“Nunca nadie cambió el mundo trabajando 40 horas por semana”. Las declaraciones de Elon Musk, fundador de Tesla, encendieron los ánimos en Twitter esta semana. Llegó a decir que las 80 horas semanales eran lo ideal. Exprimirse al máximo para cumplir metas.

Con las cuarenta horas de España en mente, son unos comentarios a contracorriente: por evolución histórica y por el horizonte futuro la jornada apunta a menos, no a más. O como mínimo a una mayor flexibilidad. También es el caso de España, si bien las condiciones de precariedad pueden dificultar que llegue a todos.

¿Más y mejor?

“En los últimos veinte o treinta años hay una tendencia a la reducción de la jornada, pero es difícil de decir si va a continuar o no. Si es lo que necesitan las empresas, bienvenido sea”, apunta Jordi García Viña, director de relaciones laborales de la CEOE.

Lo cierto es que en nuestro país se ha ido recortando la jornada incluso por debajo de la referencia de 40 horas semanales: en el ámbito nacional se tiende a trabajar menos, sobre las 37,5 horas, según cifras de convenios que citan en CEOE y CC.OO.

Los expertos coinciden en que trabajar más no implica mejoras, descartando esas jornadas interminables de Musk. “Está demostrado que no por estar más horas en el trabajo las empresas tienen mejores resultados. La productividad y competitividad no va por esa vía”, afirma Mari Cruz Vicente, secretaria de Acción Sindical del sindicato.

Además, con más horas, más cansancio. Un hecho que afecta a otro elemento clave: la seguridad. Raymond Torres, director de coyuntura de Funcas, sostiene que en sectores más físicos como la construcción “cuando pasas cierto número de horas hay accidentes laborales”. Y en los que no implican ese esfuerzo, trabajar en exceso puede conllevar estrés, fatiga y enfermedades laborales. Tiene que haber límites, resume. Con todo, “bajaría la productividad”.

La CEOE llama a tratar los casos por sector. “Trabajar más horas puede implicar hacer más... O puede que mi grado de saturación o cansancio no me deje hacer más”, señala García Viña.

La necesidad de la flexibilidad

En general, al plantear el debate, se llama a ampliar el foco más allá del horario laboral. No todo son esas 8 horas diarias o 40 semanales.

Hay desafíos sociales y económicos que nos llevarán a replantear todo. Como ejemplo, la digitalización, que fomentará nuevas formas de trabajo como el teletrabajo; la robotización, que puede quitar horas de empleo; o el envejecimiento, que obligará a que necesitemos más tiempo para los cuidados personales.

Se coincide en que hace falta flexibilidad para afrontar estos retos. Que la jornada no sea pasar X horas en el mismo lugar, como se ha hecho tradicionalmente. En un mundo más digitalizado, “Un horario laboral muy rígido no se corresponde con muchos de los trabajos que realizamos”, plantea Torres, quien apuesta por repartir las horas de una forma más flexible a medida que aumente la productividad por el empuje tecnológico.

“Si estamos avanzando en digitalización y las empresas están teniendo mayor productividad y beneficios, eso se tiene que repartir en el conjunto de la sociedad. Se puede hacer creando más empleo, de mejor calidad, o a través de la distribución del tiempo de trabajo”, comenta Vicente. Lo plantea como algo crucial, ya que en este entorno de envejecimiento coincide con una mujer que se ha incorporado con fuerza al mercado, y sin haber sido reemplazada ni por los hombres ni por el Estado en tareas de cuidado o del hogar. Al final, acaban haciendo “dos jornadas”, entre el trabajo y la casa.

Una jornada laboral más larga tampoco permitiría el ocio, la cultura, la formación... Y trabajar tanto dificultaría la conciliación, algo que ya se da ahora, castigando aún más las tasas de natalidad, recuerda Torres.

Para todas esas casuísticas, desde la patronal apuestan por la negociación por convenio, dando pie a una mayor flexibilidad acordada con la empresa. “Hacer más o menos depende de cada sector. Lo mejor que podemos hacer es que lo determine el convenio, adaptarlo a la necesidad de cada uno”, plantea García Viña.

El fantasma de la precariedad impide una mejora total

Pero no hace falta hablar de elevar el máximo legal de 40 horas. Las jornadas se pueden estirar con las horas extra, que pueden volverse estructurales y elevando las horas semanales.

Sindicatos y patronal chocan en este terreno. Según CC.OO., en base a datos de la EPA, en España se trabajan 6,8 millones de horas extra, con un 44% que no se pagan ni en tiempo ni en dinero. Hablan de un abuso que impide generar los 170.600 empleos que surgirían si las horas se repartieran. La patronal desconfía de los datos, ya que hay elementos de “subjetividad”.

Torres cree que es algo más acotado a ciertos casos. “Puede haber abuso en contratos cortos o falsos autónomos. Son fórmulas contractuales que dan pie a este tipo de situaciones, con gente que hace más horas porque está en una situación de precariedad, de inseguridad”, analiza Torres. “En personas que tienen una situación mucho más estable esto es menos frecuente”, contrapone. La solución pasa, pues, por un empleo de mayor calidad.

Fichar al salir y entrar, ¿la solución?

Para mejorar la situación de los trabajadores y acotar ilegalidades, el Gobierno pretende obligar a registrar el acceso y la salida del centro laboral. La medida no acaba de convencer a todos. Desde la CEOE dicen que “no es una buena solución”. De entrada, afirman que “hay muy pocos que incumplen” y cree que el mecanismo perjudicará a las empresas porque implicará más costes, más burocracia y no siempre será efectivo si hay horarios flexibles o no se trabaja en un sitio fijo. Asimismo, plantea que las pymes, el grueso del entramado español, tienen más dificultad para adaptarlo.

Torres plantea problemáticas con el control en los trabajos a distancia, pero sobre todo cree que el plan choca con la idea de “más flexibilización y mayor emancipación” o la “libertad horaria” que se ansía. Y tampoco resuelve todos los casos: “habrá gente que seguirá trabajando después de fichar”, dice.

Desde CC.OO. aplauden la medida. “No es una locura ni ninguna novedad. Las empresas no lo quieren, como si fuera de otro mundo, porque entienden que es solo para controlarlos a ellos, ya que facilita la acción inspectora y evita abusos”.

Luchas al margen, los análisis dejan claro que se puede aprovechar el cambio tecnológico y social para mejorar las condiciones del trabajador, paliando problemas ya crónicos como la falta de conciliación. Más no siempre es mejor, Elon.

 

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