Tras la elección de Donald Trump, las firmas tecnológicas están al fin abandonando su postura tradicional de hacer la vista gorda en temas sociales y políticos. The Economist, sin embargo, pone de relieve la hipocresía de esas mismas grandes empresas ya que durante años no se han hecho responsables de las consecuencias económicas y sociales de sus actividades.

A principios de 2016, el redactor de la sección Schumpeter de The Economist asistió a una cena con una de las celebridades de Silicon Valley, un hombre con una inteligencia imponente y muy poca humildad. Preguntado sobre las próximas elecciones, respondía burlón: no importaba quién fuese el Presidente de Estados Unidos. La política se ha vuelto irrelevante, afirmaba. Las empresas tecnológicas y sus líderes seguirían creando productos geniales y por lo general llevando a cabo la obra de Dios en La Tierra, independientemente de quien acabase ocupando la Casa Blanca. Sonrisas y más platos de cocina hawaiana para todos.

Pues ahora la comunidad empresarial de Silicon Valley se ha metido ella sola en un lío presidencial. Los grupos tecnológicos fueron los primeros entre las grandes empresas en criticar la orden ejecutiva de Donald Trump del pasado 27 de enero, mediante la que prohibía temporalmente entrar en Estados Unidos a las personas de siete países mayoritariamente musulmanes de Oriente Medio. Tim Cook, Jefe de Apple, lo criticó entre sus empleados. Mark Zuckerberg en Facebook afirmó sentirse “preocupado”. Sundar Pichai, CEO de Google, dijo a su plantilla que estaba “molesto” el día de la orden y un día después el cofundador de la empresa, Sergey Brin, fue visto entre cientos de manifestantes en el aeropuerto de San Francisco.

Apenas un mes antes todas esas empresas de tecnología y otras habían rendido pleitesía en la Torre Trump, con sus líderes sonriendo ante las cámaras, mientras Trump prometía: "Estoy aquí para ayudaros amigos." La luna de miel ha terminado abruptamente porque los inmigrantes son muy importantes para la industria tecnológica. Pero las tendencias liberales del sector también juegan un papel -tienen a pocos de los instintivamente republicanos que pueblan la mayoría de las salas de juntas.

Atraer a personas híper-inteligentes de todo el mundo está en el corazón del modelo de negocio tecnológico. Brin nació en Moscú, Pichai en Tamil Nadu y Satya Nadella, Jefe de Microsoft, en Hyderabad. El padre biológico del fallecido Steve Jobs era un sirio que se trasladó a Estados Unidos, un viaje que esta semana habría sido imposible. La mitad de todas las startups estadounidenses y que están valoradas en más de 1 billón de dólares fueron fundadas por migrantes. Muchos de los ingenieros de las empresas tecnológicas también nacieron en el extranjero. En Cupertino (California), un elegante barrio residencial de Silicon Valley, la mitad de la población ha nacido en el extranjero.

Por ese motivo la industria ha apoyado desde hace mucho tiempo la inmigración. Pero tomar una postura explícita en asuntos políticos no había sido su costumbre, y al entrar en combate pondrán el foco de atención sobre sus propias hipocresías. Durante décadas, los jefes de la industria tecnológica han promovido un conveniente doble discurso para explicar el ascenso de sus empresas. Sus deslumbrantes productos son las creaciones de sus líderes. Las fortunas resultantes son la justa recompensa para estos visionarios. Pero las consecuencias económicas y sociales de la producción industrial, no todas buenas, no son responsabilidad de nadie. Al contrario, argumenta el sector, son el resultado de cambios inevitables en la tecnología, que a su vez responden a amplias demandas de la sociedad. Esta lógica ha permitido a las empresas tecnológicas evitar responsabilidades por el contenido robado o con exceso de bilis que publican y por los empleos que sus algoritmos han ayudado a eliminar, por no hablar de sus propias y oligopolísticas cuotas de mercado. Silicon Valley alardea de su propio poder y a la vez se encoge de hombros en su propia impotencia.

