Las oficinas han pasado por distintas etapas desde su nacimiento hace ya más de un siglo. Financial Times recorre sus distintas fases de evolución, desde sus inicios en los que se parecían bastante a las fábricas, hasta que terminaron por convertirse en un segundo hogar. Actualmente, con la crisis de la Covid-19 se plantean muchas dudas con respecto a su futuro. ¿Supondrá el coronavirus el final de las oficinas?

En 1903, el arquitecto Frank Lloyd Wright diseñó algo que no se parecía en nada a una oficina moderna. El Larkin Building en Buffalo, Nueva York, tenía la forma de un enorme ladrillo. Sin embargo, marcó el comienzo de una nueva era. Las innovaciones incluyeron aire acondicionado, archivadores e inodoros colgados de la pared. Pero por si acaso estas novedades no lograban aumentar la producción de sus empleados dedicados a la venta por catálogo, Wright hizo esculpir en piedra grandes palabras de motivación como, por ejemplo, Inteligencia, Entusiasmo y Control. 

En los últimos años, se hace difícil pensar en un momento en el que la oficina no haya sido central para nuestras ciudades y para nuestras vidas. Cuando llegaron nuevos edificios, cuestionamos sus nombres: el Gherkin, el Cheesegrater, el Helter-Skelter. Cuestionamos sus alturas y formas, la cantidad de cabinas para ducharse y su proximidad a un restaurante Pret A Manger. Sin embargo, rara vez cuestionamos su existencia.

La oficina ha sido el edificio que define nuestro tiempo. Ha desarrollado una atmósfera distintiva como lo hace un estadio deportivo o una catedral. Ha inspirado un gran arte, en buena parte tragicómico, desde la película ganadora del Oscar The Apartment, hasta series de televisión como Mad Men y The Office, y las tiras cómicas de Dilbert.

Ahora, durante el bloqueo provocado por el coronavirus, es probable que algunas cosas no solo se hayan detenido, sino que hayan pasado a mejor vida. Las oficinas se abrirán nuevamente, pero con nuevas reglas y con menos importancia. Esta semana, Twitter les ha dicho a los empleados que pueden trabajar desde casa "para siempre".

En unos pocos meses, la era de la oficina -ese período en el que trabajar en una oficina era la configuración predeterminada para la clase profesional- ha muerto. El espacio clave donde interactúan los trabajadores de cuello blanco ya no serán las cuatro paredes de una oficina; serán los cuatro lados de una pantalla

Aunque puede quedar claro que la era de la oficina terminará en 2020, es más complicado saber cuándo comenzó. Ya en 1731, la Compañía Británica de las Indias Orientales ya tenía a "300 empleados, notarios y contables garabateando números en grandes libros de contabilidad con tapa de cuero,” según el escritor William Dalrymple.

La era de la oficina nació cuando los trabajos de escritorio se convirtieron en una aspiración masiva, a caballo entre los siglos XIX y XX. Las oficinas llegaron rápido, señala Nikil Saval en su fascinante libro, Cubed: A Secret History of the Workplace, "la gente no sabía muy bien qué hacer" con ellas.

En su juventud, la oficina siguió siendo en parte como una fábrica de papeleo. No suponía un trabajo físico como en el caso de una fábrica, pero tampoco era intelectual. Un tercio de los trabajadores de cuello blanco era personal administrativo. Al igual que las costureras de los talleres clandestinos de explotación laboral, se sentaban en filas, todos dispuestos de la misma manera.

En 1956, el número de trabajadores de cuello blanco en los Estados Unidos superó al número de trabajadores de cuello azul por primera vez. No todos estaban encantados. El mismo año, el periodista William Whyte publicó The Organization Man, una diatriba sobre la voluntad de los estadounidenses a conformarse, particularmente con la vida de oficina. Se quejaba de que los trabajadores estaban satisfechos con "un buen trabajo, un salario adecuado, una pensión adecuada y una bonita casa"; pero les instaba a rebelarse haciendo trampas en las pruebas de personalidad de la oficina. El libro de Whyte se entremezclaba con la desesperación que generaban en los izquierdistas los trabajadores de cuello blanco, que se negaban a sindicalizarse y a menudo aceptaban salarios por debajo de los de las fábricas.

Mad Men, la serie de AMC sobre una agencia de publicidad en Nueva York de la década de 1950, mostraba cómo las personas negociaban las jerarquías. ¿Podías tener una identidad diferente en la oficina? Ciertamente podías tener una aventura amorosa. Pero tu vida personal era juzgada. Un headhunter explicaba a The New York Times que sería menos probable que un hombre consiguiera un trabajo mejor si su esposa carecía de "una personalidad social brillante" o si era demasiado "obstinada" en sus opiniones.

