La alternativa a la actual versión del capitalismo contemporáneo puede ser la economía cooperativa y, por extensión, la economía social. En esta socialización de la economía encontramos sobre todo cooperativas, un modelo participativo, en el que la base y pilar son las personas por delante del capital.


Una de las definiciones que más nos gustan sobre el liderazgo es aquella que afirma que una persona es un líder cuando «es capaz de imaginarse un futuro diferente y mejor y hacer que este futuro se convierta en realidad».

Las sombras sobre el futuro que, a nosotros y a nuestros hijos, nos genera la actual versión del capitalismo contemporáneo, nos acompañan desde los más incipientes pasos de este poderoso sistema económico, cuyo impacto excede el mero ámbito de relaciones mercantiles para incidir tanto en el ámbito social como político y/o medioambiental. Esta preocupación no solo está asociada a la crisis que se desató en el 2007 y cuyos efectos aún durarán décadas en buena parte de los excluidos por el sistema, sino que acompaña estructuralmente a un sistema que se caracteriza, a modo de resumen, por la ambición desmesurada de generar el máximo beneficio posible en el menor plazo, por la búsqueda del máximo enriquecimiento individual (asumiendo que esta porfía contribuirá indefectiblemente en el progreso y la mejora social, extremo este ciertamente no probado) y por un capital internacional, apátrida, impaciente e insaciable que recorre (y abandona) distintas realidades sociales persiguiendo el máximo retorno en el menor plazo.

Este capital internacional es totalmente ajeno a la devastación que genera, tanto en su aterrizaje como en su abandono posterior, en ámbitos tan dispares como el de los derechos de los trabajadores, los impactos medioambientales y la exclusión social, por citar solo unos pocos. La pregunta que parece no tener respuesta es si existe una alternativa económica que, contribuyendo al progreso social y humano de nuestros conciudadanos, pudiera ser inclusiva con respecto a ellos y a todas las externalidades que el sistema capitalista contemporáneo ni siquiera considera. Pensamos que sí, que una de las líneas de trabajo de futuro pudiera ser la economía cooperativa y, por extensión, la economía social. Cuando hablamos de economía social lo hacemos de realidades económicas que transforman la sociedad (resuelven necesidades sociales, muchas veces ignoradas por los gobiernos) y devienen necesarias en un momento en que la polarización riqueza-pobreza puede ser tan insostenible que se lleguen a dar las condiciones suficientes para una revolución global.

En esta socialización de la economía encontramos cooperativas, sociedades laborales, centros especiales de trabajo, empresas de inserción, mutuas, asociaciones y fundaciones con una actividad económica que representa, en Catalunya, el 4,9% del PIB. Si nos referimos concretamente a las más de 4.000 cooperativas existentes aquí, constatamos una ocupación que supera las 42.000 personas (aproximadamente igual que antes de la crisis), su actividad representa un 3% del PIB con presencia en todos los sectores y mercados. No es algo marginal. Ni de última ola: la tradición cooperativa, vinculada a la histórica tendencia asociacionista en nuestro país, es larga y fructífera.

Un buen número de ellas -pero bastantes menos de las que sería deseable- son rentables, competitivas y sostenibles (o bien transitando hacia conseguirlo) y comparables en muchos aspectos a las pymes de nuestro país. Aunque con rasgos claramente diferenciadores.

De forma general se trata de un modelo participativo, en el que la base y pilar son las personas por delante del capital (convirtiéndose este en un medio para alcanzar los objetivos de inclusión y mejora social y no siendo la acumulación de dicho capital el fin en sí mismo). Así, la democracia interna y la participación en la empresa, la solidaridad y la equidad son valores que muestran esta posición. Asimismo, la responsabilidad y el compromiso con un proyecto propio y común es clave en la resistencia de las cooperativas en momentos difíciles, así como una gestión que, optimizando los gastos, no perjudique el empleo.

Por otro lado, la intercooperación, donde se ponen de manifiesto conceptos como la solidaridad, la confianza y la generosidad entre cooperativas, no es solo un sistema efectivo de resolver necesidades e intereses comunes, sino también una forma de adquirir la dimensión necesaria para representar una alternativa potente a la empresa tradicional y hacer frente a proyectos de gran envergadura.

Creemos pues que si el cooperativismo gana mercado y extiende así su incidencia en la sociedad, esta mejora de forma inclusiva, lo que posiciona a este tipo de organización y, en general, a las propias de la economía social, como instituciones de futuro.

Siempre, claro está, que haga los deberes y alcance la dimensión y la internacionalización que un mercado global demanda.

 


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