Desde el inicio de la crisis ha crecido la desconfianza de los ciudadanos en el Estado y en la democracia y la certeza de que el verdadero poder lo tienen las multinacionales, que constituyen un reto para la clase dirigente. Y no sólo está en crisis el Estado de bienestar, sino la cultura, las creencias religiosas y la sociedad.

El sector público en los tiempos que corren no tiene buena prensa. El privado, tampoco. Según se mire, el responsable de todos nuestros males podría ser tanto el uno como el otro, aunque en contadas ocasiones se llevan la culpa los dos a la vez. Mientras los neoliberales loan los supuestos beneficios que nos han aportado las privatizaciones de los últimos años, amén de la necesidad de seguir por esta misma senda, las fuerzas de la izquierda alaban la mayor coherencia, justicia y equidad que garantiza un fuerte sector público.

¿Cuál de los dos tiene razón? Esta ya es –y en los próximos años seguirá siendo– la gran cuestión a la que tendrán que dar respuesta en las urnas los votantes en Occidente. La bola de nieve neoliberal que echaron a rodar Reagan y Thatcher se ha hecho tan grande que ahora amenaza con destruir todo cuanto encuentre a su paso, salvo, claro está, ese 1% que se refugia en la cima.

Por otro lado, se cree –se creía– que muerta la Unión Soviética, se acabaría la rabia. Porque la izquierda, tras dejarse llevar por la bola de nieve, con desastrosas consecuencias, se halla postrada ansiando un buen trago de marxismo cual reconfortante sorbo del pequeño barril de coñac que llevan atado al cuello los mastines en los Alpes.

El problema

Sin llegar al extremo de comulgar con aquello que soltó en 1981 Ronald Regan: “El Gobierno no es la solución a nuestro problema; el Gobierno es el problema”, en Estados Unidos, incluso entre los pro Obama, se tiende a ver con buenos ojos un mínimo de interferencia gubernamental en la vida cotidiana y fiscal de los ciudadanos. Con todo, sin necesidad de privatizarlo todo, como continua exigiendo el a la republicana más extrema, se diría que les va bastante bien. Mas en otros de los países más prósperos del mundo, sobre todo los nórdicos, la carga fiscal es tan elevada como el peso del Estado.

Desde el comienzo de la crisis, a ambos lados del Atlántico se ha experimentado un preocupante aumento en cuanto a la desconfianza de los ciudadanos en el Estado.Y quien dice Estado dice democracia. Estados Unidos no sólo ha perdido la fe en sí mismo, sino que recela cada vez más del resto del mundo, incluyendo sus aliados. Y no es de extrañar tras tantas derrotas militares, el 11S, Lehman Brothers o el auge de la economía China. En cuanto a la Unión Europea, la descomunal confusión reinante es caldo de cultivo para vendedores de crece pelo ideológico de toda ralea. La irrupción de los jóvenes magnates de Silicon Valley en tantos y tan diversos aspectos de nuestras vidas constituye un serio reto para la clase dirigente.

La economía mundial lleva años estancada, la locomotora china hace extraños, todo es incertidumbre y miedo. No sólo está en crisis el Estado de bienestar, sino la cultura, las creencias religiosas, la sociedad. El paro es una plaga bíblica, sin remedio a la vista. Cada vez más la política se asemeja a la poesía: sólo apta para iniciados, y de pésima calidad. En medio de semejante panorama, cualquier ocurrencia de un Jeff Bezos o Mark Zuckerberg es aclamada por las masas. Crece la percepción de que la política ya no sirve para sacar la economía del pozo o impulsar grandes proyectos. Son más bien las multinacionales y los especuladores los que parecen tener la sartén por el mango. Hasta el poderío de los militares anda de capa caída. Y mientras los políticos incumplen su compromiso de dar prioridad a I+D, un solo hombre, Elon Musk, de Silicon Valley, es capaz de montar un programa espacial sobre las cenizas de la NASA, entre otros arriesgados proyectos.

De ser cierta esta percepción, se comprendería que tanta gente le dé la espalda a sus gobernantes o que incumplan sus obligaciones a la hora de pagar sus impuestos. Pero también cabe la posibilidad de que anden equivocados. La defensa que hace del papel del Estado Mariana Mazzucato, una economista italiana formada en EE.UU., en El Estado emprendedor (2014), no sólo se basa en las inmensas inversiones que se hacen con dinero público, que a menudo son harto arriesgadas, sino en la necesidad de poner fin, cuanto antes, a la locura de la austeridad. Los gobiernos han de volver a arriesgar, a innovar, a inventar, a soñar… ¡pero sin incurrir en el despilfarro!

Las guerras

Puesto que ha fracasado la imposición en los hogares de una economía de guerra sin que haya guerra, ¿por qué no intentar hacerlo de otra manera? Las guerras son la coartada que todo gobierno necesita para dar prioridad absoluta a la defensa de la nación. Y si esto significa dar prioridad a la I+D, lo hará. Tomen la aviación. Las hélices de 1939 eran en 1945 reactores. Si ahora en vez de tanta resignación y austeridad actuáramos como si estuviéramos en guerra sin estarlo, otro gallo nos cataría.

Por muy loables que sean las buenas intenciones del señor Musk, sólo se conseguirá abanderar la verdadera revolución energética con ingentes cantidades de dinero público y un compromiso político a prueba de balas. La única manera de disfrutar de los beneficios de una guerra sin guerra, que es nuestra situación actual, es invertir como si el mañana no existiera y arrimar el hombro todos a la vez y empujar en la misma dirección. Que un magnate de Silicon Valley pretenda llegar a Marte tendrá su gracia, pero también su lado oscuro. Musk no es como los hermanos Wright: ignoramos los verdaderos designios de este hombre inmensamente rico cegado por la ambición.

Empezando por internet, la mayoría de los inventos de Silicon Valley salieron de laboratorios estatales o militares. Lo que pasa es que los Gates, Jobs y Musk se quedaron con toda la pasta. Dado que no la van a devolver, que paguen impuestos como Dios manda y, en vez de emplearla con el fin de colmar sus infantiles sueños, que se destine a la I+D y el bien común, por ejemplo.

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