Josep Maria Ganyet, antropólogo digital: "El tecnománager se encontrará con equipos híbridos de humanos y robots, equipos en forma de reloj de arena con robots y algoritmos en la parte central –delgada pero hipereficiente–, y humanos ocupando una cima y una base poco eficientes pero insustituibles."

Xavier Ferràs hablaba la semana pasada en esta misma página de cómo debería ser el perfil del nuevo tecnománager. Decía: “Deberá disponer de fuertes dosis de creatividad, (...) inventar escenarios futuros, (...) desplegar empatía para situarse en el lugar del consumidor y gestionar proyectos cada vez más híbridos y complejos con fuertes dosis de tecnología”. Con toda la humildad del mundo quisiera continuar su artículo, poniendo el foco en el entorno del tecnománager, en los escenarios futuros que tendrá que inventar, en cómo serán sus equipos, en qué hay más allá de los cambios incrementales –tecnológicos , organizativos– para completar el perfil.

Nos encontramos en un entorno que entre todos hemos convenido en llamar 4.ª revolución industrial, una revolución de alcance y profundidad nunca vistos hasta ahora, que afecta a personas, organizaciones e instituciones, y donde el ritmo de adopción de la tecnología es exponencial. Es una revolución que se asienta sobre la digital de los años 1960 y que tiene lugar en la intersección de los átomos, los bits y los genes. Una innovación en alguno de estos ámbitos se propaga al resto.

Un ejemplo reciente lo encontramos en la edición conmemorativa del álbum Mezzanine del grupo de trip-hop Massive Attack con motivo del 20.º aniversario de su publicación. Con tecnología de la Escuela Federal Politécnica de Zurich, el audio del álbum ha sido codificado como información genética en moléculas de ADN. Un total de 920.000 hilos de ADN se han almacenado en 5.000 cuentas de cristal de nanómetros de diámetro: a diferencia de otros soportes del álbum será legible durante un millón de años y a partir del original se pueden hacer trillones de copias a un coste muy bajo.

La revolución digital de los 1960 se asienta en la segunda revolución industrial, la de principios del siglo XX, la de la automatización, la especialización y la cadena de producción. Y descomponer problemas complejos en una cadena de problemas más sencillos, automatizarlos y especializarse en su resolución es lo que hacen bien los ordenadores. De hecho es lo único que saben hacer. Esto tiene un impacto en el trabajo del tecnománager que ve aumentadas sus capacidades de toma de decisiones y de creatividad con ordenadores, robots, algoritmos, inteligencia artificial y aprendizaje máquina. Las tecnologías digitales lo hacen más productivo y más indispensable. Al menos de momento.

En cuanto a su equipo la cosa se complica un poco más. Tradicionalmente el tecnománager ha gestionado trabajadores que realizan tareas intelectuales repetitivas puntualmente creativas (jefes de departamento), trabajadores que realizan tareas manuales repetitivas (contables) y trabajadores que realizan tareas que requieren adaptación al entorno (instaladores). Los trabajadores del primer grupo y del segundo tienen la competencia directa de algoritmos y robots. No sólo las tecnologías no potencian sus capacidades sino que se las disminuyen: cuando un trabajo repetitivo de un trabajador es sustituido por una máquina y el trabajador se limita a controlarla, este pierde automáticamente valor y pasa a ser más prescindible.

En cambio, el tercer grupo, el de los trabajadores que basan su trabajo en la adaptación a situaciones cambiantes del entorno, no se ve directamente afectado por las tecnologías digitales. El trabajo de un instalador, de un cerrajero, de un jardinero o de un recolector de fruta es difícilmente automatizable. Todos trabajan en condiciones de luz variable, en espacios diversos y realizan tareas donde la toma de decisiones basadas en situaciones cambiantes e información incompleta es constante. Y en estas condiciones robots y algoritmos son poco eficientes. Este colectivo puede que no vea la productividad aumentada gracias a la tecnología como el tecnománager, pero tampoco le amenaza con sustituirlo. El impacto de la tecnología en este tipo de trabajos es indirecta vía los trabajadores desplazados por la tecnología –los que hacían tareas repetitivas– ya que entran a competir directamente en esta categoría. La tecnología crea demanda en las partes superior e inferior del mercado de trabajo dándole forma de reloj de arena. Quien no puede aguantar en la élite directiva creativa, donde los salarios son altos, cae a la base de trabajos manuales no repetitivos donde los salarios van a la baja. Es lo que se conoce como polarización del trabajo. El artículo de Xavier Ferràs terminaba con: “El tecnománager deberá ser capaz de conceptualizar nuevos escenarios, comunicarlos con convicción y convencer a sus equipos y sus organizaciones que la transformación tecnológica va mucho más allá de los simples retoques, de las mejoras incrementales y de la reingeniería de procesos”.

El tecnománager se encontrará con equipos híbridos de humanos y robots, equipos en forma de reloj de arena con robots y algoritmos en la parte central –delgada pero hipereficiente–, y humanos ocupando una cima y una base poco eficientes pero insustituibles. Deberá tomar decisiones creativas sobre la sustitución de trabajadores, la optimización de procesos y la transformación del entorno. En la medida que el entorno sea cambiante, variable y impredecible el factor humano seguirá siendo esencial, en entornos estables, invariables y predecibles lo será el factor tecnológico.

El tecnománager deberá imaginar, crear, tomar y comunicar decisiones basadas en conocimientos que no adquirió ni en las escuelas de negocios ni en su primer empleo en Goldman Sachs, Morgan Stanley o PwC; Google, Apple, Microsoft o Amazon en el caso de los más jóvenes. Junto a sus necesarias –pero al mismo tiempo fácilmente automatitzables– capacidades basadas en las STEM (Science, Technology, Engineering, Mathematics) el tecnománager necesitará una a de artes, necesitará STEAM. Podria empezar repasando las siete artes liberales del mundo clásico –gramática, dialéctica, retórica, aritmética, geometría, astronomía y música– si no quiere deslizarse inexorablemente hacia la parte estrecha del reloj de arena.

 

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