En un acto celebrado en Esade esta semana sobre la “Educación en una sociedad digital”, organizado por La Vanguardia, OpenMind y BBVA, participó el Presidente del BBVA, Francisco González. Respondiendo a preguntas de Màrius Carol, afirmó que el debate antitecnología se realiza sobre bases falsas. “Lo que hay que hacer –dijo– es recrear las bases sobre las que se fundamenta la sociedad. Hay que repensarlas para poder asegurar el progreso.”

La revolución digital exige un mayor control regulatorio por parte de los gobiernos, así como una gran apuesta por la mejora de la educación en su sentido más amplio, afirmó el presidente de BBVA, Francisco González, en un acto celebrado en Esade esta semana sobre la “Educación en una sociedad digital”, organizado conjuntamente por La Vanguardia, OpenMind y BBVA. A su juicio, a las plataformas digitales hay que empezar a exigirles un mínimo respeto a los principios éticos y a la equidad.

El director de La Vanguardia, Màrius Carol, en el coloquio con el presidente de BBVA, Francisco González, celebrado durante la jornada, inició la conversación indagando por las razones por las cuáles un banco ha impulsado un libro como ‘La era de la perplejidad’ en el que se intenta repensar sobre la evolución de la sociedad.

Francisco González explicó que desde hace diez años BBVA impulsa la plataforma de conocimiento OpenMind, en la que colaboran más de trescientos científicos y académicos de alto nivel, para reflexionar sobre lo que pasa y puede pasar en el mundo y, de esta forma, promover y difundir el conocimiento para el beneficio del conjunto de la sociedad, en ámbitos tan variados como la economía, la política, la comunicación, la tecnología, el arte y la educación. La plataforma digital OpenMind tiene medio millón de usuarios mensuales, 600.000 visitas cada mes y en el último año se han bajado de la misma más de 100.000 ediciones de los libros editados por esta comunidad de conocimiento.

Francisco González, como banquero, definió sus prioridades entre el corto plazo, con las obligaciones ineludibles del día a día, y la reflexión sobre el futuro al que nos acercan aceleradamente las nuevas tecnologías y que tendrán grandes impactos en la vida diaria y en el propio negocio bancario.
BBVA es unos de los grandes bancos que mayores apuestas han hecho por la tecnología. Ante la reflexión de Màrius Carol sobre las dudas de que la revolución digital vaya a impulsar el crecimiento y empleo, Francisco González se declaró partidario de la misma porque, hasta la fecha, ha creado mucha riqueza y muchas oportunidades. Dijo que, pese a todos los temores, el nivel de empleo agregado no ha bajado. Reconoció, sin embargo, que la explosión digital produce unos cambios tan radicales que beneficia a unos sectores y perjudica drásticamente a otros, fundamentalmente los manufactureros, que son los que destruyen empleo, lo que genera inseguridad y desconcierto. Esta situación obliga a que los gobiernos establezcan una buena red social de ayuda.

Explicó el presidente de BBVA que los economistas se dividen entre “tecnopesimistas”, que son los que creen que la revolución digital no funcionará bien, a causa de los aumentos de la desigualdad que provoca, y los “tecnooptimistas”, entre los que él se encuentra. A su juicio el debate antitecnología se realiza sobre bases falsas. “Lo que hay que hacer –dijo– es recrear las bases sobre las que se fundamenta la sociedad. Hay que repensarlas para poder asegurar el progreso”.

Otro aspecto planteado por Màrius Carol durante la conversación fue el impacto que tienen en la sociedad las noticias falsas que difunden las plataformas digitales. Al respecto, como dato sumamente preocupante, citó un estudio de la Universidad Complutense que concluyó que el 86% de los universitarios no saben distinguir entre las noticias falsas y las verdaderas que se les presentan. El riesgo es que las mentiras que circulan por las redes puedan ganar la batalla al periodismo de calidad y alimenten los populismos.

Francisco González dijo que la revolución tecnológica tiene cosas buenas y también produce efectos colaterales malos. Lamentó que plataformas digitales como Facebook o Google, que nacieron para hacer un mundo mejor, puedan ser utilizadas para difundir noticias falsas y contribuir a la manipulación de emociones, hasta el punto que pueden llegar a minar los pilares de sociedad. “Han creado -dijo- un monstruo que por el momento es indomable, pero hay que pensar que no todo vale”.

No puede decirse, consideró Francisco González, que exista un mundo ordenado en el que todos están buscando el bien común. Ante ello, en su opinión, los gobiernos han de pensar de forma inteligente cómo crear una nueva arquitectura legal que ponga orden en todo lo que se ha creado con la revolución digital y en todo lo que se va a crear. En este nuevo escenario es evidente que no se puede dejar que el mercado y los nuevos monopolios que surgen impongan su ley.

Ante la pregunta de hasta qué punto se puede regular la revolución digital, Francisco González apostó por dos tipos de actuaciones: por la mejora de la educación, para que los ciudadanos puedan disponer de la formación necesaria, y por medidas regulatorias de control de las grandes plataformas. “Hay que empezar a pedir responsabilidades a sus propietarios sobre lo que sucede en ellas y exigirles que respondan a unos mínimos principios éticos y de equidad –dijo–.

