Entrevista de "La Contra" de La Vanguardia a Jim Groom, pedagogo y pionero del manifiesto 'Edupunk' para la alfabetización digital: "Las redes de poder elitistas tradicionales seguirán existiendo, pero, si dominamos las herramientas digitales de forma inventiva, damos a todos los ciudadanos la posibilidad de crear sus redes y comunidades alternativas."

 

Tengo 43 años: soy un profesor que enseña a otros a aprender con los estudiantes. Soy un católico irlandés de Nueva York. Tengo tres hijos y una mujer italiana y feliz. La era digital es sumisión, o liberación si nos alfabetizamos digitalmente. Colaboro con la Universitat Oberta de Catalunya.

Unos días creo que internet lo cambia todo y otros que no cambia nada... ¿Y usted?
Da igual que crea que es irrelevante o que redefine toda nuestra existencia, porque, piense lo que piense, la era digital le va a suceder. O se integra en ella o deja que le arrolle.

Usted cuelga en la red hasta los pañales de su hijo: ¿no es un exhibicionismo pueril?
Empecé a escribir mi diario en la red hace diez años, el día en que nació mi primer hijo y, desde entonces, he publicado toda mi vida en él. Pero su pregunta es analógica...

¿Por qué?
Porque denota que le educaron en la convicción de que sólo había que publicar lo que era importante para muchos e intentar que te leyera cuanta más gente mejor: obtener una gran audiencia era la medida del éxito.

La imprenta estaba reservada a quienes se la merecían.
Por eso, ustedes, los no nativos digitales, cuando escriben para la red cometen el error de creer que les leen miles de personas y se esfuerzan por lograr audiencia, pero esa tensión lo único que hace es agarrotar su creatividad.

Puede ser, pero dígame: ¿a quién de­monios le importan los pañales de su hijo?
Vuelve usted a ser analógico: me interesan a mí; a él y a su madre... ¿Y qué? En vez de meter mis fotos en un cajón, las cuelgo en la red. No se trata de tener medio millón de seguidores en Twitter, sino de que lo que escribo tenga sentido para ti y tal vez para alguien más.

¿No le molesta que todos puedan escrutar sus intimidades?
Lo que me encanta de la red es que hasta para los pañales de tu hijo acabas encontrando a otro padre que comentará contigo que los de antes eran más absorbentes. Entérese de que yo no publico en la red para ser famoso ni rico sólo por enseñar unos pañales.

El texto autorreferencial está de moda.

Me da igual. A mí siempre me ha gustado escribir mi historia. Hágalo usted. Verá qué maravilla. La red no tiene límite de capacidad. Comparta su vida, porque si nosotros no contamos nuestra historia, no la contará nadie.

El otro día encontré mis viejas gafas.

¡Cuelgue esa foto en la red! Verá cómo le salen amigos que cuelgan fotos de las suyas y las compararán. Eso es ser digital, y no colgar fotos tontas donde salgas guapo: se trata de compartir tus auténticas pasiones. Mire, yo me he gastado mil dólares en reproducir un aula como la que tenía cuando estudiaba secundaria en los años ochenta. Y ha creado su comunidad.

¿Para qué?
Para la Universidad de Maryland, donde contribuyo a formar profesores como pedagogo digital. He comprado un montón de muebles y cacharros de los ochenta en eBay y hemos investigado la convergencia de tecnologías que hizo posible internet. He gastado mil dólares.

¿Ha comprado tocadiscos?
Lo que usábamos en clase. La gente no es consciente de que las tecnologías no surgen ex novo, sino que hasta la más disruptiva ya estaba prefigurada en las previas.

Cuanto más novedad fue, más vieja es.
Como profesor de profesores, hago un trabajo pionero en definir qué es el alfabetismo digital y cómo no ser un analfabeto digital para que nadie quede desconectado de las redes.

He visto su curso de narración digital: enseña a usar voz, imagen, hipertextos...
Ya no enseñamos sólo narración, porque nadie puede escribir como antes desde que la red existe. Cambia el modo de investigar, de enseñar, de aprender, de crearte una comunidad de intereses y de tener una reputación digital que completa la tuya. También causa problemas, por supuesto.

¿Qué problemas?
Seguridad, identidad, explotación de tu existencia y sus datos por otros a menudo sin tu consentimiento, manipulación... Pero si eres analfabeto digital, seguro que te engañan. Sólo puedes defenderte si te alfabetizas.

¿Y si todos aprendiéramos?

Las redes de poder elitistas tradicionales seguirán existiendo, pero, si dominamos las herramientas digitales de forma inventiva, damos a todos los ciudadanos la posibilidad de crear sus redes y comunidades alternativas. Distribuimos el poder tecnológico de las multinacionales para una sociedad más justa.

¿Y si no lo hacemos?
Los pocos que dominan esas herramientas se apropiarán de nuestras identidades y, poco a poco, de nuestras vidas, y seremos sometidos digitalmente a los amos de las redes.

¿La tecnología sirve para distribuir el poder o para concentrarlo?
Ahora mismo aún depende de nosotros. Los edupunk nos negamos a que se comercialicen "paquetes de software" educativos de multinacionales para colegios. Creemos que lo pedagógico de verdad es la actitud "háztelo tú mismo": tú debes ser tu mejor profesor. Aprende por ti mismo y luego comparte lo aprendido con la comunidad.

O haces tú tu negocio o te lo hacen.
De la actitud punk hemos adoptado su negativa a resignarse a ser un eslabón más de la cadena de consumismo, conformismo y sumisión. Pero nosotros no tenemos nada de nihilistas ni de cínicos. Todo lo contrario, porque sólo puedes educar si crees en las personas y en su capacidad de mejorar.


Nuestra historia

En la era Gutenberg se nos educaba en la convicción de que sólo merecía ser publicado aquello que era de interés para una gran audiencia. El resto debía quedarse en un cajón. La imprenta tenía límites reservados a la élite de los autores. En la era digital, en cambio, todo es publicable, porque la capacidad de la red, como la de biblioteca de Babel soñada por Borges, es tan infinita como el universo. Jim Groom, pedagogo pionero, se ha impuesto la misión de alfabetizarnos digitalmente y enseñarnos a narrar historias, empezando por la de nuestras propias vidas, para ocupar esa librería sin límites. Y si no contamos nosotros nuestra historia, no la contará nadie.

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