La relación entre felicidad y trabajo se ha convertido en debate tras las declaraciones de un ministro: "El tornero de Ferrari tiene la sonrisa y la dignidad de poder explicar a su hijo en qué trabaja. El empleado del catastro o el profesor, no."

La búsqueda de la felicidad, ese derecho inalienable recogido en la Declaración de Independencia de Estados Unidos de 1776 que siempre ha dejado perplejos a los europeos, no figura en la Constitución italiana, que en cambio define Italia como "una república democrática fundada sobre el trabajo". Estos días, la relación entre felicidad y trabajo se ha convertido en objeto de debate después de que el ministro de Administración Pública, Renato Brunetta, pronunciara el pasado mes una frase provocadora.

"El tornero de Ferrari tiene la sonrisa y la dignidad de poder explicar a su hijo en qué trabaja - arguyó Brunetta-. El empleado del catastro o el profesor, no." Al calor de esa sentencia, o en oportuna coincidencia temporal, sociólogos y analistas se preguntan si en esta sociedad posmoderna, marcada ahora por la crisis económica, la felicidad real es un privilegio de quienes ejercen un trabajo manual, ya sean artesanos, obreros o agricultores.

"En los años setenta, el trabajo considerado alienante era el manual, mientras que el no alienante correspondía al trabajo intelectual realizado, por ejemplo, en la oficina o en la escuela, pero ahora las cosas parecen haber cambiado - razonaba esta semana Marco Belpoliti, sociólogo de la literatura de la Universidad de Bérgamo, en el diario turinés La Stampa-.(…) ¿Es que el trabajo que en otros tiempos se definía como ´de concepto´ se ha convertido en algo de lo que avergonzarse, mientras que el trabajo manual, sobre todo si se ejerce en uno de los templos de la mecánica, es ahora motivo de orgullo?"

La provocación de Brunetta fue más allá, al preguntarse "por qué el funcionariado italiano no puede ser como Ferrari" en cuanto a eficiencia y felicidad por elaborar un trabajo bien hecho. Sólo el 20% de los italianos se fía de la administración pública, según el informe del 2008 sobre confianza en las instituciones del instituto Eurispes. La percepción de los ciudadanos es que entre los 3,6 millones de funcionarios hay muchos fannulloni (esos vagos que non fannonulla,que no hacen nada), así que, como ministro del ramo, Renato Brunetta lanzó el pasado julio una cruzada para acorralarles y "devolver la dignidad al empleo público", según dijo.

En una circular, el ministro dispuso que al primer día de ausencia por enfermedad sea enviado el médico de servicio a casa del ausentado para comprobar la dolencia; y que a los diez días de faltar al trabajo por ese motivo, el salario mengüe en función de ciertos criterios. Un mes antes de que se aplicara la circular, cuyo contenido ya se conocía, el absentismo por enfermedad en el funcionariado cayó un 20%, según el Ministerio. Hubo aplausos.

Mientras comentaristas en radio y televisión se preguntan ahora con sorna si el problema es que los funcionarios no usan las manos para trabajar, ha llegado a las librerías italianas el último ensayo del sociólogo estadounidense Richard Sennett, The Craftsman (L´uomo artigiano,ed. Feltrinelli), un elogio del trabajo bien hecho que calza perfectamente con la polémica en curso, y que ha sido muy alabado en prensa.

Sennett rehabilita la felicidad del artesano, pero no enfrentándola a la del intelectual, sino dándole otra perspectiva: la de que el hacer implica pensamiento y sentimiento, y que por tanto es artesano no sólo el carpintero, el albañil o la modista, sino quien imprime pasión a la tarea que desempeña.

En GETTY IMAGES Italia, la maestría manual es citada con orgullo al evocar a los maestros del Renacimiento. Sennett propone una nueva definición de ese vocablo, que va más allá del "arte y destreza en enseñar o ejecutar algo" (así dice la Real Academia Española), para convertirse en "el deseo de desempeñar bien un trabajo por sí mismo". Quizá es eso lo que les falta a los fannulloni.

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