Antón Costas, Catedrático de Política Económica (UB) y miembro del Comité editorial de El Periódico: "Los proyectos de inversión que quieran beneficiarse de los fondos europeos tienen que ser evaluados no solo por los logros en la digitalización y en la economía verde sino también por su impacto en la creación de empleo. De lo contrario, la economía digital y verde puede ser una economía para ricos."

Estoy haciendo una particular encuesta entre mis amigos del mundo empresarial, financiero y económico. Les pregunto cuál es para ellos el principal desafío de nuestro país. Hay tres respuestas coincidentes: la digitalización, la economía verde y el crecimiento. Muy pocos mencionan el empleo. Y ninguno la pobreza.

Este olvido me sorprende. Y me preocupa. Una economía que no sea capaz de crear buenos empleos traerá un aumento de la pobreza, del malestar social y del populismo político.

¿Por qué no mencionan el paro y la pobreza? No es porque sean insensibles al dolor de las personas afectadas por esas lacras. Es porque creen que la digitalización y el crecimiento traerán por sí mismas más empleos. Pero es una creencia equivocada. Fue así en los Treinta Gloriosos años que siguieron a la segunda guerra mundial. En aquella época no fue necesario ser revolucionario para mejorar las cosas. Bastaba con promover el crecimiento. Esto ya no ocurre. Ahora el empleo no viene solo, hay que empujarlo con buenas políticas ‘ad hoc’.

Tercer objetivo

Este olvido del empleo está presente también en el debate sobre los nuevos fondos europeos Next Generation UE. Los proyectos de inversión que se anuncian ponen el acento en la digitalización y la transición verde, pero no mencionan el impacto sobre el empleo. Sin embargo, ese es el tercer gran objetivo de esos fondos.

Los proyectos de inversión que quieran beneficiarse de esos fondos tienen que ser evaluados no solo por los logros en la digitalización y en la economía verde sino también por su impacto en la creación de empleo. De lo contrario, la economía digital y verde puede ser una economía para ricos.

Además, tenemos que experimentar con nuevas políticas para llevar el empleo a donde vive la gente y no forzar a que emigren, como se hizo hasta ahora. Hay dos ámbitos de experimentación. Uno es un compromiso público con el empleo. Otro es una nueva fiscalidad sobre las máquinas.

El ejemplo de Awadh

Los gobiernos y la UE han de comprometerse a que a toda persona que quiera trabajar y no encuentre empleo se le ofrezca uno. Déjenme que utilice una anécdota de Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo, premios Nobel por sus investigaciones sobre desarrollo. En su nuevo libro ‘Buena economía para tiempos difíciles’ cuentan que en la ciudad de Luchnow, en el norte de la India, existe un gigantesco monumento indomusulmán del siglo XVIII en medio de la ciudad vieja. Es raro porque no es ni un fuerte, ni un palacio, ni una mezquita, ni un mausoleo. Se cuentan muchas historias sobre él. De hecho, fue construido en 1784 por el rey Awadh para dar trabajo a sus súbditos, víctimas de una hambruna. Al parecer, la construcción requirió mucho más tiempo del previsto, porque lo que los trabajadores construían durante el día, las élites, que estaban igual de hambrientas y también necesitaban trabajo, lo destruían por la noche. Esa obra creó empleo cuando se necesitaba.

Siglo y medio más tarde las políticas de obras públicas del New Deal de los años 30, tanto las civiles del presidente Franklin D. Roosevelt como las militares de Adolf Hitler, buscaron lo mismo en una situación de desempleo masivo.

Pymes y oenegés

En medio de esta recesión pandémica necesitamos experimentar con nuevas políticas. Podemos utilizar parte de los fondos europeos para crear un fondo nacional para el empleo con el que financiar programas de los gobiernos locales, provinciales y regionales a los que puedan presentar proyectos las empresas, las oenegés y las administraciones. Hay que aprovechar el dinamismo de las pymes y las oenegés locales. 

También hemos de experimentar con políticas que eviten que la automatización se utilice para destruir empleo en vez de para ayudar a los trabajadores. La fiscalidad de las máquinas ha disminuido a la vez que la del trabajo ha aumentado. Esto crea incentivos para que las empresas sustituyan trabajadores por máquinas. Hay que invertir esta situación.

No será fácil. Pero necesitamos experimentar para crear mejores empleos, para más personas y en más lugares. Eso es lo que se hizo con el contrato social de postguerra. Ahora necesitamos un nuevo contrato social centrado en el desafío de los buenos empleos.

 

 

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