En España hay casi un millón y medio de personas discapacitadas en edad de trabajar, pero su tasa de empleo es del 25%. Es el empeño que estos ponen lo que les permite progresar en su carrera. Datos positivos son que en la última década los universitarios con discapacidad se han multiplicado por cuatro y también que el Ministerio de Empleo indica que se han firmado un millón de contratos destinados a este colectivo entre 2012 y 2016.


Virginia Felipe sabe lo que es superar obstáculos. Lo lleva haciendo toda su vida. Pero, tras su nombramiento como senadora de Podemos por Castilla-La Mancha, se lo ha hecho percibir a todo el mundo. Esta mujer de 35 años que va en silla de ruedas debido a una atrofia muscular espinal prometió su cargo diciendo que jamás volvería a jurar como representante público en una sala con barreras. Y esas palabras hicieron que el Senado invirtiese cerca de 40.000 euros en adaptar parte de la Cámara alta para que las personas con discapacidad puedan moverse en ella con menos dificultades. “En el año que llevo como senadora hemos conseguido pequeñas cosas que son importantes, pero todavía falta muchísimo para lograr la accesibilidad”, denuncia la senadora.

Bien lo sabe Pablo Pineda, el primer universitario europeo con síndrome de Down y, como Virginia Felipe, una de las caras visibles de la discapacidad y de que el éxito profesional es posible a pesar de ella. Pineda, diplomado en Magisterio que había trabajado en el Ayuntamiento de Málaga, vio cómo su vida dio un vuelco total tras protagonizar la película Yo también y ganar una Concha de Plata en el Festival de Cine de San Sebastián. “Fue un cambio tremendo que te marca la vida. Pasé de ser conocido a mundialmente famoso y todo a mi alrededor varió”, explica el hoy embajador en materia de diversidad laboral de la Fundación Adecco.

Pineda y Felipe tuvieron sus dificultades para enrolarse en el mercado laboral. Pero, gracias a su empeño, son la muestra palpable de que las personas con discapacidad pueden tener carreras profesionales notables.

En España hay cerca de un millón y medio de personas discapacitadas en edad de trabajar, aunque su tasa de empleo apenas supera el 25%, menos de la mitad de la población sin discapacidad. La inactividad se ceba con este colectivo, afectando a 828.000 personas, según el último estudio del Observatorio sobre Discapacidad y Mercado de Trabajo en España, Odismet, de la Fundación ONCE. “Existe una exclusión estructural y casi sistemática del mercado de trabajo de las personas discapacitadas que se traduce en más inactividad que desempleo”, asegura Luis Cayo, presidente de CERMI (Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad).

Esta exclusión tiene mucho que ver con las empresas que, ante el desconocimiento, prefieren contratar a empleados sin problemas; con la sobreprotección familiar, que impide ver al discapacitado como una persona productiva, y con la posición pasiva de algunos discapacitados, que optan por vivir a instancias de las poco cuantiosas ayudas públicas. “Así es como hemos tenido una o dos generaciones perdidas para el empleo”, denuncia Cayo. Sin embargo, reconoce que actualmente se vive un punto de inflexión. “Estamos en un momento histórico de cambio en el que los empleadores comienzan a contar con las personas discapacitadas porque los discapacitados comenzamos a ocupar el espacio social”, explica.

Más universitarios

Es cierto que en la última década los universitarios con discapacidad se han multiplicado por cuatro y también que el Ministerio de Empleo indica que se han firmado un millón de contratos destinados a este colectivo entre 2012 y 2016. Las cosas van por buen camino.

Es más, ya no son una excepción los casos de quienes han encontrado un trabajo sin enfrentarse a momentos difíciles o cuando menos incómodos debido a su situación. Así lo reconoce Cristina Fernández, que hace casi un año se incorporó a uno de los hoteles de Ilunion en Madrid, tras apuntarse en una oferta de Infojobs, llegar y firmar el contrato. O la ecuatoriana Berónica Granizo, que, después de unas prácticas en la oficina de Adecco de Aranjuez, fichó como recepcionista en la sede central de la empresa de trabajo temporal y hace unos meses fue ascendida a administrativa del departamento financiero. O el abogado Javier Ayllón, que tiene además tres másteres, quien llegó el año pasado al área legal de Repsol con un contrato de nuevo profesional, que incluye formación.