La campaña de las elecciones subrayó que dicho engaño ya está agotado. Resulta obvio para todos que las empresas tecnológicas son fieras políticas. Los políticos dependen de los mensajes en Twitter y Facebook, de la publicidad en las redes sociales y de la minería de datos. Las plataformas tecnológicas están acostumbradas a difundir noticias falsas. Y las organizaciones tecnológicas son actores prominentes en el debate económico que impulsa el populismo. La pérdida de empleos en el sector manufacturero que enfurece a los estadounidenses son mucho más el resultado de décadas de avance tecnológico que de la globalización. Las montañas de dinero no invertido y poco patriótico escondido en el extranjero que ahora Trump quiere traer a casa, pertenecen en gran medida a empresas tecnológicas. El bajo porcentaje de beneficios estadounidenses que se reinvierten refleja en parte el peso de Silicon Valley. Por cada dólar que el sector de la tecnología gana, reinvierte 24 centavos; en comparación con los 50 centavos de otras empresas no financieras. La creciente desigualdad es en parte el resultado de su concentración de la propiedad, con un pequeño grupo de individuos que se llevan gran parte de una gigantesca corriente de beneficios.

En las semanas transcurridas desde el 8 de noviembre, la industria tecnológica ha empezado a sincerarse. Google y Facebook han anunciado medidas para intentar combatir las noticias falsas. En enero, Zuckerberg declaró que este mismo año viajará a 30 estados norteamericanos para conocer a ciudadanos corrientes y oír cómo les ha afectado la globalización y la tecnología. Nadella está hablando públicamente sobre los efectos de la inteligencia artificial en el empleo. Otros han optado por dejar su huella ayudando al nuevo gobierno. Elon Musk, el Jefe de Tesla, una empresa de automóviles eléctricos, y Travis Kalanick, de Uber, se han convertido en asesores del Presidente (aunque esta misma semana han prometido enfrentarse a él por su postura sobre la inmigración).

Pasar al siguiente dilema ético

Salir del armario como uno de los actores más importantes de la sociedad estadounidense favorece a los jefes tecnológicos. También lo hace defender sus creencias en asuntos como la inmigración. Es más honesto intelectualmente hablando. Funciona bien con los empleados. Y probablemente también resulta popular entre los clientes. La mayoría de empresas tecnológicas orientadas a un consumidor final tienen bases de usuarios con un sesgo hacia los jóvenes y los no estadounidenses, ambos grupos poco cercanos a Trump. Después de que los taxis fueran a la huelga en el aeropuerto JFK de Nueva York en protesta contra la prohibición temporal de viajar de Trump, Uber fue criticado por no unirse al boicot, y el hashtag "#DeleteUber" se volvió viral.

No obstante, las empresas tecnológicas todavía tienen un camino extremadamente largo por recorrer. A menudo, definen la virtud a partir del juicio de lo que debe ser siguiendo sus intereses comerciales. El año pasado, Cook, desdeñó una demanda de la Unión Europea para pagar más impuestos llamándola “sandez política”. En diciembre, Apple accedió a una petición estatal para prohibir la app de The New York Times en China, donde la compañía de la manzana consigue algo más de una quinta parte de sus ventas. Zuckerberg se ajusta al mismo patrón: dice que quiere repartir el 99% de su fortuna y que cree en el ideal de la libertad de expresión, pero su empresa ha pagado una tasa impositiva de solo el 6% durante los últimos cinco años, y también se ha congraciado con los censores chinos. Oligopolístico, arrogante y despiadado hasta la médula, Silicon Valley no es ningún modelo de liderazgo moral.

 

*“Silicon Valley’s criticism of Donald Trump”. The Economist, 04/02/2017 (Artículo consultado online el 14/02/2017).

Acceso a la noticia: http://www.economist.com/news/business/21716020-tech-firms-are-last-departing-their-see-no-evil-stance-society-and-politics

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