Santiago Carbó, Catedrático de Economía de la Universidad de Granada, Director de Estudios Financieros de Funcas y colaborador de CUNEF: "Los ajustes laborales en la industria financiera, hasta ahora, han sido menos traumáticos que en otros sectores. Cabe esperar que sigan siendo así y que se apueste por el diálogo."

Los procesos de cambio en el mercado de trabajo ligados a revoluciones tecnológicas siempre llevan aparejada la destrucción de algunos empleos y la creación de otros. En la industria bancaria, como en otros servicios, la transformación actual se llama plataforma. La mayor parte de las acciones que realizamos con un número creciente de empresas (buscar en internet, hacer la compra, planificar un viaje, descargar un videojuego o música, o alquilar un piso) se desarrollan en ese ámbito. No es solo una relación más digital entre cliente y empresa. Las plataformas también incorporan interacciones entre varios mercados y una gestión de la información cada vez más a medida del consumidor. Esto entraña un nuevo entorno competitivo. Son los clientes los que demandan servicios a bajo coste y con la mayor calidad. El número de proveedores aumenta y procede de diferentes ámbitos. En los servicios de intermediación financiera esto se ha acelerado con la pandemia y tiene como elemento más visible un ajuste laboral. El que se va a producir tras la fusión de Caixabank –y otros anunciados por BBVA y Santander– está dando que hablar. En todo caso, hay que tener en cuenta de dónde venimos y a dónde vamos para poder valorarlo.

Con datos del Banco Central Europeo se puede comprobar que, desde 2008 –con la crisis financiera– y hasta finales de 2019 –justo antes de la irrupción de la Covid– el número de empleados de las entidades de crédito en la eurozona cayó en 384.489, un 17% acumulado. Ese proceso no ha terminado. La mayor parte de sectores europeos siguen teniendo excesos de capacidad y, en algunos, ha habido una cierta resistencia para solucionarlo. Es particularmente visible en algunos países centroeuropeos. En nuestro país, sin embargo, la herencia de la crisis fue, en parte, una reestructuración y saneamiento más intenso. Según datos del Banco de España, entre 2008 y 2019 el número de empleados cayó en 94.017 personas, un descenso acumulado del 34%. El proceso sigue y el anuncio de Caixabank lo ha recordado. No va a ser exclusivo de España. Entidades señeras de todo el continente habían anunciado expedientes de regulación de empleo tanto o más significativos ya antes de la pandemia. Tanto en España como en otros estados miembros europeos, estos ERE se pospusieron cuando estalló la pandemia, dado lo delicado del momento y la necesidad de aunar fuerzas en un entorno en la que la participación bancaria resultaba esencial para evitar una mayor destrucción de tejido empresarial.

No obstante, la necesidad de transformación del empleo bancario parece inevitable. Ya a principios de 2000, la banca europea y estadounidense inició un ajuste tímido que en pocos años se interrumpió por el empuje de la burbuja financiera a inmobiliaria. Eran aquellos años también los que anunciaban un inevitable vuelco hacia la digitalización que la crisis financiera aparcó. Ahora está de vuelta, con varios factores aceleradores que explican y justifican algunas decisiones de las entidades financieras.

El primero es que la rentabilidad está muy ajustada y con los tipos de interés vigentes y previsibles es complicadísimo generarla. La segunda, más estructural y con bastante enjundia, es que hay una competencia creciente de otros operadores para los servicios que más margen pueden dejar (desde los pagos, hasta los seguros o la gestión de inversiones) y que pronto podría llegar de forma intensa también a créditos. Tengo más dudas que llegue a los depósitos, porque entrar en ese negocio trae casi toda la regulación bancaria, que las empresas tecnológicas desean evitar. En ese ambiente, la escala eficiente de operaciones (la necesaria para llegar a la una rentabilidad mínima aceptada por el mercado) ha crecido, porque es un negocio en el que la competencia se centra en gestionar información y hay que competir cada vez más con empresas como Google o Amazon. Por lo tanto, se crece. Muchas veces con fusiones, que evitan recortes más traumáticos que tendrían que hacer las entidades por separado. La competencia aumenta porque, aunque haya más concentración entre bancos, hay nuevos proveedores no financieros y más rivalidad entre todos.

Los ajustes laborales en la industria financiera, hasta ahora, han sido menos traumáticos que en otros sectores. Cabe esperar que sigan siendo así (parece la voluntad de las partes) y que se apueste por el diálogo. No debe perderse de vista que no solo hay destrucción de empleo, sino que se crean otros para nuevas capacidades y serán cada vez más visibles. Durante el confinamiento más duro del pasado año, la banca europea y estadounidense contrató hasta 19.000 personas para puestos de información y telecomunicaciones. De las nuevas contrataciones en el sector, el 50% corresponde a esos empleos tecnológicos, a cumplimiento normativo y a relaciones con el cliente. Esa recuperación del empleo bancario se hace, de hecho, más palpable en Asia y Estados Unidos, donde esa reconversión va algo más adelantada que en Europa. Poco a poco, además, se producen reciclajes en nuevas capacidades para el personal existente. La batalla por el talento dominará pronto a la batalla por la eficiencia en la banca.

Aunque la competencia aumente y la creación-destrucción de empleo del sector dé lugar a situaciones de tensión, la banca tendrá que mantener sus capacidades distintivas, incluso en ese terreno de gestión de la información donde, aunque las empresas tecnológicas sean en principio más competitivas, siguen ajenas a la regulación y exigencias de privacidad que están haciendo a las entidades financieras más seguras en protección de datos y en relaciones con el cliente. Asimismo, es importante que se sigan arbitrando soluciones para que a la población que más le cuesta adaptarse a estos cambios tecnológicos no le falte acceso a los servicios bancarios. Esto lo puede hacer la banca, pero difícilmente un proveedor exclusivamente digital.

 

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