Entrevista de 'La Contra' de La Vanguardia a Andrew Keen, director del Salón de Innovación de Silicon Valley: "Internet se ha convertido en un mecanismo perverso que concentra poder y dinero en manos de un puñado de tecnoplutócratas que han convertido nuestras vidas en datos comercializables para su beneficio tras eliminar millones de puestos de trabajo y eludir impuestos."

 

Tengo 56 años: lo digital revaloriza lo presencial, por eso gano más con mis charlas que con mis libros. Soy inglés californiano. Internet concentra dinero y poder en la tecnooligarquía y crea desigualdad. Publico ‘Internet no es la respuesta’: ya hay una reacción inteligente contra el consumismo digital.

Internet nació como una utopía californiana, pero hoy es una distopía...

¿Por qué?

En principio fue una inversión pública, militar para crear una red de comunicaciones que no tuviera centro e impedir así que el enemigo –entonces los soviéticos– la pudiera destruir o controlar.

¿Quiénes la diseñaron?

Científicos idealistas libertarian que desconfiaban del Estado y soñaban con que la red distribuyera conocimiento y poder entre todos los humanos sin jerarquías ni fronteras.

¿Y no es eso lo que hace internet?

Internet se ha convertido en un mecanismo perverso que concentra poder y dinero en manos de un puñado de tecnoplutócratas que han convertido nuestras vidas en datos comercializables para su beneficio tras eliminar millones de puestos de trabajo y eludir impuestos.

Pues la izquierda aquí aún considera la red como una nueva democracia digital.

Pero los datos son que las 5 empresas más capitalizadas del mundo son tecnológicas y acumulan sumas de capital que triplican el de las corporaciones industriales, pero en cambio crean menos y peores empleos que ellas; están acabando con la clase media y crean desigualdad.

Por ejemplo.

Kodak tuvo que despedir a 43.000 empleados arruinado por Instagram, que tenía 14. Una librería creaba 47 empleos por cada 10 millones de dólares de ventas; hoy, por esa facturación, Amazon crea 15; General Motors empleaba a 200.000 personas cuando valía 55.000 millones; Google vale 400.000 y emplea a 46.000.

Pero la economía colaborativa digital genera otros empleos y conocimiento.

Y me dirá que Uber es más barato que el taxi, ¿no? Pues cuando de verdad lo necesitas, en tormentas o días de fiesta, cobra hasta 8 veces más que los taxis. Antes las tarifas protegían al usuario; hoy Uber en EE.UU. cobra lo que quiere. Y cuando domine aquí hará lo mismo.

Eso no es muy colaborativo.

Santa Claus no existe y menos en internet, donde la piratería ha destruido valor, pero lo que de verdad vale está volviendo a ser de pago. Y los ciudadanos más listos ya se han cansado de trabajar gratis para Facebook y Twitter, que no son más que dos formas de estar juntos solos.

Pues yo veo cada vez más zombis deambulando por las calles tras sus pantallas.

Los más avanzados empiezan a desmarcarse del uso obsesivo del móvil y llevan teléfonos sólo de voz. Hoy vivimos el consumismo digital desaforado igual que en los 50 vivimos la euforia del consumismo material antes de la reacción anticonsumista de los 60. Estamos aprendiendo el consumo digital responsable de lo ­realmente necesario nos lo den gratis o no.

De momento, la red aún es popular.

Pero igual que hoy comer o comprar como un poseso está culturalmente mal visto, pronto sólo los idiotas vivirán pegados a su móvil.

Pero va a costar que se pague por los contenidos digitales igual que por los físicos.

¿Sabe que los discos de vinilo ya aportan más beneficios a los autores y a toda la industria que la música en streaming? Lo que vale la pena la gente lo quiere tocar y coleccionar, poseer y experimentar. Sólo lo irrelevante y banal fluirá gratis por la red como mera basura digital.

¿Dónde se ganará dinero en internet?

Hasta ahora los negocios digitales han sido especialistas en transformar dinero real en audiencia virtual que no pagaba nada a cambio. Sólo había un ganador universal en cada segmento que se quedaba con todo (The winner takes it all). Y el resto se hundía al poco tiempo.

Lo digital, temo, ya es irrenunciable.

No soy un tecnorreaccionario. No renunciaremos a las ventajas digitales, pero las racionalizaremos. El robo de propiedad intelectual acabará, porque nadie quiere liquidar la creación y la innovación. Y si seguimos robando lo que pocos crean, ¿para qué esforzarte en crear?

¿Por qué no voy a robar lo que pueda?

Porque será cada vez técnicamente más difícil, pero sobre todo no será culturalmente admisible. La cultura del todo gratis en la red está cambiando y sólo va a ser gratis lo que no valga nada. Y el hartazgo digital potencia lo presencial, lo directo, lo próximo, lo auténtico.

Otros dicen que nuestra digitalización no tiene marcha atrás y que va a más todavía.

Hay una digitalización aún pendiente: vimos el paso del átomo (papel) al bite y ahora el bite volverá al átomo. La impresión en 3D fabricará de todo en cualquier sitio: es el fin de la fábrica.

He visto impresoras que fabrican casas.

Enviaremos patrones de nuestra ropa a las impresoras que irán fabricando día y noche tejido y confeccionando. He visto impresoras de alimentos, ropa, coches... ¡La fábrica en casa!

¿Y habrá cines, periódicos o libros?

Soy colaborador de The Guardian y he sufrido el fracaso de su modelo de regalar excelente contenido periodístico a cambio de publicidad barata. No sé cuál será el nuevo modelo de negocio editorial, pero será de pago o no será.

Pues ya es una pista.

Lo que compras no es lectura o cine, sino experiencias. Y el soporte es parte irremplazable de esa experiencia. Por eso sobreviven las salas de cine y los discos y algunos periódicos y revistas y los libros, porque son más que su contenido: son expresión material de afecto y afinidad.

¿Y la librería?

Amazon la ha robotizado, pero por eso mismo también querremos libreros amigos.


Contra el exceso digital

Internet fue concebido para la utopía, pero la realidad es que liquida empleos y sueldos concentrando poder y riqueza en una tecnooligarquía bien conectada con algunos gobiernos. Las calles se llenan de transeúntes zombis tras móviles donde pasan más horas que en sus vidas reales. Este exceso digital nos aliena y empobrece material e intelectualmente. La revo-lución industrial creó desigualdades que sólo la democracia social corrigió; los abusos de internet requieren hoy de un juicioso anticonsumismo digital y de intervención política-fiscal para empezar: que Google, Apple y el resto paguen aquí sus impuestos para recuperar los empleos, sueldos, creatividad y tiempo que nos están arrebatando.

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