La comisión de auditoría se erige como una pieza clave del buen gobierno corporativo, cuyo objetivo es guiar a las empresas a las máximas cotas de transparencia y confianza. Por ello, KPMG ha publicado un manual práctico de consejos para crear y mantener estos organismos.


La crisis ha destapado muchas lagunas en materia de gobierno corporativo. En este contexto, el papel de la comisión de auditoría se presenta como clave de bóveda de las buenas prácticas. Sin embargo, el simple hecho de constituir estos grupos de trabajo no garantiza evitar los errores. Es decir, hay que poner los medios necesarios para que estos grupos de vigilancia funcionen adecuadamente. Con este objetivo el Audit Commitee Institute, creado por KPMG, ha publicado un manual práctico en el que se dan pautas para crear y mantener estos organismos. “Están aumentando las funciones y la responsabilidad de la comisión de auditoría al ser un órgano clave en el control interno, la transparencia de la información al mercado y el buen gobierno”, dice Hilario Albarracín, consejero delegado de KPMG en España.

Los expertos identifican cuatro ciclos en la vida de una comisión de auditoría. El primero de ellos hace referencia a sus miembros. “Las condiciones para el nombramiento deben establecerse claramente en el momento de su designación”, aconsejan los autores del informe. La legislación española no especifica el número de miembros que debe haber, aunque desde KPMG recomienda que el tamaño de la comisión puede variar en función de las necesidades y de la cultura de la organización, así como del alcance de las responsabilidades delegadas por el órgano de administración. “Un número elevado puede contener la discusión y el debate, pero un número demasiado bajo puede impedir que el presidente de la comisión de auditoría reciba suficiente información especializada y diferentes perspectivas para tomar decisiones bien fundadas”, explican.

La independencia de los miembros es clave para garantizar la eficacia de la comisión. ¿Cómo garantizar la ausencia de conflictos de interés? “El consejo de administración debe tener en cuenta —como mínimo— si existe alguna relación significativa o circunstancia que podría afectar o es probable que afecte al criterio profesional de la persona en cuestión”, dicen los expertos.

La normativa exige que al menos un miembro independiente de la comisión posea conocimientos especializados de contabilidad y auditoría. En KPMG, aun reconociendo la importancia de la formación, señalan que no es necesario que todos sean unos expertos en estas áreas. “Es una gran aportación de valor el hecho de contar con miembros con distinta formación y que planteen cuestiones sencillas como: ¿Por qué eso es así? o ¿Qué podemos esperar”.

La eficacia y la verdadera independencia de una comisión de auditoría suelen depender en gran medida del presidente, que no solo dirige las reuniones del comité, sino que también debe tener encuentros periódicos con el consejero delegado y el director financiero de la compañía. “El presidente debe ser reconocido por su liderazgo y visión (...) Debe apreciarse que tiene el coraje personal para plantear y abordar cuestiones espinosas y apoyar que otros miembros de la comisión también lo hagan”, indican.

Un segundo ciclo que debe tener una comisión de auditoría es lo que KPMG denomina como de iniciación, desarrollo y formación continua. “Una de las mejores prácticas de gobierno corporativo es ofrecer un programa de formación inicial a los nuevos miembros que por lo menos abarque las atribuciones de la comisión, un resumen de la organización de control interno de la compañía y los sistemas de gestión de riesgo”.

La tercera fase tiene que ver con las políticas, procedimientos y procesos de la comisión. Las atribuciones mínimas del organismo están recogidas en la Ley de Sociedades de Capital. En KPMG creen que las funciones deben adaptarse a las necesidades específicas de cada empresa, aunque enumeran una serie de responsabilidades básicas: supervisar la integridad de los estados financieros; velar por la eficacia de los sistemas de control interno y gestión de riesgos; vigilar la eficiacia de la auditoría interna; revisar y supervisar la independencia y objetividad del auditor externo; y desarrollar una política sobre la contratación del auditor externo.

Es esencial, según estos expertos, que los puntos del orden del día estén detallados para que la comisión se mantenga centrada. “Para ser eficaces, el orden debe fijarse con aportaciones del consejero delegado, del director financiero, del responsable del área de riesgos y de los auditores internos y externos”. Los autores del estudio consideran vital mejorar la calidad de las conversaciones de la comisión. “Es importante asignar tiempo tanto a cuestiones esenciales como, a la decisión, a la reflexión y a la evaluación (...) Las conversaciones deben tener una finalidad y un resultado claros y debe haber un seguimiento”.

La cuarta y última fase del ciclo de la comisión de auditoría, en opinión de KPMG, es la evaluación para una mejora continua.

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