Las cargas electromagnéticas en los puestos de trabajo pueden causar hendiduras circulares en muslos y otras zonas. Se trata de una lesión rara conocida como lipoatrofia semicircular, un trastorno poco investigado que apareció hace más de 10 años y que aún hoy obliga a algunas empresas a cambiar de sede para revertirlo. 

Allá por el 2007, en España, y particularmente en Barcelona, en varios de los edificios considerados inteligentes decenas de trabajadores comenzaron a sufrir un curioso trastorno: en los muslos, también en brazos y en otras zonas presentaban hendiduras circulares, debidos a la falta de tejido graso bajo la piel. Se trata de una lesión rara llamada lipoatrofia semicircular, una afectación física que ya por aquel entonces causó desconcierto entre los médicos y que aún hoy es bastante desconocida y poco investigada, pese a que sigue teniendo incidencia, sobre todo en mujeres. Además, en los casos extremos, obliga a las empresas a cambiar de edificio en busca de revertir el problema en sus trabajadores.

Los primeros casos aparecieron en Alemania en 1974. Después hubo un brote en Bélgica, donde se diagnosticaron más de 1.000 casos en unas oficinas bancarias. En España surgió en la sede de Gas Natural, de Barcelona, y en empresas como Agbar y la Caixa. En total, más de 20 centros de trabajo y unos 1.000 empleados afectados. También en otras autonomías. La situación causó alarma y provocó que el Govern fuera el primero en considerar la lipoatrofia semicircular un accidente laboral. Además, la Generalitat y otras comunidades aprobaron protocolos de actuación para la recogida de datos clínicos y de los detalles ambientales con el fin de establecer los factores de riesgo y actuar sobre ellos.

Las posibles causas

Aún así, más de 10 años después de aquel brote, las causas de la lipoatrofia no están claras y tampoco hay datos precisos de cuántas personas la sufren. En cuanto al origen, existen dos teorías. La más asentada indica que se produce por microtraumatismos producidos por la presión del trabajador contra el mobiliario o por el uso de ropa sintética y ajustada. Y la más controvertida relaciona la dolencia con la presencia de cargas electromagnéticas en los puestos de trabajo debido a los ordenadores, las impresoras, etc. Además, se observa mayor incidencia cuando los edificios tienen una humedad por debajo del 40%.

Pero no hay nada concluyente. Según David Araujo-Vilar, profesor de medicina y presidente del European Consortium of Lipodystrophies, atribuir esta lesión a las cargas electromagnéticas “no tiene ningún sustento científico”. Pese a ello, este factor de riesgo aparece en los protocolos a seguir en las empresas y tras la aparición de algún caso, se recomienda instalar en las mesas tomas de tierra para conducir la electricidad, que se eviten los elementos metálicos, se mejore el aislamiento del cableado, etc.

El caso de Elena, un año de baja

Aún así, en las empresas con alta incidencia y donde la lipoatrofia no remite tras acometer las medidas preventivas, se aconseja cambiar de edificio, si este no tiene un buen sistema de ventilación. Es lo que le ha sucedido a Elena (nombre ficticio porque prefiere preservar su identidad), que trabaja en una empresa del sector del transporte en Madrid que se vio forzada a cambiar de sede ante la aparición de la lesión en una treintena de sus 580 trabajadores. En su nuevo puesto de trabajo, Elena se encuentra un poco mejor pero estuvo un año de baja porque, en su caso, la lipoatrofia vino acompañada de “cansancio extremo y dolores constantes en las piernas y en la cabeza”. “No podía hacer mi vida normal y no quería ir a trabajar a ponerme mala”, explica.

Sin embargo, como la lipoatrofia, según los escasos estudios clínicos, es una lesión simplemente estética, no es motivo de baja. Su médico de cabecera le prescribió el reposo bajo el epígrafe de trastorno endocrino sin especificar. Durante este tiempo, Elena visitó cinco especialistas, sin que ninguno haya encontrado a qué se debe su cansancio, hormigueo y dolores, que ella asocia a la rara enfermedad. “Si no hay estudios suficientes, cómo se sabe que no se debe a la lipoatrofia”, señala. Asimismo lamenta que “nadie se ocupe de hacer un seguimiento serio de este problema”, que en su opinión “está claramente relacionado con los edificios y las condiciones en las que se trabaja ”. “¿Es aceptable que un trabajo provoque daños externos?, ¿por qué no se declara enfermedad?”, se pregunta. 

La situación en Catalunya

En la Comunidad de Madrid el número de casos ha ido en aumento: No sé comunicó ninguno a la autoridad laboral en 2017, ocho en 2018 y 28 en el 2019. Pero en Catalunya la situación ha sido a la inversa. De 40 afectados en 2014, se ha descendido a 0 en 2017 y 2018. Según el Govern, puede deberse a que se ha actualizado el protocolo a seguir. Otras hipótesis apuntan a que, como se han introducido cambios en las notificaciones y la lipoatrofia no causa baja, los casos se agrupan junto a otros accidentes de trabajo, lo que puede dificultar su identificación. De hecho, en la sala de control de Bombers en Girona se han detectado seis casos en los últimos meses.

 

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