Mariano Fernández Enguita, Catedrático de Sociología en la Universidad Complutense: "Nuestros profesores reciben menos información sobre los resultados de su trabajo, tienen menor sensación de eficacia personal y sus centros no son evaluados."

El profesor marca la diferencia: eso dicen la investigación, ya abundante, y la experiencia, que todos tenemos. No los recursos, ni el centro, ni programas y textos, aunque sean importantes, sino el profesor, ante todo y sobre todo, determina la eficacia de la escolarización, lo que aporta al alumno, que combinado con sus características se traduce en un resultado académico y un abanico de oportunidades vitales.

Es la consecuencia del carácter altamente imprevisible y, por tanto, no normalizable de la relación pedagógica. Sin embargo, las políticas educativas en España y los actores colectivos del sector se empecinan en ignorarlo, tratando a todos los docentes por igual.

España destaca negativamente en esto. Según el informe TALIS de la OCDE, que compara 23 países, nuestros profesores reciben menos información sobre los resultados de su trabajo, tienen menor sensación de eficacia personal, sus centros no son evaluados y, si lo son, no tiene efectos sobre su carrera ni provoca rectificaciones. Somos el segundo país en impuntualidad y cuarto en absentismo, pues ni siquiera se evalúan los mínimos estatutarios. Es difícil no relacionarlo con las altas tasas de fracaso y abandono y los grises resultados en pruebas internacionales. En compensación, nuestros docentes son los que más participan en desarrollo profesional (formación, redes, etcétera).

La mayoría apoya la evaluación individual. Según una encuesta de la Fundación Hogar del Empleado (FUHEM) entre el 68% y el 75% la creen importante, un 75% que debería ser obligatoria y casi la mitad que debería repercutir en sus condiciones laborales, si bien no llegan a los tres cuartos partidarios de que lo hagan la formación, la antigüedad, las responsabilidades organizativas o la innovación.

Aquí empiezan los problemas, pues, por encima de cierto umbral de formación (que nuestros profesores tienen) y experiencia (3-4 años) todo indica que influyen poco en los resultados, pero el colectivo y sus organizaciones aceptan mejor la evaluación y los incentivos asociados a aspectos más burocráticos. Se comprende, pues debe de resultar duro decir en el claustro que unos lo hacen mejor y otros peor y que eso debería ser evaluado y determinar la carrera o las compensaciones.

No está en la agenda de los sindicatos asumir que una profesión con tal autonomía individual deba ser tratada de modo distinto que un colectivo operario. Pero así como en este el lema fue "A igual trabajo, igual salario", en aquella debería ser: "A igual salario, igual trabajo", es decir, rendición de cuentas, y pronto: "A cada cual según su trabajo", es decir, recompensar a quienes hacen más y mejor.

Mariano Fernández Enguita es catedrático de Sociología en la Universidad Complutense. www.enguita.info

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