Comenzaron entonces los intentos de humanizar la oficina. Desde la década de 1950, Quickborner, una firma de diseñadores alemana, había tratado de convertir las redes de oficinas cerradas en paisajes fluidos y sin restricciones. Esto inició una batalla de décadas entre la privacidad y la apertura. En 1974, Norman y Wendy Foster diseñaron el edificio Willis en Ipswich, donde los trabajadores se podían ver entre sí estando en diferentes pisos y donde había hasta una piscina compartida y un jardín en la azotea. Las jerarquías se empezaban a desmoronar. Hoy en día pocos ejecutivos trabajan en un piso separado.

A medida que el trabajo administrativo disminuía y la economía del conocimiento despegaba, la oficina se fue pareciendo menos a una fábrica. Sin embargo, la alienación se mantuvo. El infierno de la oficina venía en diferentes formas: reuniones interminables y cubículos cerrados. Lo que rara vez se recuerda es que los cubículos fueron una idea originalmente igualitaria, promovida por Intel para que los managers fueran más accesibles.

En Europa, donde el precio del espacio era más elevado, la oficina de planta abierta tomó arraigo. Pero también dejó a los empleados inquietos. “Una oficina abierta te deja completamente expuesto,” afirma Grant Kanik, consultor laboral de Foster + Partners.

A medida que la oficina fue envejeciendo, se volvió menos formal y menos segura. Las funciones se externalizaban a la India; los limpiadores eran subcontratados y ya no te quedabas en la misma oficina de por vida. Los despidos se hicieron más frecuentes y el pago a los ejecutivos aumentó.

Lo que ha mantenido a las oficinas unidas ha sido el reconocimiento mutuo. En el mundo exterior, nadie entendía tu trabajo altamente especializado. En la oficina, probablemente había alguien que podía verse reflejado en tus triunfos y tus frustraciones. La otra cara de la moneda ha sido la batalla por el estatus. A pesar de que las empresas eliminaron las oficinas al estilo Mad Men, conservaron sus jerarquías.

Hay experiencias que solo puedes tener en la oficina. Empaquetar tus pertenencias en una caja de cartón tras ser despedido. Pasar dos eternos minutos en un ascensor con tu superior. Ver una discusión entre compañeros que nada tiene que ver contigo. Que alguien te robe el almuerzo de la nevera.

¿Pero era realmente necesaria la oficina?

Internet suavizó el control que la oficina tenía sobre la vida de los trabajadores. En los años 80 y 90, casi el 20% de las parejas heterosexuales se conocieron a través de o como compañeros de trabajo, más que en los bares o en la universidad. La proporción se ha reducido a la mitad desde entonces. Internet también llevó la oficina a las casas de los trabajadores. A finales de la década de 1990, “quizás una vez al año alguien del trabajo te llamaba a casa. Y cuando estabas de vacaciones, realmente estabas de vacaciones,” recuerda Mark Thomas, un consultor de gestión británico.

Aumentaron entonces las posibilidades de trabajar desde casa y, a su vez, se generó una nueva tensión. La mayoría de los trabajadores sentían que tenían que estar en la oficina para poder responder a las mejores llamadas al teléfono fijo o para que nadie se olvidara de su importancia. "Debido a que la economía del conocimiento es tan difícil de medir, optábamos por centrarnos más en el presentismo,” reconoce Bruce Daisley, autor de The Joy of Work.

El coronavirus ha cambiado la ecuación. La mayor virtud de la oficina, la serendipia de estar en el lugar adecuado en el momento oportuno, es incompatible con el distanciamiento social. Chocar fortuitamente con compañeros es precisamente lo que los epidemiólogos no quieren.

¿Cuándo fue el punto álgido de la era de la oficina? Depende demasiado de quién eras en cada momento y de dónde trabajaste. Quizás lo mejor está aún por venir: en la vida futura de la era de la oficina. Silicon Valley ha sido pionero en el diseño de sus instalaciones para evitar que los empleados jóvenes se vayan. Mientras que otros intentan hacer que el hogar se parezca más a la oficina, en el Valle del Silicio han hecho que la oficina se parezca más a los hogares: puedes vestir ropa informal o traer a tu perro.

Quizás deberíamos aceptar que la oficina y el hogar son experiencias ligeramente diferentes. La pandemia solo altera el equilibrio entre ambas esferas. Volveremos a la oficina, pero no con tanta frecuencia. Los que más pueden llorar quizás sean los jóvenes, que tienen menos espacio en casa y más necesidad de aprender en la oficina.

En 1956, William Whyte resumió al hombre de la organización como alguien que había "dejado su hogar, tanto espiritual como físicamente.” Físicamente, ahora pasaremos más tiempo en nuestros hogares. Quizás volvamos allí también espiritualmente.

 

Mance, Henry. "The rise and fall of the office". Financial Times, 15/05/2020 (Artículo consultado online el 21/05/2020).

Acceso a la noticia: https://www.ft.com/content/f43b8212-950a-11ea-af4b-499244625ac4

 

 

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