Fernando Trías de Bes, escritor y economista. Profesor asociado de Esade: "Me gusta hablar de los directivos y empresarios como gestores de obsolescencias. Gestionamos productos, sistemas de trabajo, protocolos y procesos que desde el minuto uno tienden a la obsolescencia. Es nuestra bendición y maldición."

Siempre me ha resultado llamativo, cuando sobrevuelo Estados Unidos y regreso a España, observar desde el avión que los pueblos norteamericanos separan las viviendas aprovechando el espacio y dotando a las casas de jardines, mientras que los municipios españoles apiñan todas las viviendas dejando alrededor hectáreas y hectáreas de terreno. El motivo es que muchos años atrás, cuando se edificaba en España, se buscaba estar cerca de la catedral o la iglesia, el alcázar o una fortificación, un acueducto o un río. Estados Unidos, con menos historia, parte de cero. Sin embargo, desaparecidos los motivos originales que podían justificar casas y construcciones apiñadas, seguimos por lo general colocando una casa al lado de la otra. La conclusión es que el ser humano mantiene ciertos hábitos y comportamientos aun cuando las causas que los motivaron han desaparecido.

En las empresas sucede algo parecido. ¿Por qué en muchas empresas se hacen ciertas cosas de determinado modo? La respuesta suele ser: “Porque siempre se ha hecho así”. Es decir, ni siquiera a veces las personas recuerdan o conocen esas motivaciones originales. Uno de los principales inhibidores del cambio y de la innovación no es tanto ese “siempre lo hemos hecho así” como la ausencia de preguntarse: “¿Por qué hacemos las cosas de este modo?”

Ahora que vienen las vacaciones de agosto nos encontramos, socialmente, ante un siempre se ha hecho así colosal. ¿Por qué cogemos vacaciones en agosto? Pues porque era lo más lógico de acuerdo con los ciclos de recogida de cosechas y de la agricultura: es precisamente cuando muchos de los municipios tienen su fiesta mayor. Hoy sólo una minoría de los españoles trabaja en la agricultura, pero seguimos cogiendo vacaciones en un mes que reviste poco sentido. Hace mucho mejor tiempo en julio (en agosto, según el año, ya hay algunas tormentas y borrascas); de cara a los hijos sería mucho más cómodo; y, desde un punto de vista profesional y empresarial, con un año fiscal de doce meses, lo lógico sería parar a mitad de año. Tanto por cansancio (llevamos seis meses empujando) como por tiempo para corregir desviaciones. Si uno hace el parón en agosto, al regresar en septiembre, máxime con la Diada y la Mercè en el caso de empresas situadas en Barcelona, se encuentra con que quedan apenas tres meses para cerrar bien el año. Tendría mucho más sentido descansar en julio y retomar a inicios de agosto, cuando aún quedan cinco meses para cerrar el ejercicio. La verdad es que en septiembre casi todo el “bacalao está vendido”.

Me gusta hablar de los directivos y empresarios como gestores de obsolescencias. Gestionamos productos, sistemas de trabajo, protocolos y procesos que desde el minuto uno tienden a la obsolescencia. Es nuestra bendición y maldición. Pero es lo que da sentido a la función directiva. Les dejo con este sano ejercicio. Una vez al día, pregúntense sobre cualquier asunto de negocio: “¿Por qué lo hacemos así?”.

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