Ángeles González-Sinde, escritora y guionista: "La diferencia entre mi generación y la siguiente es que las jóvenes madres vuelven a estar atadas a la cuna, pero además tienen un máster, varios idiomas y una carrera en espera. Se ha incrementado exponencialmente la presión para ser madres, pero de una manera determinada, más total y absorbente."


Se sentó en la mesa, agotada. Cargaba un inmenso bolso, saturado de objetos, pequeñas muletas y ayudas, como si en su jornada tuviera que ir equipada para cualquier eventualidad. Comíamos y me informaba de sus últimos proyectos. Todo cambia muy rápido, pero hay oportunidades interesantes, su equipo es muy creativo e innova. No se queja. ¿O sí? Se quejaba. Esa mañana, una empleada le había anunciado su embarazo. Otra baja maternal. Lo contaba con angustia. ¿Cómo había ocurrido? De mujer defensora de las mujeres se había convertido en empresaria que escruta las bajas. Empezaba a entender los prejuicios para contratar a mujeres en edad fértil. Constatarlo la desolaba. Decepcionada consigo misma, no podía ocultarse la verdad. Por ayudar (y ayudarnos a todas las demás), pedí detalles. Su relato me asombró: jóvenes profesionales brillantes, con buenos puestos para los que se han formado con vocación y esfuerzo, están renunciando a trabajar porque les resultan incompatibles hijos y tarea laboral.

Eché la vista atrás. He cumplido los 50 y tengo dos hijas. Quizá porque el oficio de escritora es el de un autónomo autoempleado, nunca dejé de trabajar, pero tampoco sentí presión para dejar de hacerlo. Nadie en mi entorno dirigió críticas a mi manera de ser madre y ser cineasta. Me las apañé con mis desordenados horarios y mi ausencia de rutinas. Ahora parece que la idea de maternidad es muy distinta. No es algo que adaptas a tu vida, sino a lo que te entregas. La diferencia mayor entre mi generación y la anterior era que nosotras decidimos el momento y la posibilidad de ser madre. Antes se procreaba sin alternativa, la planificación familiar era incipiente y la función de la mujer casada era, principalmente, parir y cuidar. No hacerlo suponía salirse demasiado peligrosamente de la norma. La diferencia entre mi generación y la siguiente es que las jóvenes madres vuelven a estar atadas a la cuna, pero además tienen un máster, varios idiomas y una carrera en espera. Es extraño.

Podría obedecer a dos razones: que la visión de la maternidad se ha transformado y ha vuelto con fuerza la mística de la femineidad, o que se ha empobrecido el valor y el apego al trabajo. No son pocas las que dan vueltas a este asunto. Por citar solo a algunas, Najat El Hachmi en esta sección ya ha hablado del dilema de la lactancia. La chilena Lina Meruane publicó un estupendo ensayito provocadoramente titulado Contra los hijos. Carolina del Olmo y la peruana Patricia de Souza recientemente debatían con mucha inteligencia sobre el tema. Todas coinciden en que se ha incrementado exponencialmente la presión para ser madres, pero de una manera determinada, más total y absorbente, para una generación de mujeres que por otro lado están más aisladas y cuentan con menos apoyo social y familiar.

Esta manera irreal, idealizada, de ser madre tiene una ventaja sensacional: aleja a las mujeres capacitadas del competitivo mercado laboral. Pero mi pregunta es: ¿quién ha metido a las jóvenes esas ideas en la cabeza? Todos, supongo. Las marcas comerciales que quieren vender productos para la infancia, un suculento pedazo del mercado menos sensible a la crisis. La inercia patriarcal que, deliberada o no, quiere expulsar a las mujeres de las capas sociales donde se toman las decisiones, donde se pueden hacer y cambiar cosas. Las propias mujeres que, como transmisoras de valores y educadoras, colaboramos en instalar y mantener esos estereotipos que nos oprimen y achican nuestro campo de acción. Atacado por muchas tensiones simultáneas y sin encontrar una nueva relación con el hombre, el concepto de femineidad ha acelerado su polarización: o bellas y jóvenes objetos sexuales o madrecitas entregadas. Y si las dos cosas al tiempo, mejor. Curiosamente, según aumenta el número de universitarias, de mujeres jueces, médicas, ingenieras, profesionales en general, según hemos ido entrando en los campos masculinos con naturalidad, es decir, con una naturaleza perfectamente adecuada para ello en contra de las creencias proverbiales sobre nuestra falta de capacitación biológica, nuestro cuerpo se ha vuelto mucho más importante que nuestro cerebro.

Más que nunca, el cuerpo femenino es un campo de batalla en una guerra con muchos frentes: familia, trabajo, sociedad, salud, imagen, emociones, ideas, economía. Debemos sobresalir en todos ellos, pero además extraer satisfacción y demostrar entusiasmo. En un país que ocupa los últimos puestos en el ranking mundial de fertilidad y natalidad, el cuidado de los hijos ha vuelto a ser, a la manera conservadora, un mito incuestionable.

«Somos profesionales modernas y madres tradicionales», concluyó mi amiga, y guardó silencio, pensativa. Pedí la cuenta. Ella rebuscó su monedero en esa inmensidad que arrastra. «¿No sería bonito ir sin bolso como los hombres?», me dijo de pronto. «Sí -le contesté-, sería muy bonito».

 

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