El mundo cambia aceleradamente y la única forma de mantenerse activo y comprometido es adaptarse, tanto empresas como personas. Aquellas que lo hagan proyectando una cultura del liderazgo a partir del compromiso y el esfuerzo de las personas serán las que consigan mantener la consistencia.

Cada empresa es un mundo. Pero aquellas que tomamos como referencia son las que crecen haciendo crecer. Aquellas en las que sus cuatro esquinas principales, clientes, empleados, accionistas y sociedad, conforman un perímetro que desprende equilibrio. Pero crecer haciendo crecer es un reto evidente. Es fácil de decir y difícil de concretar. Tener una empresa no significa poder marcar las reglas de un mercado, sino
más bien implica estar sometido a sus vaivenes. No hay que obviar los resultados, pero las culturas empresariales consistentes buscan el equilibrio y piensan en definir futuros sólidos porque son futuros compartidos.

La diferencia entre un negocio (que hoy se puede hacer sólo con tecnología) y una empresa, son las personas. Tener una empresa es construir una comunidad. Es asumir un reto que no es sólo de rentabilidad, es asumir que el crecimiento conlleva un compromiso social proporcional. Hacer crecer la empresa es hacer crecer sus resultados y hacer crecer a las personas acompasadamente. Esta es la ecuación de los logros sostenibles, la que alimenta las trayectorias de largo aliento. Crear comunidades de personas que asumen que el mundo cambia aceleradamente y que la forma de estar comprometido es adaptarse.

 

Publicado en el número 352 de la revista, de abril de 2020.

 

 

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