Ayllón reconoce, tras haber realizado varios periodos de prácticas laborales y pasantías: “No he tenido barreras para encontrar trabajo. Más bien al contrario porque hay empresas que buscan titulados universitarios con discapacidad”.

El joven abogado opina que la cuota obligatoria del 2% que las empresas de más de 50 empleados deben reservar para las personas con discapacidad “es una ventaja que hay que aprovechar para demostrar tu valía y progresar. Y también algo necesario para eliminar los prejuicios de la sociedad”.

Aunque la mayoría de las empresas no cumple esa cuota porque la ven como algo secundario y porque no hay inspecciones suficientes ni sanciones para imponer que se observe la ley, según explica Alberto Durán, vicepresidente de la Fundación ONCE y presidente de su grupo de empresas Ilunion; lo cierto es que las compañías que cumplen, lo hacen con creces, aprecia Cayo.

Así lo cuenta Miguel Ángel Rodríguez, que tiene problemas de movilidad en la parte izquierda de su cuerpo desde que nació. Estudió un grado de Gestión e hizo prácticas en la Comunidad de Madrid. A partir de ahí, su carrera se detuvo, “debido a las dificultades para encontrar trabajo por los prejuicios que existen en las empresas, el desconocimiento sobre la discapacidad y el desempeño laboral de que somos capaces”. Entrevistas y más entrevistas de trabajo en las que, cuando le veían, le pedían requisitos nuevos. “Si no buscan nuestros perfiles, no te dan opción. Te ponen trabas”, añade.

Entrevistas eternas

A la vista de que nadie le contrataba durante tres años de búsqueda, decidió ayudar en el negocio familiar. Después recaló en una empresa de construcción y, finalmente, hace nueve años, fichó por Leroy Merlin, “que conoce la discapacidad y quiere ayudar a las personas que la tienen para favorecer su inserción laboral”. Miguel Ángel repite que nadie le ha regalado nada. Desde su puesto de atención al cliente, con contrato indefinido, está pensando en independizarse a sus 34 años.

Con una plantilla de 9.890 trabajadores, de los cuales 246 tienen discapacidad (el 2,49%), Leroy Merlin se ha marcado como objetivo llegar en 2017 al 3% en todas sus tiendas, según su responsable de RSC, Susana Posada, que destaca la capacidad de superación y el afán de aprender de este colectivo, “que nos da lecciones cada día”.

En Repsol, donde el 3% de los empleados son discapacitados, se ha creado un libro blanco para la integración laboral del colectivo, una guía para mejorar la accesibilidad de sus estaciones de servicio y otra para sensibilizar a todos sus colaboradores sobre la discapacidad. Y es precisamente en esas labores de sensibilización donde Francisco Mesonero, director de la Fundación Adecco, hace hincapié: “Son los estereotipos los que limitan la entrada en el mercado de trabajo a las personas discapacitadas. Incluso los propios compañeros contribuyen a que no puedan superar el periodo de prueba”, de ahí que consideren imprescindibles las campañas de sensibilización en las empresas para que la gente se familiarice con la discapacidad.

Así se evitarían problemas que son tan comunes como los que narran dos trabajadores de la ONCE. Lourdes Villanueva tiene una enfermedad rara derivada de una parálisis cerebral que ha provocado la amputación de sus pies. Pese a las complicaciones, hizo la carrera de Magisterio y varias prácticas laborales. Finalmente, “me cogieron en un colegio y, después de varios años dando clases, me echaron estando de baja porque tuve una infección”, relata. Y es que, cuando una persona discapacitada sufre un accidente, el sistema está pensado para que salga, para que tenga una pensión y abandone el mercado laboral, indica Alberto Durán.

Giro laboral

Villanueva denunció y ganó el caso en los tribunales y, mientras esto sucedía, dio un giro a su carrera. “Tuve que cambiar mi trayectoria profesional por mi minusvalía. Es la mejor decisión que he tomado en mi vida”. Cursó un máster de recursos humanos, acompañado por dos prácticas laborales más, y ahora ha conseguido su sueño de “meter la cabeza” en la ONCE, “donde nunca te van a despedir por un tratamiento médico o una hospitalización”.

