Entrevista de "La Contra" de La Vanguardia a Alberto Simone, psicólgo, director de cine, guionista y escritor: "Nuestra mente se orienta hacia emociones e informaciones negativas que además perduran mucho más tiempo en nuestra mente que las buenas noticias o las experiencias positivas. Se trata de mecanismos primitivos de supervivencia."

Tengo 63 años. Nací en Mesina, Italia. Me licencié en Psicología. Junto con mi esposa, Roberta Manfredi (hija de Nino Manfredi), creamos la productora Dauphin Film Company. Y llevo años realizando talleres de felicidad. Erradicar la infelicidad es imprescindible para cambiar el destino de este planeta.

Hoy es el día de la Felicidad...

Yo llevo dedicándole cuarenta años de investigación porque sé que la felicidad es la base para construir un mundo mejor.

¿Por qué?
Hay innumerables investigaciones científicas que demuestran que las personas confiadas y optimistas resuelven los problemas de manera más acertada y en menos tiempo que las personas pesimistas, cínicas o desilusionadas.

La gente feliz ¿no daña a los demás?
No, y les gusta compartir su felicidad.

¿Hay personas o momentos felices?
La felicidad vinculada a contingencias externas está fuera de nuestro control, es una felicidad precaria como la que está ligada a logros.

¿Qué opción nos queda?
La felicidad innata, la que fluye como la sangre por las venas y que tiene que ver con estar vivo. Es una felicidad instintiva que no puedes controlar, de la misma manera que no controlas tu respiración o el crecimiento de tus uñas; y siempre está disponible.

¿Ese runrún en la boca del estómago?
Sí, y para hacerlo más presente hay que ser consciente de que los sucesos, malos y buenos, son temporales, todo pasa. Y hay que abandonar la idea de no ser suficiente, de no merecer, de tener que conquistar tu lugar y tu identidad.

¿La felicidad de existir debería bastarnos?
Desde que nacemos, la necesidad de amor y aprobación hace que adaptemos nuestro carácter en busca de respuestas positivas.

Un mecanismo de supervivencia.
Sí, que puede hacernos interiorizar comportamientos que nos perjudican. La necesidad de ser amados es la base de muchos de nuestros errores porque nos construimos un personaje y nos alejamos de nosotros mismos.

Pero la necesidad de amor es universal.
Cierto. Hay un experimento muy revelador con monos recién nacidos que debían escoger entre una madre de metal que daba leche o una de peluche suave y mullida. Los pequeños monos siempre elegían la de peluche.

¿Dispuestos a morir de hambre a cambio de amor?
Sí. Esa necesidad de amor nos lleva al trueque: cedemos nuestra identidad para que los adultos nos quieran, luego para ser aceptados, para que nos quieran nuestros amigos y, a menudo, acabamos con la pareja equivocada.

¿Es reversible?
Recuperando la autenticidad, la espontaneidad y la sinceridad, y eso pasa por no tener reparo en mostrar nuestras fragilidades.

Nuestra mente no ayuda mucho.
Se orienta hacia emociones e informaciones negativas que además perduran mucho más tiempo en nuestra mente que las buenas noticias o las experiencias positivas. Se trata de mecanismos primitivos de supervivencia.

¿Y qué propone?
Poner en valor y saborear durante el máximo de tiempo posible, de manera intencionada y diría que exagerada, los acontecimientos positivos de nuestra vida, los momentos de alegría. Y hacer el ejercicio de buscar la parte buena a los acontecimientos negativos.

¿Y cuando nuestra mente se hunde en las profundidades de la negatividad?
Cambie de canal, cambie de tema. Mueva el cuerpo, váyase a dar un paseo, póngase una película que le haga reír, llame a esa gente positiva que conoce, pero sobre todo no alimente sus convicciones negativas.

Son insistentes.
Sea inteligente, recuerde que la queja no cambia las cosas. Cuando se dé cuenta de que empieza a quejarse de algo, deténgase un instante y pregúntese si le apetece estar peor, porque eso es lo que sucederá tras la momentánea ­satisfacción del desahogo.

¿El mal rollo es contagioso?
Sí, por eso, como dice el dalái lama, si alguien busca una papelera para tirar su basura, evita que sea tu mente. Del mismo modo y de forma automática, una sonrisa despierta otra sonrisa. Lástima que perdamos la sonrisa con la edad.

¿A qué se refiere?
Un niño en etapa preverbal sonríe espontáneamente de media 400 veces al día; un adolescente, 16, y un adulto, apenas. Mi teoría es que desaprendemos a sonreír cuando la preocupación se convierte en un automatismo, cuando nuestra mente anticipa acontecimientos probables o no, pero en todo caso inexistentes.

No queremos perder el control.
Ceder el control es sentirse expuesto, por eso muchas personas sufren de hipercontrol, que es uno de los mayores obstáculos para la felicidad, porque en realidad no podemos controlar más que una parte ínfima de nuestra existencia.

Cierto.
En nuestra vida hay fuerzas que prescinden totalmente de nuestra voluntad, asúmelo y siente esa fuerza que te quiere vivo, que te empuja a respirar aunque no quieras. Buena parte de las responsabilidades que te atribuyes dependen de ella, así que no la combatas, únete a ella conscientemente, confía.

Confíes o no, le perteneces.
El mundo que vemos está influenciado por nuestro estado mental. En realidad la infelicidad no es más que una mala costumbre. Abandonarse a ella, al victimismo y la frustración, es fruto de una actitud reiterada; para cambiarla hay que ser persistente como un atleta. La felicidad consiste en vivir en la gratitud.


El vaso medio lleno

Su suegro, Nino Manfredi, ha actuado en sus películas; también ha escrito, dirigido y producido series para la RAI, pero nunca ha abandonado su actividad como psicólogo y terapeuta con largas estancias en EE.UU. para formarse. Imparte talleres sobre la felicidad y tiene un blog: Il (el vaso medio lleno). En su último libro, La felicidad en la mesita de noche (Kitsune Books), nos habla de la felicidad de existir. “He trabajado con la felicidad a lo largo de muchos años, como psicólogo y como artista y, finalmente, como investigador. Y eso me ha llevado a conocer en profundidad su opuesto, y lo que he descubierto es que muy a menudo la infelicidad de las personas no tiene que ver con hechos objetivos”.

 

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