Entrevista de Público a Alex Pattakos, psicólogo y autor de "En Busca del Sentido": "Al dar con el sentido, los empleados se hacen responsables de lo que hacen, de su contribución. Eso influye en la marcha de la empresa, en la innovación, en todo."

Alex Pattakos transmite buenas vibraciones. Se cree su libro a fondo, ha asumido su propio mensaje y está encantado de la vida. El libro es En busca del sentido. Los principios de Victor Frankl aplicados al mundo del trabajo (Ed. Paidós Plural). En febrero visitó Barcelona invitado por SOLO COM al seminario En busca del sentido en el trabajo. "La respuesta de la gente fue tan positiva que me animé a ampliar nuestra actuación aquí", comenta. El resultado es el Center for Meaning de Barcelona, el primero autorizado por el Dr. Pattakos fuera de Estados Unidos.

Victor Frankl sitúa sus teorías en Auschwitz y usted las traslada al mundo de la empresa. No querrá decir que las condiciones en algunos puestos de trabajo son parecidas a las de un campo de concentración...

No, gracias a Dios, no. El problema es que muchos trabajadores tienen el campo de concentración en su propia mente. Eso es lo que Frankl me pidió que transmitiera: que somos prisioneros de nuestros pensamientos, como dice el título del libro original.

¿Cómo acuden los trabajadores a confesarse ante usted?

Normalmente han llegado a una crisis, y ese es el punto de partida. No le encuentran ningún significado a lo que hacen. Y no sólo hablamos de los empleados, también de los jefes: a pesar de que ganan mucho dinero, algunos no encuentran el significado a su trabajo.

Pero lo empleados cumplen con su cometido. ¿No es suficiente?

Sí lo es en términos laborales. Pero de lo que se trata es de encontrar ese significado. Al dar con él, los empleados se hacen responsables de lo que hacen, de su contribución. Eso influye en la marcha de la empresa, en innovación, en todo.

¿Qué hace falta para eso?

Que el empresario sepa cuándo un asalariado está satisfecho: se siente respetado, sabe que su trabajo es importante.

¿No parece un cuento de hadas: todos felices y contentos en el trabajo? La realidad es muy distinta...

No quiere decir que estén contentos todos los días, ni mucho menos. Por eso hay que ayudar a unos y a otros a encontrar el significado de lo que hacen. Mi libro es también una guía para afrontar los días malos.

¿Se dirige sólo a trabajadores y jefes?

No. A todo el mundo. Mi idea es aplicar las teorías de Frankl sobre todo al mundo laboral, pero no exclusivamente. Parados, adolescentes, jubilados, presos, discapacitados... todos viven momentos de transición en la vida y se les puede ayudar.

¿Qué principios aplica?

Son siete. Empecemos por el más básico: todos tienen libertad de escoger, incluso si no creen tenerla.

¿Ahí empieza todo?

Sí, al asumir que podemos cambiar. El segundo punto es asumir los valores que tenemos cada cual. Si uno de estos valores es el respeto y nuestro jefe no nos respeta, sufrimos. A veces lo compensamos centrándonos en otras personas, como amigos o familiares, pero otras tenemos que cambiar de jefe.

Pero eso significa cambiar de trabajo, y con el puesto laboral no se juega...

En ese caso tenemos que cambiar el foco de atención: Victor Frankl no podía escapar de Auschwitz y lo que hizo fue pensar en otros, no en sus carceleros. La meta es liberar la mente y el alma para adoptar mejores decisiones.

¿No cae la gente en recrearse en su suerte?

Demasiado. Y es lo peor que puede hacer: hacerse la víctima.

Más principios...

El tercero es que todos los momentos, los buenos y los malos, tienen una semilla de significado que debemos descubrir. Uno puede ser feliz porque está forrado, pero se puede quedar sin trabajo, o se puede jubilar y le puede cambiar la vida. ¿Cuánta gente, en el lecho de muerte, se ha arrepentido de lo que no ha hecho en vida? Mi padre vivió dirigido por el éxito dejando los proyectos familiares para la jubilación y murió de cáncer a los 57 años... Se trata de captar la oportunidad de reflexionar sobre nuestras vidas y cambiar si hay que hacerlo.

Pero para eso antes habrá que tener dinero, que pasar por el tubo...

No es del todo cierto. Si tu ilusión es viajar, puedes hacerlo en películas y, mientras tanto, ahorrar. Si uno tiene algo claro, puede planteárselo y lograrlo. Es cuestión de no ser prisionero de nuestro pensamiento.

¿El cuarto principio?

No trabajar contra ti mismo. Eso pasa cuando nos obsesionamos tanto por hacer algo que cometemos errores. O cuando los jefes no respetan a los trabajadores: al final se le irán de la empresa.

Si es que pueden permitírselo...

Sí que pueden. Otro principio es mirarse a sí mismo desde la distancia y con sentido del humor. Si no lo hacemos, al primer fallo nos derrumbaremos. El sexto punto es pensar en la parte positiva del trabajo, que siempre la hay: poder pagar la hipoteca, por ejemplo. Por último, hay que ir más allá de uno mismo: no se trata sólo de ti, sino de tus familiares o de tus clientes...

¿Qué dirán los jefes que lean su libro?

El jefe odiado, o se lamentará y cambiará, o se le torcerán las cosas. De todas formas, entenderá que con la actitud de Frankl mejorará el rendimiento de su empresa y sus empleados serán mucho más productivos. Y eso es lo que busca cualquier empresario: rendimiento.

Suscríbete gratuitamente a nuestros boletines

Recibe noticias e ideas en Recursos Humanos.
Suscripción

Utilizamos cookies para ofrecer a nuestras visitas una mejor experiencia de navegación por nuestra web.
Si continúas navegando, consideramos que aceptas su utilización.