Xavier Marcet, Presidente de la consultora Lead to Change: "Los espacios son la infraestructura de la cultura. Siempre que una empresa cambia sus espacios desafía su cultura. Los espacios, las agendas y las reuniones son las transversalidades que marcan una cultura. Los espacios denotan la forma de crear las oportunidades y la forma de concretar las operaciones. Hablan de la cultura y de las personas." 

El despacho era una fortificación dentro de la fortificación. Para llegar, había que registrarse en la entrada, anunciar que había una cita concertada en la recepción de planta y, por último, franquear una secretaría que suponía el último peaje. Finalmente, uno entra y el espacio habla por sí solo. Hay todo tipo de gente, en todo tipo de despachos. Espacios venidos a menos. Perímetros de intimidad profesional.

Despachos atolondrados como el que Einstein dejó antes de morir. Son espacios que denotan un tiempo torturado. Ni tantos proyectos, ni tantas ideas caben en tan poco espacio. Hay un orden en el desorden. Un orden intuido o un desorden por acumulación. Los papeles se amontonan como se depositan los recuerdos. Son despachos propicios para innovar. Hay muchas vidas encerradas. Retales de proyectos por todas partes. Aires de diversidad que desafían toda obviedad.

Despachos autocomplacientes. Impolutos. Mucho cristal. Se divisa toda la ciudad. Se trata de mirar de arriba hacia abajo. Cortinas domóticas. Ni un papel. Gadgets tecnológicos por doquier. Los libros serían considerados poco menos que intrusos del pasado. Profesionalidad de escuela de negocio con máster en Estados Unidos.

¿Agua? ¿Café? ¿O mejor té? Gracias por su visita. Contemplaremos su propuesta. A la salida, alguien de una amabilidad suficiente muestra el camino del ascensor. Los espacios de las burocracias pretenciosas tienen estas cosas. Necesitan expresar el éxito con paisajes corporativos de una opulencia fría. La arrogancia se les filtra por las rendijas del aire condicionado más silencioso del mercado. Edificios para los nuevos ricos. Gimnasio en la quinta planta.

Despachos de controller. Ingenieros de los números. Estrategas artríticos pero necesarios. Burócratas sin manguitos, especialistas en mirar el dedo que apunta a la luna. Sin Excel no hay vida. Despachos ordenados. Un poco subidos de moqueta. Sillas de escay. Mesas adjuntas preparadas para desplegar datos, mapas de números que se otean como el cirujano observa el objetivo del bisturí. Quirófanos de cuentas de resultados. Pinzas, tijeras, calculadora. Despachos de patio interior y de ficus artificiales. Cuadros de cadena de hotel en las paredes.

Despachos heredados. Suficientes. Recuerdos del fundador que todavía parece que vaya a escuchar detrás de un cuadro sorprendentemente correcto. Luz natural. Personas naturales que no necesitan alardear de trayectoria. Hay libros y alguna maqueta que esconde el orgullo de lo que otrora fue una innovación. Muebles que vigilan por la noche que de día no se hagan tonterías. Muebles que marcan estilos del management y que perduran gracias a su autenticidad. Despachos de familia en el que se recuerda el primer día que uno pisó aquel parqué de madera mientras corría a los brazos del padreo del abuelo. Despachos que resumen una cultura que permanece y se adapta. Santuarios del esfuerzo. Más olor que perfume. El almano tiene despacho, pero ficha cada día.

No hay despachos, sólo sillas calientes y wifi. Se percibe una espontaneidad organizada. Luchan por no sentarse cada día en el mismo sitio. Las inercias son pecado. Los proyectos configuran las agendas y los espacios. Máxima movilidad. En un caso extremo, como Google, los espacios de trabajo son los intersticios que hay entre sus restaurantes internos. Espacios que transmiten una vanguardia exagerada. No hay despachos porque en los despachos no podrían capturar el futuro, solamente se retiene el pasado. Son espacios poco jerárquicos, holacracias potenciales.

Y ahora se ponen de moda los coworkings, espacios abiertos donde los auriculares a veces son paredes gruesas de verdad. Espacios sin coraza, en busca de un corazón. Plátanos y manzanas a cualquier hora.

El reto de la convivencia se concentra en quién conquista las salas de reuniones. Cabinas de teléfono, confesionarios del negocio. Pequeñas asambleas con liturgias de frikis para invocar la agilidad. Corbatas prohibidas. Pantallas en la mesa, en la mano, en las paredes, pantallas al poder.

Paredes con post­it. Mesas con ruedas. Sillas con ruedas. Cerebros con ruedas. Y un futbolín para parecer Google. Jóvenes líderes que emulan ser el Zuckerberg del barrio y séniores que disimulan las canas con una vestimenta impropia. Los anglicismos sostienen arquitecturas intelectuales que se pregonan disruptivas.

Uno puede repasar su vida profesional recordando los espacios en los que trabajó. Despachos para aprender. Despachos infectados de estrés. Oficinas para incubar problemas y despachos para inventar soluciones. Despachos de jefe. Cubículos de becario. Despachos consalidas secretas para vidas secretas. Despachos sin puerta que emulan templos de empatía. Despachos de robot. Garajes de emprendedor. Despachos con cara de lunes toda la semana. Oficinas que parecen pistas de baile.

Despachos condenados a una prejubilación temprana. Despachos con caramelos de miel y eucalipto. Espacios con una Virgen de Montserrat que nadie se atrevió a tocar. Casi no quedan despachos con cenicero y calendario. Despachos para despachar. Despachos para incluir.

Los espacios son la infraestructura de la cultura. Siempre que una empresa cambia sus espacios desafía su cultura. Los espacios, las agendas y las reuniones son las transversalidades que marcan una cultura. Los espacios denotan la forma de crear las oportunidades y la forma de concretar las operaciones. Hablan de la cultura y de las personas. En mi vida profesional he tenido la oportunidad de participar en algunos grandes proyectos de transformación cultural con la excusa de una mudanza corporativa. Son momentos para pensarnos y descubrir cómo nos imaginamos en el futuro. Construir espacios para sueños con esfuerzo. Crear el lugar dónde encontrarnos como personas y como empresa y pintar con letras gruesas en la pared aquella sentencia de Pablo Neruda: “Algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”.

 

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