Al nuevo director del hotel Ilunion Suites, Ramón Armada, le ocurrió algo similar. Es un trasplantado de riñón que reconoce que su carrera se truncó a los 30 años, que fue cuando le echaron de la empresa de saneamientos en que trabajaba como consecuencia de la diálisis a que tenía que someterse. A sus 40 años, y con 22 pastillas diarias, sabe que no puede forzar la máquina. Y también que ha tenido suerte al entrar en Ilunion, donde la reconversión del hotel en que trabaja ahora en centro especial de empleo (con un 70% de la plantilla con discapacidad y facultad para conseguir que terceras empresas cumplan la cuota de reserva del 2% contratando sus servicios) y su buen hacer le han llevado a escalar posiciones en el organigrama.

Javier Tezón ha optado por otro camino para progresar profesionalmente. Es un ejemplo de esas raras avis crecientes entre las personas discapacitadas que se arriesgan a montar un negocio propio (unas 1.000 anualmente en total). Así ha nacido Gabarrera, una cerveza artesanal que se hace en Matalpino (Madrid) en régimen cooperativo. “Durante muchos años he trabajado en intervención social. Ahora quiero desarrollar un proyecto comunitario con fin social que gestionamos nosotros directamente”, asegura.

Son historias de superación de un colectivo al que le faltan oportunidades laborales y que difícilmente pueden cubrir los gastos que les acarrea su discapacidad sin ellas, como reconoce Virginia Felipe, que tras años de trabajo filantrópico, por primera vez percibe un sueldo como senadora. “No es lo mismo una pensión de 550 euros y la ayuda familiar que ser independiente”, explica encantada de su logro. Un éxito que Pablo Pineda expresa así: “Hago lo que me gusta, que es hablar con la gente, y además gano dinero”. Es posible conseguirlo.


Tecnología para facilitar la vida

La tecnología facilita la vida de las personas. No hay excepción. Pero cuando tienen alguna discapacidad, su utilidad cobra mucha más fuerza. Con esta convicción, Indra ha puesto en marcha una iniciativa única. Junto con la Fundación Universia ha lanzado un concurso entre grupos de investigación universitarios (se han presentado 98) para desarrollar tecnologías accesibles. Ambas instituciones han seleccionado tres proyectos ganadores y serán desarrollados en el plazo de un año con una financiación de 24.000 euros por iniciativa.

Todos ellos tienen que ver con la integración laboral de los discapacitados, que es uno de los objetivos sociales de la firma tecnológica; generarán aplicaciones gratuitas o de bajo coste y aportarán innovación, explica Natalia Gómez Esteban, responsable de Acción Social de Indra. Estos son los elegidos:

AudiSmart es una idea de la Universidad Carlos III de Madrid para mejorar la audición. No es un coche sino una aplicación para el móvil que actuará a modo de audífono y será gratis. Smile@Work, de la Universidad Politécnica de Catalunya, es una solución de formación personalizada mediante juegos y simulaciones en 3D que replicarán protocolos de búsqueda de empleo y trabajo reales que ayudarán a prepararse para afrontarlas a las personas con discapacidades intelectuales. Y el tercer proyecto (Graces), de la Universidad Politécnica de Madrid, destinado a informáticos ciegos para que antes de programar puedan hacer los diagramas gráficos, el primer diseño de lo que será el programa.

También Telefónica, la Fundación Adecco y Ericsson acaban de presentar la aplicación gratis Jocomunico, que permite comunicarse a quienes tienen problemas en el habla gracias a un sistema pictográfico. “Es la primera solución en el ámbito de la integración social capaz de transformar fácilmente el lenguaje telegráfico de pictogramas en lenguaje natural”, dice la empresa.


Acercarse al empleo

A sabiendas de que uno de los handicaps de las empresas para la integración laboral de las personas discapacitadas es su carencia de formación y experiencia profesional (según un estudio de la Fundación ONCE y la UNED, sólo el 7,5% de los universitarios con discapacidad han realizado prácticas extracurriculares relacionadas con sus estudios), hay entidades que ponen en marcha programas de becas para tratar de evitarlos.

La Fundación ONCE y Crue Universidades Españolas tienen abierto hasta el próximo día 31 de diciembre el calendario para solicitar las 300 becas que ofrecen para que los universitarios con discapacidad puedan realizar prácticas laborales en empresas durante tres meses. En un programa que financiarán junto con el Fondo Social Europeo con 540.000 euros (1.800 euros por beca) para que tengan su primera experiencia laboral en el curso 2016/2017.

La consultora KPMG, junto a Universia (Grupo Santander), tiene otro programa abierto hasta junio de 2017 dirigido a estudiantes de grado, posgrado y recién titulados. Son becas de seis meses de trabajo en sus oficinas que se remuneran con 800 euros.

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