactividad es útil y necesaria cuando necesitamos evadirnos de los problemas “pero cuando se exacerba se convierte en un estilo de vida evitativo y agotador, y tiene un efecto rebote, porque cuando se produce un vacío y no queda más escapatoria que conectar, se vive como un abismo”.

Asegura que es importante diferenciar entre una sana proactividad, creatividad y curiosidad por la vida, de un estilo de vida centrado en acumular experiencias. “No hay que aburrirse por aburrirse, pero hay gente que vive con el narcisismo de acumular experiencias, enlazando una con otra pero sin vivirlas y disfrutarlas; no pasa nada por “perder” una tarde, emplear tiempo en no hacer nada no es perder el tiempo”, remarca el psicólogo.


“Es la nueva religión, la norma moral tecnocapitalista”

Francesc Torralba critica la presión social para producir o consumir sin descanso

“Es una nueva religión, el dogma de la hiperproductividad y el hiperconsumismo ligados a la sociedad tecnocapitalista”. Así interpreta el filósofo y teólogo Francesc Torralba el síndrome de la vida ocupada, esa paradoja de requerir siempre más tiempo libre e, indefectiblemente, ocuparlo con alguna tarea.Y subraya que, como toda religión, esta tiene sus normas, sus transgresores, sus templos, su calendario litúrgico...

“Cuando uno se para, medita, no hace mil y una actividades, siente culpabilidad por perder el tiempo, que es el gran pecado; y también son transgresores de la norma y pecadores quienes deciden vivir con tres camisas y dos pares de zapatos y no los renuevan constantemente pudiendo hacerlo; eso es antisistema”, comenta el filósofo.Y continúa detallando aspectos de esta religión de sustitución: “Los centros comerciales son los grandes templos para celebrar el consumismo y tienen su calendario litúrgico: el Black Friday, las navidades, las rebajas... Y también existen rutinas y referentes, como los influencers, el arquetipo al que se aspira...”

A ello se suman, dice Torralba, sistemas de adoctrinamiento “que inculcan máximas como `prohibido ser niño’, ‘prohibido estar tirado en la alfombra jugando con un tren tres horas’, ‘prohibido quedarse mirando las nubes`... “Sabemos que el juego es clave en el desarrollo del niño y que perder el tiempo es la ocasión para empezar a imaginar; sin embargo, decidimos que el niño no se puede aburrir, que hay que estimularlo y tenemos niños con agendas de ministro, imposibles, sin espacio para perder nunca el tiempo”, enfatiza el director de la càtedra Ethos de la Universitat Ramon Llull (URL),Y añade: “Todo eso forma parte del adoctrinamiento: tienes que producir tienes que prepararte para producir mucho y con poco tiempo; has de aprender más rápido que los demás, porque la lentitud es un contravalor, está mal vista”.

Como estos mensajes calan, y cada vez a edades más tempranas, la alternativa no es fácil. “El factor grupal tiene muchísimo peso; los padres no quieren que su hijo sea menos que los otros ni el friki del grupo, así que las experiencias alternativas a esta hipercompetitividad, las experiencias de carácter cooperativista, suenan trasnochadas, extrañas, marginales; son minoritarias y has de tener mucha audacia para transgredir lo que es norma”, admite Torralba.


Por otra parte, ocupar todo el tiempo tiene su coste. Un coste alto en términos de salud (física y psicológica) y también de la tan ansiada productividad. 

Los costes de una vida en ajetreo constante

Los médicos del CPS Research que acuñaron la etiqueta “síndrome de vida ocupada” lo hicieron para explicar el deterioro cognitivo, en términos de problemas de concentración y de memoria deficiente, que afecta a la mayoría de personas a medida que su vida se vuelve más apresurada y está sometida a un constante ajetreo y bombardeo de información a través del móvil, la radio, la televisión e internet.

“La gente se lamenta de poca memoria, de que está distraída, cansada... Claro, cuanto más estímulos manejas menos atención pones en cada uno de ellos, y cuanto más dividida la atención, más probabilidad de cometer errores y peor huella de memoria; nuestra atención es potente pero es finita, hay que cuidarla”, justifica San Román.

Albert Garcia Pujadas, coordinador académico del Máster en dirección de marketing digital UPF-BSM y experto en negocio digital, cree que un factor determinante en lo ocupada o no que tenemos la vida y en el deterioro de nuestra capacidad de atención ha sido la irrupción del móvil.

“Según diversos estudios, de promedio pasamos un tercio del día pendientes del móvil, y hay población que más; así que, descontado el tiempo que dedicamos a comer y a dormir, muchas personas tienen su vida ocupada perdiendo el tiempo a través de las pantallas”, afirma. 

“A ello se suma que tenemos tendencia a explotarnos, sobre todo a nivel profesional, y que estamos atrapados en la vorágine de una agenda comprimida; pero el día para lo que da, y no puedes mantener atención de calidad todo el tiempo, así que es clave dejar espacios vacíos para descomprimir, para no hacer nada y quitarse, precisamente, esa presión del tiempo”, opina Garcia Pujadas.

Porque, como advierte Torralba, “un mundo sin sosiego es deshumanista, alienador, y tiene su coste en términos psicológicos y psiquiátricos, como prueban las altas tasas de ansiedad y el elevado consumo de ansiolíticos y otros fármacos a que nos está llevando este ritmo excesivo de vida que llevamos”.


¿Cuántos planes son muchos?

El psicólogo Rafael San Román explica que el síndrome de la vida ocupada no está tan relacionado con lo cuantitativo, con cuántos planes o actividades se hacen, sino con cómo se viven. “Una persona puede hacer dos cosas a la semana y estar estresada y otra hacer seis y necesitar más... Se trata de encontrar el ritmo adecuado para no vivir con sufrimiento y flexibilizar la idea de creatividad y de diversión; asumir que producir no es la única manera válida de emplear el tiempo y que no hacer nada no es perderlo, no debe provocar que nos sintamos culpables”, resume.

 

 

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