Ayuntamientos, industria, y proveedores de servicios parecen estar de acuerdo en que uno de los pilares básicos para pagar el coste de las ciudades inteligentes es compartir datos de los usuarios. Estas y otras conclusiones se han desarrollado en el marco de la que ha parecido ser la semana Smart City, con la presentación del informe 'Smart Cities, transformación digital de las ciudades' y la celebración del Smart City Expo World Congress 2015 en Barcelona.


Ésta parece ser la semana Smart City. El lunes, Telefónica, PwC e IE Business School han presentado el informe 'Smart Cities, la transformación digital de las ciudades', pero el martes y miércoles se celebra en Barcelona la feria Smart City Expo World Congress 2015, con su fallo de premios a las mejores aplicaciones incluido.

El mensaje que queda tras la presentación del libro blanco sobre ciudades inteligentes es agridulce. Se mueve entre el "España está en una posición envidiable para el desarrollo de estas plataformas" y el "estamos en una fase embrionaria". Y ambas afirmaciones son ciertas y no necesariamente contradictorias.

La primera se puede poner en boca de Gildo Seisdedos, profesor del IE Business School especializado en la smart cities y responsable del estudio. España ha aprovechado los fondos europeos en la materia mejor que otros países europeos y los alcaldes de ciudades con Santander, Burgos, Valencia, Cáceres, Badajoz, Coruña, Málaga, Barcelona, Logroño o Rivas Vaciamadrid han logrado colocarlas en un buen lugar. Sin embargo, María Serrano, directora del Centro de Excelencia de SC Schneider Electric, se encargó de matizar ese optimismo: todavía estamos en una fase inicial y la tecnología avanza tan rápido que puede pasar por encima de los planes.

Lo que sí parece estar claro es que la ciudad inteligente no es un fin en sí mismo sino una herramienta para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y los servicios que reciben. Pero tiene un coste que hay que financiar. Uno tiende a pensar que si uno de los efectos de conectar la ciudad es conseguir mayor eficacia, de esa eficacia derivarían ahorros con los que poder abordar la inversión. Por ejemplo, si se dota a las farolas de sensores de presencia y son capaces de apagarse cuando no hay nadie o si se recogen los contenedores sólo cuando avisan, mediante un chip, de que están llenos se ahorraría en iluminación y recogida de basuras. Sin embargo, no debe de ser suficiente. Y las miradas se han dirigido hacia lo que se considera el nuevo petróleo de nuestro siglo: los datos. Tú me das un servicio y yo te doy acceso a datos de mis ciudadanos. Lógicamente, eso tiene sus limitaciones y en próximas presentaciones no estaría de más que hubiera un representante de Protección de Datos.

Además, confiar en los datos para financiar la transformación de las ciudades puede dejar fuera a las que no tengan un tamaño suficiente como para que los datos que se puedan obtener sean atractivos. Para estos casos, según comentó Gildo Seisdedos, "en España, las diputaciones provinciales pueden desempeñar un papel importante. Hay que lograr escala suficiente". Aunque, en un país como el nuestro en el que se lleva como señal de orgullo ser de tal o cual pequeño pueblo y es casi imposible fusionar ayuntamientos aunque apenas sean viables económicamente...

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