Entrevista de La Vanguardia a Arlie Russell Hochschild, socióloga, profesora y autora del libro La doble jornada: "Hoy falta un lugar de trabajo más flexible pero más seguro y cuidado de los niños a precio razonable. Un concepto de familia que con dos trabajos no sea tan estresante. Como en Noruega, donde el 80% de las mujeres trabaja pero menos horas, ella o ambos."

Pocas veces se acuña un término que acaba definiendo una situación para miles de millones de personas, pero la profesora de Berkeley Arlie Russell Hochschild lo logró en 1989 con su libro La doble jornada, expresión con la que definía cómo la revolución de la incorporación de la mujer al trabajo se había quedado estancada. Trabajaban fuera de casa, y luego dentro. En total, un mes más al año. Entero. La autora actualizó el libro en 2012 y ahora Capitán Swing recupera este trabajo ya clásico entre el aluvión de libros para el 8 de marzo.

¿Aquella revolución está hoy menos estancada?

En los ochenta a las mujeres se las había incorporado al trabajo y se hicieron mucho más diferentes de sus madres que los hombres lo eran de sus padres. Las ideas de las mujeres sobre ser mujer u hombre habían cambiado, pero no el lugar de trabajo ni el concepto de masculinidad para ellos. Existía una gran disyunción: unas cosas se movían rápido y otras estaban inmóviles. La familia se convertía en la que absorbía el shock de estas diferencias, y si los matrimonios ya eran frágiles, esto era otra piedra en el zapato.

Hoy ha cambiado mucho. En 1989 tras sumar todo el tiempo que el hombre casado con hijos pequeños trabajaba en la oficina y en casa, las mujeres trabajaban 15 horas más a la semana. Un mes entero al año. Era probable que las mujeres hicieran dos cosas a la vez, al teléfono mientras doblaban ropa. Y todas las tareas con horario: la cena a las seis. Los hombres, arreglar lo roto si tenían tiempo. Y la planificación era también para las mujeres, más trabajo mental. Eso generaba resentimiento. Hoy la diferencia ya no es un mes sino la mitad, pero el problema sigue.

¿El nuevo hombre no llegó?

Sí, pero es aún una minoría. Muchos hombres dirán que hacen mucho más que sus padres. Y es verdad. Pero esa no es la medida. Y hay mujeres que establecen la casa como su reino y determinan el estándar del cuidado de los niños y de cómo debe verse todo y dicen lo que hay que hacer y tampoco funciona. Compartir es también definir.

Dice que hay muchos hombres que se sienten en el hogar en la oficina y en el trabajo en casa.

Las oficinas pueden ser un lugar para escapar, leer el diario, hablar con amigos y sentirte apoyado por una comunidad de colegas. Pero ellas pueden hacer lo mismo y generas una casa vacía. No resuelves el problema. La pregunta clave es la del cuidado, si se trata de un conjunto de tareas que evitamos exitosamente, como cambiar los pañales, o esas tareas son valoradas. Hemos de aumentar su valor, lo merecen. 

En el feminismo temprano, en los sesenta, había dos mensajes. Uno, que las mujeres podían ser iguales y tener el mismo poder y autoridad. El otro, que algunos de los valores tradicionales de la feminidad y el hogar necesitaban ser compartidos. El capitalismo ha cogido el primer mensaje y corrido con él, abandonando el otro. No es una revolución completa. Hoy falta un lugar de trabajo más flexible pero más seguro y cuidado de los niños a precio razonable. Un concepto de familia que con dos trabajos no sea tan estresante. Como en Noruega, donde el 80% de las mujeres trabaja pero menos horas, ella o ambos.

¿Es posible en un sistema en el que hay gente que tiene dos o tres trabajos para sobrevivir?

Hay que presionar políticamente al sistema. Significa sindicatos, presionar por salarios más altos, especialmente el mínimo. Y adaptar la mentalidad de hombres y mujeres.

Por cierto, ha hablado de resentimiento en esta revolución inacabada. ¿Es la emoción más importante ligada a estas situaciones?

La otra es gratitud. Cuando hombres y mujeres hablan de sentir amor hablan de cosas diferentes. Lo definen de forma diferente. Cuando expreso mi amor por mi mujer le llevo flores, le invito a cenar. Para las mujeres, cuando ella se siente desesperada y está insegura de su papel como trabajadora y madre y él viene y coge al niño y lo cuida él en sus momentos de vulnerabilidad de la doble jornada, eso le hace sentir amor. Necesitamos un diálogo.

Por último, usted ha estudiado a los votantes en los estados más conservadores que eligen candidatos que quizá van contra su interés económico. ¿Cómo ha visto la revolución de Trump y su final por ahora?

Estuve cinco años en una área muy conservadora del país, en el profundo sur, Louisiana, una economía basada en el petróleo. Hay muchos trabajadores manuales, gente muy religiosa, una gran gente que se hizo ardiente seguidora de Trump. Porque no se sentían vistos, para nada. Sentían pérdida, exclusión, y miedo de más pérdida y exclusión. Vieron a Trump como su salvador. Trump acabó beatificado, sufría por ellos. Era una figura religiosa. Con las últimas elecciones las tornas cambiaron: ahora vosotros sufrís por mí, id a Washington y recuperad esta elección robada. Muchos fueron y otros aprobaron que éstos fueran. Y tras el 6 de enero nueve de cada diez de sus seguidores le siguen apoyando.

Ahora el partido republicano está dividido a la mitad entre republicanos del establishment y populistas. Y hay muchos seguidores de Trump que se sienten criminalizados por los grandes medios, gente orgullosa que es vista ahora como matones tras el 6 de enero. Es cierto que algunos se sintieron abandonados por Trump y están en silencio, pero otros están doblando la apuesta y entrando en una paranoia. Hay un lugar mágico para la gente que quiere controlar el mundo a través de la magia.

Si Trump es visto como una figura religiosa, ¿le queda la resurrección?

Sí, de algún modo ahora atrae la vergüenza y sus seguidores se sienten aliviados porque ellos mismos están pasando vergüenza porque sus regiones están en declive, sus trabajos no dan mucho. No son abyectamente pobres, son pequeños negocios, trabajadores manuales, buena gente orgullosa en comunidades que declinan y que no se sienten ayudados ni vistos por la izquierda, sino ignorados. Yo llegué allí buscando cómo pueden ser los Estados pobres republicanos si necesitan más dinero del gobierno federal al que odian del que dan, pero acabé pensando en la paradoja azul: cómo puede ser que el partido demócrata esté en caída libre en estas regiones.

 

Suscríbete gratuitamente a nuestros boletines

Recibe noticias e ideas en Recursos Humanos.
Suscripción

Utilizamos cookies para ofrecer a nuestras visitas una mejor experiencia de navegación por nuestra web.
Si continúas navegando, consideramos que aceptas su utilización.