Hay mucha maldad en las redes que puede dañar a la sociedad y eso debe controlarse”. Advirtió, sin embargo, que lo importante y lo difícil será buscar el punto de equilibrio, de forma que la necesidad de protección frente a los riesgos sistémicos no impida la innovación: “La innovación es imparable. Hay que saber ponerse al frente de la misma e intentar minimizar los daños, ya que la actual arquitectura global ha quedado obsoleta. Lo importante es poner orden”. Apuntó que los gobiernos tienen tecnología para controlar la tecnología y que incluso deberían controlar el uso correcto de los datos y algoritmos que utilizan las plataformas digitales.

Ante la reflexión de Màrius Carol sobre los grandes cambios que la revolución digital supone y supondrá para la banca, Francisco González explicó como la transformación tecnológica creará una nueva liga de competidores con muchos menos bancos de los que hoy existen. “Ese proceso de reducción debe ser ordenado y supervisado para no generar posibles amenazas a la estabilidad financiera”, afirmó. Ante la feroz competencia que surgirá en la red, el BBVA se está preparando a fondo y tiene ya más de 12.000 ingenieros trabajando en los escenarios de futuro.

El acto había sido abierto por la directora general de Esade, Eugènia Bieto, quien tras dar la bienvenida a los asistentes destacó la importancia de actos como el celebrado esta semana que ayuden a reflexionar sobre el futuro de la educación, ya que los modelos pedagógicos del mañana poco tendrán que ver con los del presente.

Christian Terribas, director territorial de BBVA Catalunya, dijo que la educación es sin duda, uno de los mayores desafíos que plantea la nueva sociedad digital. Sobre esta cuestión reflexionaron en el debate Catherine L’Ecuyer, investigadora y divulgadora de temas educativos, autora del best seller Educar en el asombro, participante en el programa BBVA. Aprendemos juntos, y Robin Shields, experto en educación superior, profesor en la Universidad de Bath y autor de BBVA OpenMind, bajo la moderación del periodista Enric Sierra, adjunto al director de La Vanguardia.

Catherine L’Ecuyer puso el acento sobre la necesidad de educar en la atención en una sociedad digital, ya que la atención es una actitud de descubrimiento, de apertura ante la realidad y de estar activamente a la expectativa de lo que acontece. “Esa actitud –dijo- lleva al niño, al alumno, a formular preguntas, a buscar respuestas, a salir de sí mismo y a interesarse por la realidad y por su sentido. Es imposible llevar a cabo la tarea educativa sin esa capacidad de atención sostenida”.

Explicó que la atención sostenida es muy diferente de la fascinación que genera la educación digital, ya que ésta es una actitud pasiva ante estímulos novedosos, frecuentes e intermitentes. Advirtió que esta es una actitud de “embotamiento”, que no lleva al aprendizaje sino a la saturación de los sentidos y a la pérdida del interés por aprender ante la realidad tal como es. El resultado es una inadaptación a la realidad.

Consideró que las competencias digitales esenciales para la navegación online deben ser aprendidas con herramientas pedagógicas convencionales o analógicas. Dichas competencias son las siguientes: han de tener capacidad de atención y de concentración, templanza, así como capacidad de autocontrol, y de inhibición, para poder atrasar la gratificación, controlar sus impulsos, y moderarlos ante el bombardeo de estímulos externos. También han de ser capaces de distinguir lo que es privado de lo que es público y tener discreción y sentido de intimidad.

Asimismo han de tener criterio de relevancia, de ser capaces de reconocer lo que tiene sentido y lo que no. Y, por último, han de tener sensibilidad, para sintonizar con la belleza, con la dimensión estética. “A partir de ahí –dice– la tecnología puede ser una herramienta fabulosa. Todo ello exige, pues, apostar por mejorar la preparación, el prestigio y el cuidado de los maestros. La crisis educativa es principalmente una crisis de atención y los docentes tienen un papel clave para resolverla”.

Robin Shields puso enfásis en las oportunidades para la formación global que permiten las nuevas tecnologías, ya que hace que las universidades se conviertan en transnacionales y uno pueda estudiar sin salir de su país, desde su propia casa. También destacó que el gran riesgo de la revolución tecnológica es la desigualdad que puede crear, pero señaló que la misma está provocada por la formación de cada persona. “Si tienes habilidades y conocimientos tienes mayores ingresos”, dijo. De ahí la necesidad de que la sociedad y los gobiernos fomenten al máximo la educación. Apuntó a la necesidad de reflexionar sobre las carreras que ofrecen las universidades que no tienen retorno económico para los alumnos y se preguntó quién tiene que responsabilizarse de ello.

Robin Shields coincidió con Francisco González, presidente de BBVA, en que la revolución tecnológica no creará desempleo masivo, como se teme. Señaló que la economía digital necesita personas con muchas habilidades. “En los países dónde hay mucha automatización –concluyó el profesor– hay poco desempleo”.

 

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