Esade, IED y UPC trabajan con la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) para solucionar grandes problemas de la humanidad, combinando en sus proyectos tecnología, diseño y negocio. Los trabajadores del CERN, unos 13.000 en total, ejercen como mentores para los equipos de trabajo.


A menos de diez kilómetros del centro de Ginebra, Suiza, la comunidad científica tiene uno de sus centros de experimentación más valorados. De la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) han salido descubrimientos que han valido premios Nobel y proyectos de una trascendencia difícil de calcular, como la World Wide Web, base del internet actual.

Con un presupuesto que ronda los 900 millones de euros y cerca de 13.000 trabajadores, el CERN alberga el mayor acelerador de partículas: el Gran Colisionador de Hadrones, LHC por sus siglas en inglés, con 27 kilómetros de circunferencia. Hacerlo realidad supuso invertir unos 4.000 millones de euros. Entre otros objetivos, busca recrear las condiciones del Big Bang, momento en el que se originó el universo.

Desde hace dos años, el CERN abre sus puertas a universidades y centros de todo el mundo para que formen parte del Challenge Based Innovation (CBI), una iniciativa en la que estudiantes utilizan las instalaciones y el conocimiento del CERN para buscar respuestas a grandes problemas de la humanidad. "Se trata de combinar el mundo de la ciencia con la sociedad para crear soluciones revolucionarias", explica Markus Nordberg, al frente del desafío y de IdeaSquare, el edificio en el que trabajaron los alumnos. "Es un espacio donde las ideas se encuentran, combinan y multiplican", añade.

En esta edición del CBI, concluida hace una semana, han participado por primera vez tres centros con sede en Barcelona: Esade, el Instituto Europeo de Diseño (IED) y la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC), que aportaron un tercio de los cerca de cincuenta estudiantes del total. De la combinación con otros centros de Finlandia, Noruega, Italia y Australia, surgieron seis equipos de trabajo, cuatro de ellos con miembros de Esade, IED y la UPC. Desde el principio implicaron colaboración internacional, pues contaban con integrantes de al menos dos países. Al iniciarse el programa, en torno a septiembre, todos recibieron dos semanas de formación en las instalaciones del CERN, ya que luego se debía trabajar a distancia.

A cada equipo se le asignó una gran temática, sin una demanda concreta. Entre ellas se incluían aplicar la tecnología para reducir el desperdicio de alimentos, para potenciar la interacción humana y para mejorar la vida de los no videntes y de una población envejecida. "Las áreas a cubrir eran grandes, por lo que los estudiantes tuvieron total libertad para elegir en qué aspecto enfocarse", aclara Guido Charosky, profesor del IED.

Las únicas condiciones eran tratar de integrar las tecnologías del CERN en sus planes, contar con el consejo de los profesionales de la organización y aplicar el design thinking, una metodología que redefine el trabajo de creación. "Te obliga a ponerte en contacto con el usuario, es un proceso muy remunerador", destaca Lotta Hassi, coordinadora del programa en Esade. A grandes rasgos, implica una primera fase en la que se investiga la demanda a cubrir y las características del consumidor, para poder definirlo bien. Luego se idean soluciones y se crean prototipos que prueban usuarios reales, con el fin de obtener un feedback que permita mejorar el invento.

Pero entre la teoría y la práctica siempre hay diferencias. A la hora de sacar adelante las ideas comenzaron a surgir los verdaderos desafíos. La multidisciplinaridad de los estudiantes -diseño, tecnología y negocio- supuso más de un problema, ya que los diversos enfoques tenían que coincidir sin que ninguno se sobrepusiera. Lograr equilibrio y consenso era clave. Alessandro Manetti, director de IED Barcelona, resume lo que sería una combinación exitosa: "Con el diseño se permite que lo tecnológico y funcional sea bello, por lo que se integra mejor en la sociedad".

La distancia supuso otro desafío. Alguno de los equipos tuvo que coordinarse para trabajar desde España y Australia a la vez, con internet como aliado. Fue lo habitual en los seis meses que duró el CBI, aunque otros optaron por viajes periódicos para encontrarse y mejorar el proceso. Varios estudiantes creen que se logró avanzar más en las dos semanas previas a la presentación final de los proyectos, cuando se volvieron a reunir todos los equipos en Ginebra, que en los meses previos. Lidiar con la incertidumbre y la cooperación fueron las mayores enseñanzas. "La experiencia es lo mejor que se llevan, mejoran a nivel educativo y personal", advierte Ramón Bragós, profesor de la UPC y tutor de uno de los grupos.

La participación de los tres centros también ha tenido un resultado tangible, con cuatro prototipos desarrollados. Uno permite controlar el correcto funcionamiento de instalaciones (como edificios) a través de la detección de ruidos; otro identifica alimentos y su idoneidad para el consumo con un tapete equipado con sensores; un tercero mejora la interacción humana, sobre todo entre personas con síndrome de Asperger; y por último, una prenda con dispositivos inflables evita lesiones en caídas entre ancianos.

Concluidos los proyectos, llevarlos al mercado no es prioritario. El CERN se destaca por el carácter abierto y público de sus investigaciones, algo que también ha aplicado al CBI, por lo que empresas e inversores quedan al margen. Aun así, los estudiantes tienen libertad para comercializarlos. De hecho, empresas italianas han mostrado interés por dos de las creaciones: la que trata alimentos y la que gestiona edificios. Un buen premio a seis meses de constantes desafíos.

 

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