Oriol Montanyà, profesor de la UPF Barcelona School of Management: "Nos encontramos en una coyuntura en la que el pasado no nos vale como referencia y el futuro no se puede visualizar con precisión. Por lo tanto, mientras tengamos que jugar la partida con estas cartas, un hábito tan arraigado como el de la planificación irá perdiendo razón de ser, cediendo gran parte del protagonismo a la estrategia de corto plazo."

Seguro que todos aquellos que en los años 80 tenían uso de razón y acceso a un televisor recordarán a un estrafalario grupo de excombatientes de Vietnam que, tras ser encarcelados por un delito que no habían cometido, decidieron escapar de la justicia y ganarse la vida como soldados de fortuna, dando pie a la creación del mítico Equipo A. En cada capítulo de aquella serie los protagonistas se tenían que enfrentar a enemigos de todo tipo, pero siempre eran capaces de idear ingeniosos planes y ejecutarlos a la perfección para salir airosos. De hecho, todas las tramas tenían un finaltan previsible como esperado, que era la escena del comandante Hannibal Smith mordiendo un habano y luciendo media carcajada socarrona mientras soltaba su frase lapidaria: “Me encanta que los planes salgan bien”.

Todos tenemos un pequeño Hannibal Smith dentro. Y es que a todos nos encanta que los planes salgan bien, tanto en el ámbito personal como en el profesional. Seguramente este es uno de los motivos por los que nos cuesta tanto adaptarnos a la situación actual, con una pandemia que ha alterado de golpe muchas de las convenciones sociales y económicas que dábamos por descontadas y que, al mismo tiempo, nos ha situado en un terreno tan imprevisible que dificulta enormemente identificar cuáles son los nuevos caminos que tenemos que emprender. Dicho de otra manera: nos encontramos en una coyuntura en la que el pasado no nos vale como referencia y el futuro no se puede visualizar con precisión. Por lo tanto, mientras tengamos que jugar la partida con estas cartas, un hábito tan arraigado como el de la planificación irá perdiendo razón de ser, cediendo gran parte del protagonismo a la estrategia de corto plazo.

El problema es que en el sector empresarial nos falta mucha práctica en el arte de tomar decisiones de forma sistemática para dar respuesta a condiciones cambiantes. No es fácil y no estamos acostumbrados. El filósofo François Jullien lo explica muy bien cuando establece las diferencias entre la cultura oriental y occidental a la hora de gestionar retos importantes, destacando la obsesión que tenemos en Europa para prever y modelizar el futuro, hasta el punto de creer que esas proyecciones abstractas son la base más sólida para construir planes de acción.La tradición oriental, en cambio, no intenta adivinar qué pasará, sino que se basa en potenciar la capacidad analítica para saber leer la situación presente y extraer aquellas potencialidades en que pueden aportar condiciones ventajosas (tal como los patrones de barcos veleros, que saben encadenar los movimientos oportunos en función de cómo sopla el viento).

En este sentido, no tenemos que confundir estrategia a corto plazo con improvisación. Ni mucho menos. Estamos hablando de la necesidad de ganar agilidad y resiliencia empresarial a través de tres grandes elementos que conviene tener bien afilados: la monitorización del entorno, la toma de decisiones y la implementación de proyectos. Al mismo tiempo, tendríamos que ser capaces de aparcar todas las prácticas ancladas en paradigmas caducos y que ahora pueden convertirse en una auténtica losa, como el establecimiento de grandes objetivos inamovibles, los cuadros de mandos referenciados en años anteriores o la excesiva jerarquización organizativa.

Así pues, más que fijar una mirada nostálgica en los planes desgarbados de Hannibal Smith, actualmente sería más recomendable recuperar otras obras del mismo actor, como la película Los insaciables, donde interpreta el excéntrico empresario Howard Hughes, que supo superar las principales turbulencias del siglo XX y alcanzar el éxito en campos tan diversos como la aviación, la ingeniería o el cine.

 

 

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