Josep Maria Ganyet, etnógrafo digital: "Las organizaciones, los dirigentes y los gobiernos que han utilizado mejor la tecnología han podido tomar decisiones más racionales y en una fase lo bastante inicial de la pandemia como para que se haya traducido en vidas humanas. Esto incluye peligrosamente a los gobiernos que han usado tecnologías intrusivas que no respetan los derechos de sus ciudadanos."

Los que pensábamos que el futuro era el 2000 –con sus Vespino voladores y trajes de aluminio– sólo nos equivocamos de 20 años; resulta que es ahora, ha llegado de golpe y mal repartido, como siempre. Las predicciones sobre las crisis de futuro son eso, predicciones, y suele ocurrir que sólo adivinamos sus consecuencias una vez ya han pasado. Es aquel dicho danés popularizado por Niels Bohr de que “las predicciones son muy difíciles de hacer, especialmente si son sobre el futuro”.

La crisis actual en esto no es diferente. Y como en las demás, también nos ha cogido con las estructuras de futuro a medio hacer; los robots, la realidad virtual, los Vespino voladores y la renta básica universal todavía no están a punto. El Foro Económico Mundial (WEF) publicaba el año 2 antes de la Covid­19 su informe sobre el futuro del trabajo. Los titulares destacados eran: 1) que la IA y la robotización podrían crear hasta 58 millones de puestos de trabajo antes del 2022, y 2) que para el 2025 el trabajo que harán las máquinas superará por primera vez el realizado por los humanos. El detalle del resultado de esta nueva ola de destrucción creativa que hemos convenido en llamar 4.ª revolución industrial sería de 133 millones de puestos de trabajo creados por 75 millones destruidos. En cuanto a los perfiles más y menos demandados en diferentes sectores, el WEF destacaba el incremento de la demanda de analistas y científicos de datos, desarrolladores de aplicaciones, especialistas en medios sociales, ejecutivos de ventas, gestores de innovación, atención al cliente y en general cualquier trabajo que requiera “habilidades humanas”. En la parte baja de la demanda situaba los trabajos repetitivos y mecánicos de poco valor humano añadido.

Las predicciones del WEF son coherentes con los datos de demanda de empleo y de salarios de las clases medias en EE.UU. y en Europa. Los primeros estudios empíricos sobre el tema son de David Autor, Lawrence Katz y Melissa Kearney en el 2006 y constatan la caída de la demanda de empleo de cualificación media mientras aumenta el de cualificación alta y baja. El fenómeno se explica por el impacto de tecnologías digitales, que aumentan las capacidades de quienes realizan trabajos creativos y de toma de decisiones, pero tienden a sustituir y hacer obsoletas las de quienes hacen trabajos repetitivos; el gerente de la empresa ve sus capacidades aumentadas con la ayuda de algoritmos y la IA, mientras que un sistema de contabilidad en la nube sustituye al contable.

En cambio, los trabajos repetitivos pero que son manuales, los que tratan con humanos y los que requieren una constante adaptación al entorno –fontaneros, peluqueros, jardineros, cuidadores, personal sanitario o bomberos– no se ven afectados directamente por las tecnologías digitales: las máquinas y los algoritmos no les quitan el trabajo, pero sufren sus consecuencias indirectamente, ya que deben competir con los trabajadores de cualificación media desplazados por la tecnología, con el contable que se reinventa. Maarten Goos y Alan Manning acuñaron el concepto de “polarización del trabajo” para referirse a este fenómeno.

Y en medio de este escenario de “corrimiento sísmico en la manera en que los humanos trabajamos junto a máquinas y algoritmos” (palabras del WEF) nos llega el futuro con el que nadie contaba (salvo Bill Gates y Salvador Macip). He hecho una búsqueda rápida por los términos “virus”, “pandemia” o “epidemia global” en los artículos académicos de los autores citados, en los diferentes informes sobre el futuro del trabajo del WEF y en los libros de teconomía de mi Kindle y nada, no viene. La Covid­19 ha convertido una vez más todas las predicciones en literatura a la vez que ha (de)mostrado al mundo los (d)efectos de la polarización del trabajo de la manera más cruel posible.

Las organizaciones, los dirigentes y los gobiernos que han utilizado mejor la tecnología –datos masivos, tests, geolocalización, seguimiento de contactos, IA– han podido tomar decisiones más racionales y en una fase lo bastante inicial de la pandemia como para que se haya traducido en vidas humanas. Esto incluye peligrosamente a los gobiernos que han usado tecnologías intrusivas que no respetan los derechos de sus ciudadanos. Los estados que no han utilizado las tecnologías adecuadas o que aun teniéndolas han apelado a fuerzas superiores –nacionales, España y EE.UU.; económicas,ReinoUnido, o divinas,Brasil– encabezan hoy el ranking de contagios.

Y del mismo modo que la Covid­19 ha puesto el foco en el polo de los empleos altamente cualificados, el de las clases dirigentes que deberían tomar mejores decisiones con la ayuda de la tecnología, también lo ha puesto en el polo contrario. Los trabajadores en la franja de los empleos poco cualificados, los que a pesar de ser repetitivos siempre son diferentes porque requieren de una constante adaptación al entorno: fontaneros, peluqueros, jardineros, cuidadores, personal sanitario o bomberos. Son estos trabajadores los que siempre han estado en la primera línea del frente y los que han permitido mantener la economía de campaña en marcha. Han hecho siempre lo que tocaba con la poca tecnología que tenían a su disposición, a menudo a pesar de las decisiones de unas clases dirigentes que han apelado demasiadas veces a fuerzas superiores. En el d.C. tocará revisar a qué franja aplicamos el término poco cualificado.

“Siempre me ha interesado esa jerga que emplean los rastas. / Hablan de batallas que no puedes encontrar en los mapas. / Es el rock de la línea del frente, / que se note que estás presente” (extracto del tema La línea del frente, del grupo vasco Kortatu). Era cierto cuando lo cantaban en el 34 a.C. y lo sigue siendo en la nueva anormalidad d.C.


La paradoja

Los trabajadores que realizan labores repetitivas, pero que requieren una constante adaptación al entorno, son los que han mantenido la economía de campaña.

 

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